04.03.2004

Por fin el lunes de esta semana, don Lucio Cáceres consumó la alevosa “licitación” del grandilocuentemente denominado: “Puerto Granelero de La Paloma”.

Se trata apenas de una deplorable y lastimosa boya (incluso petrolera) de amarre a mil metros de la costa, hasta la que se hace llegar una miserable cinta transportadora por intermedio de varios postes hincados en el fondo de la mar. Una reedición posmoderna del aerocarril de Malvín, que tanto diera que hablar, por varios carnavales, a las murgas de otrora.

Un “revival” de la década de los 50. Ministerial Noche de la Nostalgia.

Esta licitación es a toda licitación lo que la música militar es a la música. Y aún peor.

Crónica de una muerte anunciada hace muchos años.

A cambio del mamarracho peligroso porque por ese aerocarril pueden meterse y sacarse, desde la costa a la mar, astillas de madera, combustibles, agua potable, granos, minerales, materias primas para fertilizantes y otros productos químicos, carbón y clincker (por ejemplo, para o desde las plantas de Portland sitas en Maldonado y Lavalleja) y el largo etcétera imaginable sin olvidar una posible planta de celulosa, le entregamos a un grupo forestal nada menos que veintisiete hectáreas alrededor del puerto, por cincuenta años, gratis, con exenciones fiscales totales y obras a cargo del Estado en la Ruta 15, en la vía férrea y en la Ruta 10 que permitan asimilar el denso tránsito de cargas desde y hacia el aerocarril del Puerto Cáceres.

Comparemos esto con lo que hace poco le exigieron a los pobres belgas de la Terminal de Contenedores en Montevideo, o lo que invirtieron los españoles en M’Bopicuá (ambos grupos competidores de los chilenos) o con lo que no se les dio a los de la planta de chipeado en Sayago, y acordemos que, por lo menos, la ley capitalista no es la misma para todos. La seguridad jurídica, la libre competencia, hasta el propio neoliberalismo, crujen ante esta jugada pre-capitalista del hidráulico gobierno.

Nos consta que esos otros capitalistas, incluso imperialistas, mas allá de lo que pensemos acerca de sus emprendimientos, miran esto con asombro, estupefactos, incrédulos, deslumbrados. Cáceres, como el Cotorra Míguez, los consterna clavándoles, y de chilena, este aerocarril en el ángulo. No lo pueden creer.

Don Lucio, interpelado en la Comisión Permanente del Poder Legislativo, que le pidió por contundente mayoría nada más que suspender por treinta días la apertura de la oferta (tal vez intentando desesperadamente que aunque sea para hacer número y no dar tanta vergüenza ante el mundo se presentara algún otro), no respetó tan siquiera el pedido de uno de los tres Poderes del Estado: el papelón lo pasó por salva sea la parte.

Como se ha pasado el mantenimiento del impresentable (y pronto fatalmente invisible) verdadero Puerto de La Paloma que gira bajo su órbita.

Invitamos a los lectores que no lo hayan visto a mandarse una excursión a La Paloma y poder ver (antes de que desaparezca) ese Monumento Nacional (uno de tantos) a la desidia.

El verdadero Puerto de La Paloma está aterrado. Debe ser uno de los únicos puertos del mundo en el que usted, amigo, usted amiga, puede tomar sol en las límpidas arenas que cubren sus muelles.

Muelles sepultos sobre los que sin embargo todavía están las vías y los poderosos postes de acero para atar en ellos los gruesos cabos de insólitos y fantasmales barcos anfibios que puedan, además de navegar, llegar hasta ahí con neumáticos patones y tracción cuatro por cuatro por entre los médanos.

Alguien, tal vez un niño jugando en esos médanos con la palita, descubrirá mañana que allí abajo, enterrado como Tutankamón, yace un puerto momia.

Lucio Cáceres abandonó al verdadero Puerto de La Paloma, donde languidecen trabajosamente los pocos barcos que aún logran entrar en él, entre ellos los heroicos barreminas de la Armada, que corren el riesgo ahora de quedar varados y hasta hundidos en arena para siempre… Sería también un caso único en la historia de las Armadas hallar el amarillento libro de bitácora en el que el heroico capitán decidido a morir con su buque, la boca ya llena de arena, lanzó con birome su postrer ¡My Day My Day!, mientras don Lucio lanzaba a los cuatro vientos la granelera historia en la otra punta, fuera del Puerto, mediante boya y aerocarril (único modo imaginable para un barco de “aparcar” por ahí), regalando, de yapa, la madre del borrego: veintisiete terrícolas hectáreas imprescindibles para cualquier gobierno de verdad que mañana quiera, desenterrando el Puerto Momia, hacer un Puerto de verdad.

Si esto prospera, ese gobierno, sea del pelo que sea, deberá pedirle permiso a los chilenos para quienes este regalo es una viña del mar.

Además, en esas veintisiete hectáreas (casi la mitad del área terrestre ocupada por el Puerto de Montevideo) se podrá actuar durante cincuenta años en régimen de Puerto Libre (mucho más que una Zona Franca).

Esa falta de respeto se extendió también a los vecinos, a la Intendencia y a la Junta Departamental de Rocha. Veamos lo que, entre otras cosas, dice el 27 de febrero del 2004 la Mesa Coordinadora Representativa de los Vecinos de La Paloma:

“Se informa a la población que con fecha 11 de febrero de 2004 -día anterior a la comparecencia del ministro Lucio Cáceres Behrens ante la Junta Departamental de Rocha-, el Presidente de la República, Dr. Jorge Batlle, firmó una resolución de presidencia ampliando el área del Recinto Portuario de La Paloma a un total de 35,66 hectáreas en tierra firme y a 177 hectáreas en el mar.

El ministro no informó a la población, a los ediles, ni a la prensa sobre este nuevo e importante elemento, lo que se suma a los antecedentes poco claros de esta licitación. Todo ello contribuye a seguir aumentando nuestras dudas sobre la transparencia de esta licitación, su necesidad y oportunidad y los motivos que la impulsan”.

No debe haber ningún otro punto de la costa, ningún balneario del porte turístico y portuario de La Paloma que goce de ese privilegio: vastas extensiones de predios públicos contra la costa y en el mejor lugar. Encima, dos hermosas carreteras (Rutas 15 y 10) y una vía férrea que si bien hoy también está momificada por obra y gracia de los malos gobiernos anteriores, es de fácil puesta a punto y llega hasta el Puerto mismo. Mejor postre para tragarse de apuro incluso atorándose, imposible.

En medio de esas hectáreas de predios públicos hay unas cuantas, importantes, que, lamentablemente para Cáceres, son propiedad de la Intendencia Municipal de Rocha. Ese crucial (y molesto) padrón fue expresamente descartado por los técnicos del Ministerio, de la concesión que nos preocupa. Sin embargo, y muy misteriosamente, fue incluido no se sabe hasta ahora por quién ni cuándo, en el decreto presidencial que basamenta el pliego de la falsa licitación. Será uno de los temas más interesantes a explicar por el ministro en la interpelación que lo espera. Lo anunciamos generosamente para que vaya preparando con tiempo la coartada.

Publicado en “La República”, escrito por Eleuterio Fernández Huidobro.