29.01.2004

Voy a ser soberbio y decir que soy militante de la liberación nacional y el socialismo. Como tantos otros. Pero tuve la precaución, ineludible a mi juicio, de escribir y publicar qué cosa es para mí el socialismo (“Nuestro Socialismo” ­editorial TAE­ 1991): cuando dicha manoseada palabra corría gravísimo riesgo de describir nada.

Para muchos (Ludolfo Paramio, ideólogo “socialista” español contemporáneo por ejemplo) algunas concepciones socialistas eran apenas “el camino más largo hacia el capitalismo”, y por más disparatada que suene, la frase resultó deplorablemente confirmada. Algunos gritarán que Paramio de ninguna manera es socialista (y que los socialistas son ellos) pero él opina lo contrario y ahí radica el problema.

No recuerdo qué autor de novelas propuso un país en el que fue necesario colgar un cartel en las cosas: “Vaca” (decía el del pescuezo en la vaca). En ese país la gente se había olvidado del nombre de las cosas.

Con respecto al socialismo (y a muchos otros asuntos) en el mundo de hoy es necesario ponerle cosas al cartel porque la gente se ha olvidado de ellas: vive aturdida por avalanchas de cartelería fraudulenta. Llueve saliva. Torrencialmente.

Por lo tanto, cuando alguien discuta con este pobre diablo tendrá la enorme ventaja de saber qué cosa entiende por socialismo.

Corro el riesgo sin vaguedades huidizas: puse cosa en el cartel.

A su vez, mi organización matriz (el MLN), elaboró y publicó en 1998, para un Congreso del MPP, su concepción de Liberación Nacional y por ende de política de alianzas (valga la redundancia) poniéndole, ahora sí colectivamente, cosa concreta a un cartel tan manoseado como el otro.

De modo que nadie puede llamarse a sorpresa ni a engaño: todo estaba escrito en 1998.

Y lo peor, o mejor, es que en el acierto o en el error, lo hemos venido aplicando con muy buenos resultados. Con la debida confirmación experimental.

Si la praxis es el criterio de la verdad estamos por ahora contentos con nuestra teoría y dispuestos a cambiarla apenas la realidad lo indique. Pero será ésta la encargada de ordenar revisar lo pensado: nada ni nadie mas. Escaparemos siempre, como de una plaga, del servilismo ideológico que tanto daño causó y, estamos seguros, causará. Seguiremos, tozudamente, pensando con nuestra propia cabeza y hasta equivocándonos pero siempre por cuenta propia. No le echaremos después la culpa a nadie.

En nuestra teoría de Liberación Nacional, su fuerza motriz, social y política es el Pueblo. Pero a ese cartel, también muy manoseado, hay que ponerle contenido bajo pena de que la palabra sirva solo para nada. Porque cada cual debe definir, en buena ley cuando discute, el contenido de los conceptos (palabras) que maneja.

Para nosotros Pueblo es el conjunto social de todos aquellos individuos y sectores de una país ( o formación social dada) cuyos intereses o concepciones se oponen al imperialismo o, mirado desde la positiva, son partidarios de la nación (concepto que también definimos pero que sería demasiado largo detallar aquí).

Esto funda una política de alianzas porque es una estrategia.

No somos nacionalistas por deporte. Lo somos porque entendemos que para llegar a los más caros ideales es imprescindible serlo. Podemos estar equivocados por ese camino pero es el que proponemos. Estamos dispuestos a estudiar otros que se propongan explícita y seriamente.

Hoy por hoy (1998 o 2004 tanto da en materia estratégica) ubicar muy bien al enemigo principal, aislarlo y derrotarlo es tarea inevitable si se quiere alcanzar los mejores sueños y, mucho mas, si se pretende tomar el cielo por asalto.

Sobre este axioma entonces, el concepto Pueblo surge meridianamente claro: los obreros, los trabajadores en general, los intelectuales y estudiantes, los pequeños burgueses y hasta los burgueses que tengan intereses a favor de la patria y por ende contra todo imperialismo son la fuerza motriz potencial de la empresa que se debe llevar a cabo. O, hablando en términos más técnicos, de la revolución históricamente posible.

Ese conjunto debe transformarse en fuerza política. Debemos construir entre todos “conciencia de nosotros y para nosotros”.

Según nuestra humilde opinión, sin esa Fuerza será imposible la batalla y, por tanto, estará perdida.

Pero es mas: corrigiendo gravísimos errores cometidos en el pasado, no creemos que esa alianza deba basarse teórica y prácticamente en la idea del USO: debe ser LEAL para ser posible. Porque si en ella se plantea, como centro, el error de los afanes hegemonistas y vanguardistas de cualquier índole, la alianza será inviable desde que hace ya mucho que los bobos son especie en extinción. Por el contrario, el mundo está plagado de vivos y creer lo contrario es tomar mamadera en Marte.

Que un sistema de ideas predominará en una alianza política no puede ser moción en ningún Congreso porque lisa y llanamente es una soberana estupidez. Para ganarse la conciencia y el corazón de la gente, incluso en una política de alianzas, hay que comenzar por respetar a los demás y ser LEAL y, después seguir por el viejo consejo de que solo en la cancha se verán los pingos. Toda otra cosa es de una estolidez inconmensurable.

Antes se decía, con acierto a nuestro juicio, que el socialismo era, por definición, imposible en un solo país. Creo que, dadas las mundiales circunstancias, hoy se puede agregar que ni el batllismo es posible en un solo país. ¿O no lo estamos viendo?

Es mas, en el Uruguay de hoy (este conjunto doliente de escombros económicos, morales y sociales), resulta imposible el Uruguay en un solo país (ya tenemos gran parte de la población en diáspora planetaria y estamos discutiendo si vota por correspondencia). Dicho de otro modo: no sólo no aguantó en 1999 cinco años más de lo mismo (apenas llegó hasta agosto del 2002 cuando lo terminaron de fundir) sino que resulta suicida pensar que puede aguantar ahora otros cinco años mas: desaparece.

Desaparecería el objeto y sujeto de la Liberación Nacional… Cuanto más el de un querido socialismo.

Salvo que además de votar alguien proponga hacer también la revolución por DHL lo que como idea no deja de ser interesante y hasta podría incluso en caso de fracaso por lo menos salvar al Correo.

Viendo el tendal de tumbas, escombros y ruinas que rompen los ojos y convocando una ancha columna patriótica que está en marcha, debo entender, en el atrio de un posible Gobierno, que nuestra tarea principal, la de todas esas manos, conciencias y corazones, en cinco años apenas, será RECONSTRUIR y, ya que estamos, REFUNDAR.

Decir otra cosa sería mentir a sabiendas y hacerle un homenaje a la lumpemburguresía con gruesos ribetes mafiosos que ha venido demoliendo y aniquilando.

¿Cómo pensar que sobre la espantosa herencia que nos dejan es posible construir algo sin antes limpiar y evacuar largas y pesadas caravanas con hondas bodegas pletóricas de escombro para comenzar a excavar cimientos y levantar paredes? Mientras tanto, como después de toda desolación, abrigar, curar y dar de comer a los niños y a los viejos, atender a los enfermos, cuidar a las preñadas… No hay otras prioridades, desgraciadamente, en este punto crucial de la vida que nosotros ni propusimos ni elegimos.

Y reconstruir la fe pública, la capacidad de soñar, la esperanza bien fundada.

Este alud aluvional y vertiginoso que encauza pujanza hoy en la Nueva Mayoría, el Encuentro Progresista y el Frente Amplio es una cuenca patriótica, otra “admirable alarma”, una autoconvocatoria colectiva y nacional similar a la que en pocas pero muy duras horas ha vivido esta Patria que se une cuando hay fogones creíbles para ser convocantes, y seamos concientes de nuestra modestia: si para algo servimos o podemos servir en estas horas, es para ayudar a encender fogones y crear cauces propicios en la hora necesaria.

Lo que está en juego en estos meses es el destino nacional final. La sobrevivencia de esta Patria. La supervivencia como identidad diferente en el planeta. La tarea es construir un Gobierno capaz de desempeñar ese compromiso terminal.

Publicado en “La República”, escrito por Eleuterio Fernández Huidobro.

 

 

 

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