18.03.2004

El sistema imperante en el mundo es forzosamente para una minoría de la Humanidad y ha colocado al planeta en grave riesgo de colapso ecológico.

La mayoría de los seres humanos lucha por la sobrevivencia como personas, grupos, países, naciones y regiones ante la amenaza de ser lisa y llanamente eliminados o, en el mejor de los casos, excluidos en la más atroz de las miserias.

Cuatro graves crisis además de la ecológica: la del agua potable, la de la energía, la de los alimentos y la de la población, se han hecho presentes y se irán agravando inexorablemente si la situación no cambia.

Podrían tener solución pacífica, cooperativa y solidaria pero el sistema de dominación reinante las encara con la fuerza bruta y se apresta a intensificar mucho más esa “solución”.

Nuestro país y nuestra región no escapan de esa amenaza que ya es cruda realidad en varios aspectos.

Ante este panorama el tema Defensa adquiere en todo el mundo una dimensión global pocas veces vista y algunos contenidos nunca vistos.

La integralidad de la Defensa Nacional es ahora, si cabe, más necesaria que nunca.

Las elites preponderantes en los países del llamado Primer Mundo han dado origen y están imponiendo con escasas discrepancias entre ellos en este aspecto, la Doctrina de la Estabilidad Mundial (un eufemismo por “statu quo”) que a su vez se apoya en la Doctrina de la Soberanía Limitada (de los demás) y, ya en el plano militar, en la Doctrina de la Guerra Preventiva o Anticipada con su corolario forzoso: La Doctrina de la Proyección de Fuerza y el Despliegue Rápido y sus consecuencias: la importancia de lo anfibio (la mayoría de la humanidad en especial la más pobre vive en los litorales), lo expedicionario, lo “especial”, la inteligencia, el preposicionamiento de fuerzas, lo interoperativo y lo multinacional o combinado.

Por esas vías, las grandes potencias abandonan hasta incluso en el plano meramente retórico, la referencia estrictamente geográfica y de su territorio en el concepto de su Defensa y en el de su Seguridad para “globalizarse” y expandirla a los confines del mundo.

Se trata de un conjunto sistemático y coherente que viene a sustituir a la “vieja” Doctrina de la Seguridad Colectiva impuesta al terminar la II Guerra Mundial (liquidada patéticamente luego de la crisis del Kosovo y la de Irak) y a la (más “nueva”) Doctrina de la Seguridad Nacional cuyos detritus o remanentes en el seno de nuestras Fuerzas Armadas vienen siendo tenazmente conservados y, si cabe, incentivados, desde las filas civiles de los sectores más reaccionarios de ambos Partidos Tradicionales.

En la mayoría de los países y potencias del Primer Mundo se ha producido (o se está produciendo en los más rezagados al respecto), una profunda revisión de sus Doctrinas de Defensa y en consecuencia verdaderas revoluciones (en el sentido de que son mucho más que simples reformas) en sus Doctrinas Militares adaptándose por un lado a las nuevas realidades tecnológicas (por sí solas revolucionarias en la materia) y por el otro a la Nueva Estrategia (ya reseñada).

Los cuantiosos gastos militares son un subsidio disimulado a la industria, la investigación y la innovación tecnológica.

La guerra es por eso y por sus obvios resultados de botín y conquista, hasta ahora por lo menos, un gran negocio.

Pero como su modelo es para una minoría de los habitantes del planeta, la guerra es, también desde ese ángulo, ineludible para ellos.

En casi todas sus Doctrinas de Defensa incluyen en la definición básica, además de lo “clásico” (soberanía, integridad territorial, etcétera) la “defensa del bienestar de sus habitantes y la defensa de sus intereses nacionales y los de sus ciudadanos (quiere decir “empresas”) en cualquier lugar del mundo donde los consideren lesionados”. Esa “tarea” pasa a ser por lo tanto misión, entre otras, de sus Fuerzas Armadas.

La determinación es meridianamente clara y resulta inútil prestar oídos sordos.

Una de las más grandes consecuencias emergentes de esto es la asimetría que viene pautando casi todos los enfrentamientos militares o violentos de los últimos tiempos: los atentados del 11 de setiembre han sido la expresión más gruesa, simbólica y difundida de ello.

Pero la asimetría se da en los dos sentidos y comienza desde el lado de las más poderosas fuerzas militares del mundo que, en el marco de sus nuevas doctrinas, amenazan desplegar o despliegan imponentes ejércitos en intervenciones de toda laya en cualquier punto del planeta contra enemigos, inventados o no, muchísimo más débiles.

Si bien el concepto de asimetría es militarmente antiguo (David contra Goliat) adquiere carácter fundamental porque la hegemonía ganada por los Estados Unidos es tanta que, por ahora, se la considera “estructural”.

Ninguna fuerza armada del mundo, ni siquiera la de las otras potencias ni la de Europa unida puede confrontar de igual a igual por ahora. Este “por ahora” es trágico porque en silencio, con tapujos, sordamente, se percibe una carrera armamentista entre ellos destinada a tratar de igualar en el mediano plazo el poderío estadounidense. Trágico porque todos sabemos a dónde conduce esa carrera.

Mientras tanto lo asimétrico es “estructural” y mucho más cuando las grandes potencias se ponen de acuerdo para atacar a alguien.

En el plano militar se acabó el equilibrio de poderes. La bipolaridad cayó. La multipolaridad no existe aún.

Eso es, desde el punto de vista técnico, científico o de simple sentido común, un dato ineludible de la realidad.

Entonces, como el ser humano suele no ser idiota, y además acostumbra todavía ser malo, apela a la asimetría.

Esa apelación puede ser nacionalista o imperialista según convenga.

Pero de una cosa podemos estar seguros: establece una violencia y unas guerras mucho más atroces, si cabe tamaña superlatividad sobre lo de por sí atroz, que aquellas libradas entre poderes más o menos parejos, que por eso mismo y por lo tanto, respetan a veces las convenciones internacionales humanitarias aunque sólo sea porque si uno las viola las puede violar también el otro.

La asimetría comienza por la aplicación de la fuerza bruta por parte de los más poderosos: ¿Si la tengo (la fuerza decisiva) por qué no la voy a usar? Entonces el razonamiento minúsculo pongamos por caso de Aznar era: si Estados Unidos es el que tiene más garrote, reforcemos con nuestro palito su as de bastos para ser realistas y pragmáticos, ganar unas pesetas, y para que de ese modo haya en el planeta un orden porque de lo contrario habrá caos. Es, digamos así, siervo teorizante: eleva a gradas académicas sublimes el servilismo. Lo erige en propuesta mundial y civilizatoria. La otra noche lloraba por él y por el estrepitoso fracaso de su abyecta cátedra.

El gigantesco pueblo español, el que siempre puso los muertos, el que nunca cobró nada, el que fuera traicionado en reiteración real por los “demócratas” del mundo y hasta por la izquierda extranjera, el que fuera asesinado siempre por los fascistas, volvió a dar lección.

La asimetría sigue por los atentados de variado tipo a cargo de organizaciones y redes también del más variado tipo que funcionan hoy en el mundo. Una cosa trae a la otra. Ineludiblemente.

Sin embargo es falso que para combatir a esos grupos pueda militar o especialista alguno, sea del pelo ideológico que sea, concebir que son idóneos los portaviones, las divisiones blindadas, los aviones supersónicos y estratosféricos, los misiles crucero… Esa es una patraña en la que a esta altura nadie en su sano juicio cree. Inventada por Bush para apoderarse de países y regione
s enteras en las que haya algún buen negocio para que sus amigos y los amigos de sus alcahuetes hagan. Bin Laden o Saddam (ambas criaturas suyas) son una triste excusa.

El sabe muy bien, porque su país ha organizado (y lo sigue haciendo) muchas bandas terroristas (incluso de Estado), que eso además de grotesco es totalmente falso.

Ha quedado además, en evidencia, que hoy hay una peor situación, en esa materia, que la existente antes del 11 de setiembre del 2001.

El cruel y repudiable atentado del 11 de marzo, concebido para matar muchísima más gente de la que murió, fue (es) la última prueba irrefutable del estrepitoso fracaso de la mentira Bush.

Es posible que la humanidad pueda sacarse de encima tanta crueldad. Es imprescindible hacerlo. Pero para eso es necesario y urgente expulsar del poder, país por país, a estos aventureros irresponsables. El terrorismo, condenable además por sí mismo y sin más, les es inherente, lo llevan implícito y lo practican.

Publicado en “La República”, escrito por Eleuterio Fernández Huidobro.


 

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