17.06.2004

La historia de este pueblo muestra pocos momentos (decisivos, cruciales…) en los que se produjo una Convocatoria Nacional.

El primero fue la sublime desobediencia de las mujeres en 1811 cuando desacatando la orden de Artigas que les pedía quedarse en casa, le prendieron fuego a sus ranchos y cargando en caballos y carretas a los niños y a los viejos, se fueron en larga caravana al exilio arriando a los pocos animales domésticos disponibles.

El crudo ejército artiguista perplejo de indios, negros y gauchos, tuvo que suspender sus operaciones militares ante la invasión extranjera y custodiar con su bosque de tacuaras ambulantes aquel trémulo nidal en marcha.

Como en un pesebre, en aquel larguísimo convoy de lentísimas carretas, las mujeres parían a la patria. Sin saberlo y absolutamente gratis, como se crean las mejores cosas del mundo. Muy gratis.

Eso no lo podrán entender jamás los fariseos de las Cuentas. Las almas monetarias. Los corifeos de la Pérdida, los sofistas de la Ganancia, los apóstoles de la Eficiencia ni los Sumos Sacerdotes de la Caja. Es inútil: no pueden comprender la ineficacia de un ser recién nacido ni menos la utopía honda del profundo beso que lo hizo. Mucho menos el “trabajo” impago de gestar y parir.

Después hubo otras convocatorias nacionales pero pocas; la más reciente fue la “salida” de la dictadura, cuando bastaba golpear una cacerola para que tras el sonido se formaran columnas de pueblo proveniente de todos los partidos en pos de un solo gran punto programático: recuperar la libertad perdida, sacudirse del cuello la coyunda, derribar la dictadura.

Fue un momento histórico desperdiciado porque su pujanza multicolor y multitudinaria podía haber impuesto también, y por fin, los cambios que el país necesitaba. Es hoy harina de otro costal discutir eso pero lo cierto es que todavía seguimos peleando por esos cambios imprescindibles, inevitables e impostergables. Decimos todo eso porque ahora, cuando la Nueva Mayoría crece y crece mucho, todos buscan explicaciones. Y tengo para mí que la única posible ante tanto aluvión de gente convocada es que estamos, ni más ni menos, ante otra gran convocatoria nacional de la estatura reseñada.

Esta vez no es para crear patria ni tampoco para recuperar libertades conculcadas.

Ahora se trata de salvar aquella patria. Saqueada, envilecida, olvidada. Perdida y comprometida por lustros de alevosía, frivolidad, irresponsabilidad y entreguismo. El compromiso político esencial llamado República Oriental del Uruguay está en tela de juicio. Como lo estuvo antes de nacer y después de nacido varias veces pero nunca tanto como ahora. A los desastres evidentes de ese reciente pasado se agregan los desafíos del presente y del futuro pautado por cambios planetarios que requieren en el timón que nos gobierna gente con sentido común y vocación nacional. Eso es lo que estuvo faltando y lo que falta. Y eso es lo que hoy convoca como en 1811 o como en 1980 cuando la epopeya de aquel “¡NO!” milagroso que le dio feliz comienzo al final de los dictadores.

Esa es la convocatoria nacional intuida y espontánea que estamos viviendo. No la percibimos a veces porque la estamos protagonizando y serán los historiadores, con más tiempo, quienes podrán comprenderlo mucho mejor que nosotros.

Crecemos porque como en viejos tiempos los fogones convocantes están encendidos y a ellos todos vamos. Absolutamente todos VAMOS. Y allí nos encontramos.

Me refiero concretamente a la Nueva Mayoría, al Encuentro Progresista y a los grupos integrantes del Frente Amplio. Cada uno es un fogón prendido. Todos en conjunto un ancho y generoso cauce.

Propicio para facilitar la convocatoria.

Y desde distintos ranchos, diferentes confines, atraídos por esa luz que se ve y debe verse desde muy lejos, vamos, o venimos. Tanto da ir o venir cuando lo que importa es reunirse, amucharse, juntarse y organizarse para la salvación de la patria y para su refundación.

Entonces no sobra nadie. Todavía falta. Resulta ocioso discutir si unos van y si otros vienen.

Todos VAMOS a los urgentes fogones de la gran convocatoria y es por eso que crecemos con la musculatura del Frente Amplio; los nervios y tendones de la fuerte columna vertebral blanca. Con la sangre batllista; con su aliento. Y con el corazón acompasado, como un tambor indio y negro, de la gente anónima y multitudinaria. No es por nosotros que crecemos: es por ellos.

Debemos dejar el pedestal de cualquier soberbia y subir de una buena vez por todas al tamaño de la esperanza que tanto pueblo pone en la alcanzable alborada. Como siempre.

Levantar el profundo grito que nos une y dice, tan sólo y simplemente: ¡Mañana!

Mañana es la consigna verdadera. Existe eso. Existe para esta patria y para su pueblo un mañana. Un gran mañana.

Pero al futuro tenemos que hacerlo y para eso hay que sacar el sol a pulso desde el fondo de la noche pasada donde lo tienen enterrado y preso.

Con el abrazo solidario de más de dos millones de brazos adultos y con su fuerza, podemos romper las cadenas amargas que quieren atar la luz. Hay que sacarla del pozo y levantarla.

Hermanas y hermanos: vamos a construir detrás de las estrellas un amanecer de mil antorchas y cien soles. Hay que soplar en los carbones de la fragua; es la hora de los hornos y las bordonas ardientes de cien mil guitarras. La patria necesita que su bosque de tambores convoque repicando la esperanza, en su más grande y mejor llamada.

Tenemos que sacar el sol del pecho.

Del horno está brotando aroma de pan bien hecho.

Falta poco: pero todavía falta.

Publicado en “La República”, escrito por Eleuterio Fernández Huidobro.