12.02.2004

Hace cuatro años y medio, para ser más precisos en julio de 1999, don Lucio Cáceres, siempre al frente del Ministerio de Transportes y Obras Públicas, convocaba (en plena campaña electoral) a una licitación publica internacional para la concesión por treinta años de un puerto de aguas profundas a construirse en La Paloma.

Uruguay tuvo además la mala suerte de que el 1º de marzo de 2000 asumiera Jorge Batlle y por ende Cáceres siguiera siendo su ministro.

Desde el Parlamento se libraron batallas tratando de impedir que la mala intención ministerial prosperara.

La principal crítica: que el citado proyecto no era ni podía ser un puerto de aguas profundas como se alegaba sino que bajo esa cautivante denominación se escondían otras realidades.

Por lo tanto y por ejemplo, el 6 de junio de 2000 denunciamos en el Senado (Actas del Senado Tomo 402), entre otras cosas, lo siguiente:

“En Uruguay se han forestado unas 400.000 hectáreas y, según don Jorge Batlle, se proyecta duplicar la plantación. Pero como los árboles crecen y los años pasan, vamos a tener que talar, a más tardar a partir del 2001 a razón de unas 40.000 hectáreas por año, lo que, transformado en rolo para pulpa de papel, desmonta un derrumbe de bosques que por tren, camiones, chatas fluviales o como sea, se nos viene encima buscando puerto para salir.

En toneladas equivale casi a lo que hoy mueve por año el Puerto de Montevideo. Más de 600 camiones de 25 toneladas, entrando al puerto cada día; 26 por hora, uno cada dos minutos… Ese diluvio de madera sobre Montevideo y su puerto, una de dos: o marcha directo del camión al barco, o debe ser depositado tal como hoy lo podemos observar, en vastas playas portuarias hasta que los barcos lleguen.

Los maderos correspondientes a un mes, apretados uno contra otro en dos metros de altura, ocuparían unas 50 hectáreas. Pero si a ello le agregamos el espacio para que por entre ese bosque transiten camiones y grúas, la superficie necesaria se va casi al doble.

Pues bien; el puerto de Montevideo, está presionado por la ciudad y apenas dispone de 66 hectáreas para ese y para todos sus demás servicios en tierra. Habría que demoler sus edificios, declararlo playa maderera, y ni aún así resolveríamos el problema.

Multipliquemos este ejemplo por todos los rubros: se supone que creciendo, de cargas que entran y que salen, el colapso ya está. Tiene la forma de una botella estratégica con cuello de relojito de arena. Esto sin contar lo que nos perdemos, o comenzaremos a perder, en costos ahorrados por no poder embarcar esos volúmenes en barcos graneleros de gran porte, debido a que no encontrarán calado en Montevideo. Digamos como atenuante que Argentina adolece de peor defecto y, de paso, que un puerto de aguas profundas en Uruguay será, siempre, más vital para Argentina que para nuestro país, porque si en estos cálculos sólo hemos tenido en cuenta la forestación uruguaya, miremos el mapa de la vasta zona de influencia de estos puertos -parte de Brasil, Bolivia, Paraguay, Uruguay y gran parte de Argentina, especialmente la de mayor concentración productiva- para imaginar el tamaño del botellón y su reloj de arena.

¿Qué es un puerto de aguas profundas?

Normalmente -porque también hay formas distintas de entender- se entiende por puerto de aguas profundas aquel que permite recibir cómodamente barcos de más de doce metros de calado. Montevideo hoy debería trabajar a unos diez metros y podría llegar a doce con grandes esfuerzos. Lo ideal serían unos dieciséis metros. No abundan en el mundo lugares para eso. Uruguay los tiene.

Pero con el calado no basta. Estos puertos están destinados a recibir buques de altísimo porte, por lo general, graneleros que transportan granos, minerales, maderas, líquidos, en especial hidrocarburos.

La carga fraccionada -un poco de cada cosa- no se compadece con el debido aprovechamiento de estas enormes bodegas. Son buques para largas distancias, donde el abaratamiento de su flete alcanza niveles imbatibles; carecen de sentido en distancias cortas. Deben, por lo tanto, recibir cargas de transporte intermodal -trenes, camiones, barcos más pequeños- o pasárselas en el más breve plazo de tiempo posible, ya que uno de los componentes básicos del costo de ese flete es la demora en el puerto.

De modo que resulta inseparable de la idea “normal” de un puerto de aguas profundas un vasto espacio de aguas tranquilas para sus maniobras -dado el largo, tamaño y peso de esos colosos- poca espera y, en consecuencia, potentes instalaciones de carga, descarga y depósito, playas para madera y minerales, silos para granos, depósitos para combustibles, grúas especializadas, cintas transportadoras, terminales carreteras y líneas férreas y, a no olvidarlo, las mismas comodidades marítimas para que los barcos menores se “amadrinen”.

En suma, no basta con el agua, sino que se necesita mucha tierra disponible para tan enormes instalaciones, con un agregado inseparable: por lo general ha sucedido que en estos puertos, por razones obvias, vienen a instalarse grandes industrias, casi todas “pesadas”: fertilizantes, siderúrgicas, papeleras, petroquímicas, etcétera, por desgracia, de alto impacto ambiental, sumado al que de por sí aporta el puerto. Los polvos de los granos movidos a granel son explosivos; al petróleo ya lo conocemos bastante; las playas de minerales y su carga y descarga también aportan polvos que traen lodos de todo tipo.

No necesitamos entrar en lo demás que faltaría reseñar para comprender que hablamos de vastos espacios marítimos y terrestres, arreglados en determinado modo, para poder referirnos a un Puerto de Aguas Profundas propiamente dicho.

¿Qué se nos propone?

La actual licitación en suspenso muestra en sus pliegos, con total evidencia, independientemente de lo que se opine acerca del lugar elegido, que no estamos ante un verdadero puerto de aguas profundas, sino ante otro de pequeña o, a lo sumo, mediana envergadura.

Tanto el espacio de aguas tranquilas como el terrestre propuestos son insuficientes para poder hablar, con propiedad, de un puerto estratégico.

Estamos apenas ante un puerto maderero destinado a intentar sacar parte de la producción maderera de una zona del este del país, destinado a propiciar proyectos de nuevas implantaciones forestales en la región aledaña que, de otro modo, sin ese puerto, no tendrían suficiente rentabilidad. Es más que probable que a las playas de almacenamiento de los rolos se agregue una planta de “chipeado” -altamente contaminante- contra el muelle y nada más.

Desde el punto de vista de la “cuestión nacional” o “de Estado”, arriesgamos un error, sin resolver, sino por el contrario, comprometiendo, la solución estratégica que Uruguay necesita y redundando ineficientemente si esta llega algún día; es decir, sin las ventajas, pero con los inconvenientes.

No va a generar los puestos de trabajo que necesita Rocha, pero le va a propinar un golpe ambiental de consecuencias irreparables, sin el puerto de aguas profundas y sin desarrollo turístico, destruyendo el enorme potencial que en ambos aspectos tiene esa zona.”

Aquel mal proyecto quedó frustrado porque los interesados (que fueron pocos) exigieron mayores ventajas (fiscales y de otro tipo) y que la concesión fuera por cincuenta años.

La cosa pasó al olvido y los analistas políticos comentaron que, como siempre, había sido nada más que una maniobra electoral para ganar distraídos votos rochenses en 1999.

Pero hoy, en pleno año electoral 2004, se vuelve a las andadas agravando el disparate porque si en 1999 no se trataba de un puerto de aguas profundas sino de un puerto de pequeña dimensión con fines madereros, ahora, confirmando la “adivinanza” de hace cinco años, estamos apenas ante una miserable cinta transportadora para una planta de astillado de madera. La grosería llega al colmo, con increíble desparpajo, porque para tamaño mamarracho se le entrega gratis y por cincuenta años al interesado, con nombre y apellido, la misma cantidad de tierras públicas y espacio marítimo que en 1999 se destinaban al grandioso puerto de aguas profundas de Lucio Cáceres, al extremo escandaloso de que si dentro de unos años si por milagro don Lucio volviera a ser ministro y quisiera por fin construirlo, tendría que pedirle permiso y pagarle al afortunado ganador de esta “revancha de Reyes”. El Gordo será entregado en Carnaval, tal vez en el Teatro de Verano, con los otros premios, por don Lucio Cáceres.

La Paloma pasará a ser propiedad del suertudo durante los próximos diez gobiernos. Así es fácil aprestarse a perder, cómodamente y con gran éxito, las elecciones. Por cincuenta años incluso…

Publicado en “La República”, escrito por Eleuterio Fernández Huidobro.