08.07.2004

El otro día en el informativo de Canal 10 anunciaron que un presunto violador de Solymar era umbandista. Obviamente, los umbandistas protestaron por tan flagrante discriminación. En realidad protestamos todos. No se puede hacer eso. Nadie, en su sano juicio, aceptaría que por ejemplo se “informara” que el violador es judío, o católico, o frenteamplista, o blanco, o colorado. Es un disparate.

En el discurso del acto de cierre de su desgraciada campaña electoral, el doctor Luis Alberto Lacalle, seguramente sabiendo por encuestas a su servicio cuál sería el resultado del domingo 27, hizo centro en las tremendas desgracias que sufrirá Uruguay si ganan los tupamaros.

El periodista Raúl Legnani, cubriendo dicho acto final por 1410 AM, no pudo resistir comentar que (cito de memoria): “el discurso marcó el tono de lo que será la prédica de la derecha hacia octubre”.

Horas antes, en su magnífica campaña electoral que le proporcionara unos mil cien votos, el señor ministro de “la” Defensa, profesor Don Yamandú Fau, alegaba ante sus masas (del emporio) que si ganaban los tupamaros, los únicos inversores que llegarían a nuestra tierra serían los fabricantes de pañuelos acusando, en alevosa e inaceptable calumnia, también de bolsilludos a los tupamaros. Lo que faltaba: ¡el colmo de la infamia!

Los susodichos escaparon por milagro de que les achacaran también la muerte de Carlitos Gardel en oportunidad de conmemorarse, en plena campaña electoral, tan luctuoso acontecimiento.

Días después, ya en pleno domingo 27, hubo una clamorosa cobertura “periodística” del escrache realizado frente al Comando del Ejército y, cerradas las urnas, todos pudimos ver, también en generoso despliegue “informativo”, la destrucción nasal del señor diputado Borsari y su camisa tinta en sangre. La agresión fue a las 15 y 50, pero el señor diputado, con la nariz lastimada y la camisa ensangrentada, apareció en televisión justo antes de que salieran las cifras y los candidatos. Copó la escena, “robó” todas las cámaras, pero en este caso no fueron los umbandistas: fueron los del emepepé.

Dicha maltratada nariz siguió ocupando espacios de prensa y declaraciones políticas hasta hoy en día. Nunca tantos le debieron tanto a una nariz. La de mayor importancia política de la historia uruguaya. Se trata de una nariz sin precedentes. La camisa se la cambió.

Hubo incluso un ultimátum: el Frente Amplio, el Encuentro Progresista y la Nueva Mayoría y en especial el MPP le deben pedir disculpas por escrito al Herrerismo. Faltó decir, para no abandonar del todo el debido tono municipal, agregar que en papel sellado, por triplicado a los debidos efectos, con los timbres correspondientes a cargo del disculpante, autentificadas por escribano y en horario de oficina pública bajo apercibimiento.

El problema es que las instituciones emplazadas de nada tienen que pedirle disculpas a nadie por más buena voluntad que tengan, ya que sencillamente ellas ni ordenaron ni perpetraron ni auspiciaron ni festejaron ni protegieron el puñetazo.

Nos hemos dedicado reiteradamente en estos días, ante el acuciante hostigamiento de la prensa acicateada por el Herrerismo, a declarar nuestro repudio a todo acto de violencia y concretamente a éste y nuestra solidaridad para con el señor diputado agredido. No vemos qué otras cosas se nos pueden exigir.

La exigencia de una disculpa lleva implícita una acusación inaceptable y arbitraria: una calumnia.

De todos modos reiteramos nuestro llamado a todas las personas organizadas y militantes de nuestra fuerza política para que no incurran en actos de violencia. Nuestra actividad debe ser política y por lo tanto ajena al pugilismo… Incluso al de Machiñena.

Cuando vi, como última perla de este collar, la frondosa cobertura “periodística” de la manifestación estudiantil contra el Codicen y otras sedes (El Observador, por citar un solo ejemplo, tituló en su tapa de modo tal que un desprevenido podía creer que se estaba refiriendo a los hechos bélicos de Irak), mi achatada nariz comenzó a olfatear que el “discurso” elegido por la derecha necesita hechos corroborantes para ganar consistencia; que los incidentes, las roturas, la sangre, las agresiones y las heridas le vienen como anillo al dedo para lograr el objetivo buscado: asustar gente para que no vote al Frente.

Y para eso basta un pequeño incidente: la prensa que tienen a su servicio (que no es toda pero es poderosa) se encargará de agrandarlo y explotarlo durante días. Formará parte sustantiva de su campaña electoral.

Mi nariz olfatea incluso que si las encuestas muestran crecimiento de la Nueva Mayoría, este fenómeno puede incentivarse. La pituitaria puede estar equivocada pero por lo tanto y por las dudas, debemos eludir por todos los medios posibles caer en esa trampa. Para ganar se necesitan votos y el triunfo se conseguirá con votos. Para tener muchos votos no necesitamos apelar a calumnias, mentiras, trampas ni a trompear la nariz de nadie.

No resisto la tentación, en homenaje a las narices, de citar aunque sea de memoria algunos de aquellos formidables versos que al respecto creara Don Francisco de Quevedo y Villegas en mi caso dedicados a Nicolini:

“Erase una nariz sayón

y escriba

érase una alquitara pensativa

érase un peje espada muy

barbado”

Publicado en “La República”, escrito por Eleuterio Fernández Huidobro.