04.11.2004

Hay costumbres extrañas. Una de ellas es el tratamiento que le damos a la muerte. Resulta que cuando nos morimos y en muchos de esos casos recién entonces, nos compran flores, nos alquilan lujosos autos que jamás tuvimos, nos acompañan los familiares y amigos que hace tiempo nos tenían olvidados, nos velan también en lindísimos apartamentos que jamás disfrutamos, nos ponen en una carroza triunfal, organizan una manifestación pública que a modo de caravana recorre las calles de nuestra ciudad y finalmente nos sepultan en lugares enjardinados como para que por primera vez en nuestra vida gocemos de bondades de un parque en torno a casa… A nuestra vez le hacemos lo mismo a los demás y así sucesivamente.

La gente nos mira pasar encabezando la marcha y se quita respetuosamente ante nosotros el sombrero en forma unánime, desinteresada, gratuita y generosa. Gente de todos los partidos y confesiones, aún sin preguntar, y ni tan siquiera saber quién somos, nos saluda y se entristece.

En realidad se desparrama tristeza por la ciudad cada vez que la traspasa un cortejo.

Debe ser por eso que inventamos el tango.

La otra costumbre, el lado opuesto de la vida, también es rara: la muchacha que esperó nueve meses el fruto esplendoroso de su vientre, corre presurosa cuando de pronto le llega el ansiado aviso. Entonces la meten por la puerta de un frío hospital aséptico, rutinario, lindante con lo burocrático, al que llegó de apuro, a veces sola, a veces acompañada por quien estuvo más cerca, generalmente en taxi, a veces a pie o en ómnibus y a veces en su auto o en el de algún amigo. Nadie más se entera.

Producido el nacimiento y estallando de alegría, ella queda en círculo íntimo y luego, antes de despedirla, sometida por interpósitas personas a larga serie de trámites variopintos y papeleos nutridos para salir a la calle, lentamente, con el precioso envoltorio y escasa compañía en busca de un taxi (en el mejor de los casos).

Atraviesa la ciudad sin que nadie se entere de la buena nueva. Tal vez cruce por el medio de un fúnebre cortejo. El pobre diablo del envoltorio pasa totalmente desapercibido.

Tengo para mí (¿Un proyecto de ley?) que las cosas deberían ser distintas.

En cada maternidad un festival de música las veinticuatro horas del día a cargo de la Intendencia Municipal correspondiente; campanas al vuelo ante cada nacimiento… Y hasta sirenas; un largo cortejo blanco alborotado por flores para llevar a la madre con su tierno fruto, bajo palio sentada en trono tipo Reina de la Belleza desde el que poder saludar a los transeúntes que aplauden en las esquinas y veredas. Algunos gritando con los brazos en alto como si aquello fuera un golazo como efectivamente es.

Para por lo menos empatar cortejos negros con los blancos y tener un sentido real de la vida. Y para que las flores sean imparciales.

Para no sólo entristecer al barrer sino también alegrar al voleo.

Para que siempre haya, como siempre hay, por lo menos dos bandos.

Toda otra cosa es visión parcial y sesgada de la vida.

Pues bien: el otro día parimos como se debe.

Precedido por largas caravanas de alegría y enormes concentraciones finales de júbilo, el recién nacido nuevo gobierno fue naciendo en la fiesta diurna del 31, para lanzar sus primeros gritos, tan clamorosos que sacudieron el alma continental, en la noche aquella, crepúsculo de los negros cortejos apabullados que por entremedio de la gigantesca fiesta iban cansinos rumbo al cementerio de los cadáveres políticos.

Y ahí está entre sus pañales la gloria que la Patria quiso.

Sus madres y sus padres fueron y son los millones de zapatillas gastadas, algunas con los dedos afuera, los pies descalzos, los gritos de pocos dientes, los obrajes y los galpones, las fraguas frías y en silencio, los socavones abandonados, la mar indefensa y olvidada, los cielos entregados y abiertos, las muchachas esclavizadas por dos mil pesos (en el mejor de los casos), los estudiantes al santo pedo y los profesionales bolicheros o porteros; la gente de la cultura que vive de un reparto de caramelos, el tambo que se funde produciendo mientras hay niños comiendo pasto y especuladores sedientos prendidos a la distancia que se mide entre el pezón de la vaca y la boca del pueblo; los chacareros; la ciencia en harapos de este país, paria de varios gobiernos, les parió esta gloria a quienes tal vez hoy sienten por primera vez en sus huesos el frío de las chapas de cualquier asentamiento.

La parieron los cartones que los pobres usaron como escudo en el invierno. La parieron los andamios y las grúas, los desolados astilleros y las colas de donde los viejos se llevan mil trescientos pesos.

Capítulo aparte merecen los del ostracismo: aquellos a quienes ellos no quisieron dejar votar pero que se les vinieron y, como un gran sarcasmo de la historia, decidieron.

Está recién nacido el popular gobierno: nació como es debido. El mejor festejo debe haber sido, en aquella noche memorable el del más remoto pueblecito del Interior profundo. Porque también desde el interior fue que vino cantando y pisando fuerte el triunfo.

Por fin esta vez no podemos decir “hasta la victoria”. Ahora también podemos gritar “¡Desde la victoria, siempre!”.

Publicado en “La República”, escrito por Eleuterio Fernández Huidobro.