24.06.2004

José Batlle y Ordóñez, Don “Pepe” Batlle, el fundador del batllismo, desarrolló su actividad política en los años finales del siglo diecinueve y en los iniciales del siglo veinte.

El Gran Reformador fue sin dudas y más allá de coincidencias o discrepancias, el principal arquitecto del Uruguay moderno. Sería ocioso demostrar aquí y ahora una cosa ya juzgada.

Tengo para mí que su principal instrumento de acción fue la pluma. Concretamente el periodismo político comprometido tanto en la crítica como en la propuesta.

Sé que no estoy solo en esta opinión sino que por el contrario, en ella me acompañan analistas e historiadores con mayor autoridad.

No queremos decir con esto que Batlle no haya sido un gran ideólogo, un tribuno formidable, un experto articulador político, un gran organizador, un revoltoso agitador de grandes masas, un descubridor, formador e impulsor de jóvenes personalidades a la postre descollantes, ni tampoco que no fuera un denodado, tenaz e imponente militante. Un combatiente implacable desde el llano y desde las alturas.

Pero llama la atención, en tan peculiar figura histórica, que su más poderosa arma fuera la pluma. La palabra escrita y escrita casi siempre, con seudónimos o sin ellos, en medios de prensa. El máximo instrumento exponente de ello fue su diario El Día.

Pasó de medio para la acción a ser símbolo de Batlle y del batllismo.

Fallecido en malahora el líder, el dirigente y el caudillo, su diario, esa trinchera, siguió representándolo y devino, tiempo al tiempo, en baluarte imprescindible del Partido Colorado y al final también en Monumento Nacional vivo y palpitante más allá, repito, de coincidencias o discrepancias.

No tengo edad por ejemplo, para haber vivido en sus famosas pizarras la evolución de los resultados olímpicos cuando las comunicaciones en el planeta basaban su mayor velocidad en la telegrafía con o sin hilos.

Tampoco puedo recordar sus sirenas festejando la caída de Berlín al dar fin una epopeya mundial por la libertad. Pero las recuerdo entre mis lágrimas de niño festejando junto a la multitud en la esquina de 18 y Yaguarón y aun más lejos, hasta donde su lento gemido llegaba, la gesta de Maracaná.

Sé que para gente más veterana, ese aullido propio de las alarmas guerreras en tiempos de la Segunda Guerra Mundial y de feroces ataques aéreos en otros lares, fue (y es en la memoria todavía), el sonido rutinario de tiempos aciagos que acompañó periódicamente a las mejores y a las peores noticias del país y del mundo. Formaba parte hasta hace poco, como Gardel y los tamboriles, de ese “ruido” de fondo que auspicia sentimientos exclusivamente nuestros.

Y cuando todavía preso llegaron hasta el tétrico Penal de Libertad en aquel luminoso día de 1984, las primeras noticias acerca de las elecciones de noviembre, alguien trajo el dato de que esa mañana, cuando las mesas electorales se abrían después de tantos años, las sirenas amordazadas de El Día, otra vez libres, festejaron extrañamente con su ronco y al principio lento aullido, no el final de la contienda sino su comienzo. Fuera cual fuera el resultado de ese día, las sirenas de El Día eran como un reclamo en celo fecundo.

Sería verdad o sería mentira, no teníamos entre los barrotes de la incomunicación manera de confirmarlo, pero decíamos: – debería ser verdad si no lo fuera.

Y basta para que lo sea con que la gente lo ande diciendo. Hay leyendas que valen solamente porque lo son y por eso son más verdaderas, y en especial más operantes que la realidad pura.

El tiempo pasó: las elecciones de aquel 1984 fueron ganadas casi a prepo por el Partido Colorado, las del 89 por el Partido Nacional, las del 94 y las del 99 otra vez por el Partido Colorado que por desgracia gobierna hasta hoy.

Las sirenas de El Día, sin embargo, hace ya mucho que dejaron de sonar. Ya no están. No se sabe dónde están. Para ahorrar dolor es mejor no averiguarlo: pueden haber sido rematadas como tantas otras cosas…

El viejo edificio del diario El Día, incluido el histórico despacho desde el que José Batlle y Ordóñez escribió y forjó gran parte de la historia uruguaya, fue transformado primero en grosera galería comercial hasta llegar barranca abajo hasta su actual destino más bochornoso todavía: una casa de juego, un miserable garito, una timba.

El salivazo sobre la conciencia nacional está ahí, en pleno centro, al alcance de cualquier pudor. Sólo las más amargas letras de Discépolo pueden lograr describir tanta vergüenza.

¿En qué extravagante cabeza cabe tan siquiera concebir tamaño vilipendio?

Es un ultraje insultante contra un monumento de la historia patria. ¡Ni qué hablar contra la historia del Partido Colorado y la del batllismo!

Vandalismo céntrico, cotidiano, a vista y paciencia.

¿Qué hicieron al respecto los tres sufridos gobiernos colorados? ¿Qué hizo el Partido Colorado? ¿No fueron capaces de hacer una ley, un decretito, alguna resolucioncita, cierta colecta entre correligionarios, amigos y favorecidos para salvar esa casa y transformarla en Museo?

Sin embargo hace unos días, con plañidos contratados, hubo gritos en el cielo porque nosotros usamos la imagen de Batlle. ¡Cómo cuidan las “imágenes” del Panteón!

Enternecería observar tanta sensibilidad histórica y partidaria si no fuera por la mala suerte de que más acá de las corbatas es imposible para los cocodrilos esconder totalmente la copiosa y larga fila de dientes cariados.

Dirigentes que quieren tan poco a su propio partido y a la memoria que han malversado, se deslizan fatalmente como yacarés desorientados y desorientadores hacia el hambriento pozo que los va tragando.

Donde antes hablaba y escribía Batlle y Ordóñez ahora sólo se oye el ruido porcino de las maquinitas de tragar monedas masticando a dos carrillos sin parar y con las fauces abiertas.

Pero por fin todo termina: la trabajosa y lenta indigestión sauria también. Por entre los eructos la impúdica noche farisea acaba.

Está llegando la hora del evangélico día tan nefasto para los mercaderes del Templo.

Presten oídos: se oye… Oigan todos el gemido ronco y lento, el lento y ronco llanto de las viejas sirenas vendidas. El domingo les hablará Batlle.

Publicado en “La República”, escrito por Eleuterio Fernández Huidobro.