11.03.2004

El reciente jueves 26 de febrero bajo el urgente título “Se llevan Piriápolis” denunciábamos la existencia de una nocturna y alevosa licitación convocada por el Ministerio de Transportes y Obras Públicas para la concesión de la explanada, grúa exclusiva, botada y varada de embarcaciones, expendio de combustibles, lubricantes y aditivos y explotación de otra gama de servicios incluyendo restaurantes, de la que pudimos enterarnos milagrosamente en la semana de Carnaval (última de febrero). El susto no fue poco: la apertura de ofertas estaba fijada para el 10 de marzo (ayer) y nadie en Maldonado, absolutamente, estaba enterado ni, menos, había sido consultado.

Para colmo, en esos días el debate portuario se centraba en la escandalosa concesión portuaria de La Paloma y en las inminentes de Colonia y Punta del Este. Pero la de Piriápolis salió como de atrás de un palo.

Decíamos hace quince días: “Vino llegando a rastras por entre las frondosas arboledas y profundas oquedades de la Sierra de las Animas, el Cerro Pan de Azúcar, el del Toro y al llegar al San Antonio, recién entonces, fantasmal mascarita carnavalera como en La Paloma y en Colonia, Colombina cascabelera, hizo su presentación sorpresiva por fuera del cuplé de toda murga…”

Dados los bosques colindantes la licitación era emboscada.

Pero dijimos también saber (futurismo posible sólo bajo este gobierno de pacotilla) quién la iba a ganar. Cosa además metódica en materia licitatoria: recordemos Carrasco y La Paloma.

Pues bien: resulta que en nuestra columna de la semana pasada publicamos el cuplé que “Las Brujitas de Piriápolis”, una comparsa de mujeres que cada año desfila, cantó en el corso local horas después de la denuncia que nos ocupa. Dicen Las Brujitas en dos de esas estrofas (por el resto, que tampoco tiene desperdicio, ver obra citada):

“Esta privatización

Va a traer mucha disputa

No se saldrá con la suya

El ministro y su minuta

No dejaremos las brujas

Que se venda por dos pesos

Lo que Piria ha construido

A unos tipos como esos”.

Pues bien: hoy debo hacer un homenaje a las mujeres (también por su Día) y a las murgas (esa excelsa manifestación cultural nuestra).

Y dar, al mismo tiempo, una buena noticia en medio de tanta “pálida”: el pasado 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer”, el Ministerio de Transporte y Obras Públicas comunicó, de sopetón y en estampida, misteriosamente, a todos los oferentes que (sic): “Se comunica que la apertura de ofertas de la mencionada licitación ha sido prorrogada hasta nuevo aviso”.

El primer comentario que cabría luego de tan escueta frase sería repetir lo que resuena: “cacle, cacle, cacle…”

No conozco a las brujitas de Piriápolis pero las imagino en torno a su enorme olla renegrida preparando junto al mar la imponente paella de festejo a la que intimo ser invitado bajo apercibimiento.

El segundo comentario debería ser averiguar qué fue lo que le pasó al ministro: qué fluido, qué aroma, qué brebaje, qué elixir, qué tan aciaga pócima, qué brujería, qué fue lo que provocó su tan espantado recule en chancletas.

Muy pocas veces le ha pasado algo así ni aun ante colosales adversarios.

Parece ser que ante el deschave se produjo el paradojal milagro de atraer (a la recién entonces sí muy pública licitación) a poderosos inversores que no conocían la existencia de ese postre. ¡Fíjense lo que es el capitalismo! En realidad da para pensar que los tipos no vienen porque no los dejan.

Y entonces es probable que a Don Lucio Cáceres le pasó lo mismo que a mi querido compañero Don Carlitos Graña (atención Unión Atlética):

Hospedado contra su voluntad en negras horas de infortunio en el Hotel Boiso Lanza era llevado atado con alambre y encapuchado con lona (que no estaba para seda la cosa), junto con otros torturados, a mear en rigurosa fila presidida por el consabido sargento de turno.

Una voz finita, de imaginable pequeño oficial subalterno, ladraba, redundando, espantosos insultos desde lejos.

Carlitos, que siempre fue muy atrevido, apaleado y medio petiso, aprovechando lo finito, le gritó desde atrás de la capucha:

– ¡Vos te hacés el vivo porque me tienen atado y encapuchado!

La escuálida vocecita ordenó – ¡Alto! – y luego:

¡Sargento: desátelo y sáquele la capucha!

Años después Graña me lo contaba espantado todavía:

– Sacarme la capucha fue como subir un telón: fue apareciendo un alférez que no terminaba. Era grande como una casa; medía como dos metros y me decía con su voz finita y desubicada en tanto lomo: ¿querés arreglarlo mano a mano?

¿Y? – le pregunté alucinado.

¿Y qué iba a hacer? Le manotié la capucha al sargento, me la puse y le dije: vamo a mear sargento. ¡Era en joda!

Sospecho que cuando Don Julio Cáceres columbró el tamaño de los que se presentaron a última hora a la licitación recién descubierta, hizo como Carlitos.

Porque de otro modo no se explica que la última empresa interesada –poderosa por otra parte y que cerraba la marcha de otras de similar porte– se haya presentado con su oferta el 8 de marzo (por más datos cerca del mediodía) y que casi sin tiempo a salir de la dependencia ministerial correspondiente encontrara, junto a todos los demás interesados, que la apertura de ofertas se prorrogaba hasta nuevo aviso.

“Vamo a mear sargento: ¡Era en joda!”

Publicado en “La República”, escrito por Eleuterio Fernández Huidobro.