03.06.2004

La pequeña lancha con un senador y un diputado a cuestas se fue acercando a la draga que con la mar serena del antepuerto parecía una mole metálica brotada desde el fondo rocoso y plantada allí para siempre.

La proa del barquito golpeó blandamente las gruesas chapas del flanco sin que la draga lo notara y una escalerilla bajó lentamente para que pudiéramos subir tambaleando por ella hasta la cubierta del estrafalario buque de extraño nombre: D-7 ANP… ¡ Le podían haber puesto por ejemplo: “Pimpollo” o, como le decíamos al que destapaba los caños en el Penal de Punta Carretas: “Clavelito”. Porque por el olor lo sentíamos venir a diez minutos de distancia.

Muy cerca yacían flotando milagrosamente, uno contra otro, solidarizados, los grises barcos de la Armada que hace tiempo no navegan. Abrazado a ellos, bien contra la mar, dormía uno de los mas chiquitos: el 22 “Oyarvide”. Unas horas antes el Ministro de Defensa nos había asegurado que ese buque tenía gasoil y cuando lo vimos tan quieto, él también, temimos. Debe ser el buque mas importante del Uruguay en estos días porque debe terminar a tiempo los trabajos oceanográficos imprescindibles para concretar la mayor reivindicación territorial de soberanía desde la época de Artigas. Como quien dice: el que está peleando por el futuro de los nietos de todos nosotros.

La prensa escrita y las emisoras informan que los veinte buques de la Armada carecen de combustible para, entre otras muchas cosas, patrullar nuestra mar territorial y nuestra Zona Económica Exclusiva.

Ese 20º Departamento, el mas grande de todos. Esa pradera de invernada por la que vagan crudos rebaños y majadas del mas envidiable pesquero del planeta. Ya no se trata de las joyas de la abuela: se trata de las de los nietos que regalamos de ese modo a cuanto ladrón de pescado y de cangrejo anda suelto por el mundo: desde el mas chico al mas enorme y multinacional delincuente. Abigeato permitido por la frivolidad, la omisión y la desidia de varios malgobiernos.

Mamelucos color naranja, jaspeados con grasa, como las manos gruesas que nos saludan, nos reciben alegremente y nos llevan resoplando por interminables escaleras de pasamanos que te ensucian… También con grasa. La grasa es inherente a los barcos. Hay grasa, negra grasa, por todos lados. Hasta en la cara de esa gente que lleva en la cabeza colgando, como locutores de radio, gruesas orejeras.

Cada quién entiende por qué y para qué con sólo dejar de mirar “desde arriba” los brutales motores e intentar verlos de frente, bajando las penúltimas engrasadas escaleras mas allá delas cuales, por algunos agujeros puede columbrarse el misterio de la sentina: el estruendo es insoportable. Miles de caballos de fuerza desbocados relinchando por escapes libres. Las válvulas a la vista, parecen los delicados dedos de un fino pianista repicando sin parar, eternamente. Cada uno es como Pulgarcito viviendo adentro de un motor.

También sabemos, porque integramos las Comisiones parlamentarias de Defensa y de Transporte, y tenemos dos dedos de frente, que los aviones y helicópteros de la Armada, basados en Laguna del Sauce, tampoco vuelan. Han sido transformados en peatones por falta de combustible… Y de vergüenza.

Pero tampoco lo hacen los de la Fuerza Aérea y cuando lo intentan por orden superior, se matan disciplinadamente. A pesar de haber avisado antes, a los superiores, que eso no estaba en condiciones de volar. Y entonces ya no sólo la mar sino también todo el cielo queda en banda para que en nuestra casa, este país, los ladrones de todo tipo metan y saquen lo que se les antoje.

Subir a la gloria del puente, desde la sala de máquinas, es como subir al cielo pero da para los veteranos barrigones muchísimo trabajo: allí el enorme panorama, los compases, el radar, los servicios satelitales, los de las sondas maravillosas, las comunicaciones por radio en jergas misteriosas y hasta en inglés.

La gran rueda que maneja tamaño barco, los botones que controlan tamañas máquinas, bombas, compuertas y muchas cosas más… Los relojes que indican todo tipo de cosas menos la hora. Hay uno por ejemplo que denuncia la escora y sirve para adrizar el buque (si usted no entiende querido lector yo tampoco.

No se haga problema). Bajan un globo en la proa y unas máquinas levan anclas. La draga empieza a caminar muy compadre con el grueso y largo caño chupador colgando por ahora horizontal y paralelo a su banda de estribor.

No muy lejos, se pudre burocráticamente el buque oceanográfico Aldebarán, por falta de rubros y combustible. Una enorme muchachada estudiantil se pierde junto con él y con ella todos perdemos la urgentísima investigación y los conocimientos científicos necesarios para saber cuántos peces tenemos y cuántos y cuándo los podemos capturar para no liquidar los rebaños y las majadas. Muy cerca también, contra el muelle de cintura, se amontona la gigantesca chatarra de muchos barcos que, según dice una voz, son estafas: cada uno una estafa. Generalmente contra el Banco de la República cuyo edificio está a la vista desde el puente. Más allá, varios de esos cadáveres, emparchados de apuro a pura soldadura, esperan flotando y enfilados, que el poderoso remolcador los lleve rumbo a las fundiciones de la India.

Uruguay exporta chatarra porque está siendo desmantelado. Hace poco un decreto del Sr. Presidente Don Jorge Batlle autorizó la exportación de chatarra de cobre ¡Con devolución de impuestos! Algo verdaderamente insuperable a nivel mundial en la materia. Mejor dicho: algo casi inimaginable. Que puede dar lugar a cualquier joda cosa que no creemos, en absoluto, que haya pasado ni, menos, inspirado el decreto. Porque los ladrones, ya lo sabemos, según nuestro Presidente son los argentinos.

Lo cierto es que las fábricas uruguayas que aún existen y se dedican a producir cosas de cobre, se quedaron sin su materia prima, la chatarra, y debían importar cobre virgen… ¿Qué tal?

La draga conducida en pleno día en base al ojo de la experiencia iba también guiada por un sofisticado sistema electrónico que le permite saber con precisión submétrica por dónde va. Fuimos hasta el muelle de combustibles de la Planta de Ancap. Y a partir de ahí, de retorno, el dragador, un hombre sentado ante varias palancas y botones en el Puente, ordenó a las máquinas bajar el grueso y largo caño chupador hasta el fondo que “veíamos” en la pantalla de un ordenador y, de pronto, encendió la gigantesca bomba centrífuga de la proa, que chupando barro, lo comenzó a escupir, en espeso torrente negrísimo y nauseabundo, plagado de bolsas de nailon, envases, trapos y todo tipo de mugre, en la enorme cisterna de la draga.

Una barriga que se fue llenando mientras el caño “rascaba” el fondo del canal para volver a profundizarlo y su trabajo iba quedando registrado en el disco duro del sistema.

Hablamos hasta por los codos con los de arriba y con los de abajo. Con los que apretan botones y con los que le hacen cumplir a las máquinas el mandato de los botones. Equipo formidable de trabajo, inteligencia y fuerza. Una enorme experiencia acumulada a lo largo de muchísimos años que también quieren desmantelar y están desmantelando. Cada uno aprendió el oficio siendo joven desde la boca y las manos de un veterano. Ahora no entra nadie, salvo excepciones y ellos sienten que con sus mamelucos anaranjados, dada su edad, se va también el oficio. Inexorablemente: no hay a quien enseñárselo.

El superior gobierno no quiere que haya.

Al terminar de recorrer el canal, la barriga de la draga quedó llena. Salimos por el Río de la Plata, desde la escollera Sarandi hasta “la boya del barro” navegando a toda máquina. Enormes portacontenedores entraban por e
l canal en Montevideo. Llegados al punto indicado en las pantallas por el sistema satelital de navegación, la enorme draga abrió las compuertas de su vientre y sin hundirse como era dable esperar, cagó su barro y se quedó flotando. Extraño buque de casco abierto que sin embargo flota y navega. Maravilla de la inteligencia humana. Volvimos, ahora más rápido por mas livianos y porque un extravagante reloj decía que íbamos con la marea a favor dada la hora.

Bajamos otra vez y volvimos a charlar. Ahora en el mejor lugar del buque: la cocina y el comedor. senador y diputado rodeados por mamelucos color naranja y grasa. Entendimos. Habíamos entendido.

La lección era clara y allá, en mi fuero más íntimo, pensé que si ganamos, si alguna vez ganamos, pelearía para traer a los niños a los buques como paseo y aprendizaje para que conozcan todos los paisajes de la patria que muchas veces vive a la vera de un gigantesco motor a poca distancia de una quilla. Y que tiene olor y color grasa. Y que si no lo tiene se muere. Como se está muriendo ahora.

La misma temblorosa escalerilla nos dejó en la proa del mismo barquito que nos llevaría a tierra.

Mientras nos alejábamos de la draga minio y negra, volvimos a mirarla: un racimo de mamelucos en la borda del buque fondeado también nos miraba: con la misma curiosidad.

Alguien, no se ni tampoco importa quien, dijo: – allí está la esperanza.

Pasamos raspando por el convoy de chatarra que espera.

Publicado en “La República”, escrito por Eleuterio Fernández Huidobro.