11.11.2004

Cincuenta por ciento de los votos emitidos, más un voto: ese fue el límite de la trampa pero también el umbral de la historia. Porque con trampa o sin ella el desafío tarde o temprano iba a ser, fue y será ese.

Ganar la mayoría de la población y movilizarla fue y es antes que toda otra cosa un extraordinario fenómeno social.

Ya fue dicho: el cambio se produjo en la sociedad mucho antes de que la sociedad votara. El voto fue la legalización del cambio ya producido. No estamos ante un accidente ni ante un artificio. La realidad electoral expresa una realidad de carne y hueso.

Podría decirse entonces y también, que la mayoría se movilizó e impuso su gobierno y su programa.

Podríamos extendernos ahora en analizar las causas que por el camino de un largo proceso fueron pariendo y criando este amanecer. Pero no hay espacio.

Con las cifras en la mano podemos afirmar que no sobró nada ni nadie.

Todos fueron necesarios. Todos imprescindibles. Incluso los que fueron malamente acusados de “subirse al carro de la victoria”. Hoy sabemos que ella no estaba asegurada y por lo tanto que todos fueron constructores del triunfo.

Los que pensaron que estaba asegurado se equivocaban o eran irresponsables o adolecían de una monumental soberbia.

Y esto es muy importante anotarlo porque, además, todavía falta gente.

¿De quién fue la victoria?: del pueblo. ¿De qué fue la victoria?: de un programa. Conviene mucho formular esas dos preguntas aparentemente bobas y caracterizar detenidamente la respuesta aparentemente sencilla.

“Pueblo” es para nosotros el conjunto social de quienes tienen intereses contrapuestos a los de las fuerzas imperialistas: esta es una definición por la negativa. Y “pueblo” también es el conjunto social de quiénes quieren a este país soberano y libre para que pueda ser solidario. O quieren a este país solidario para que pueda ser soberano y libre: esta es una definición por la positiva. En suma: José Artigas.

El programa es aquel que atravesando vicisitudes y ajustado por los tiempos viene desde por lo menos 1965.

Pero puede haber (están a la vista) y hubo muchas veces programas sin gente. También hubo y hay mucha gente (incluso movilizada), sin programa.

La gran cuestión ahora que hay multitudes con programa y programa con multitudes es que haya a la mayor brevedad posible programa con mucha más gente. Y, lo que va a resultar decisivo: Organizada.

Sin ir más lejos comparemos las cifras del Frente Amplio de hoy con las de 1971 y con las de los Comités de Base de ayer y los de hoy.

O, si se quiere, las de cada una de sus fuerzas políticas con la de sus militantes organizados. Para ponernos el sayo: el MPP tiene tantos votantes como los que tuvo el Frente Amplio en 1971 pero no tiene, ni por asomo, tantos Comités de Base y, lo que es peor, conciencia cabal de que debe tratar de tenerlos. No es fácil lograrlo pero sí lo es tomar la decisión.

Tabaré dijo el otro día que se había producido una revolución social.

La envergadura del cambio ya producido permite afirmarlo. Pero las revoluciones también se frustran. Nada asegura que traspasado cierto umbral no se pueda regresar a cualquier otro lado. Los ejemplos nacionales e internacionales sobran.

Una estrategia que se basa en una política de alianzas y por ende en un programa, ha sido promulgada por la Historia.

Entonces, toda buena “gestión” comienza, debe comenzar bajo pena de fracaso, por tener conciencia de ello: de que la estrategia dio sus frutos, de que un enorme cambio social se produjo y, por lo tanto, ahora debe producirse también el cambio y la revolución en nuestras molleras.

Corremos uno de los riesgos más comunes: no darnos cuenta. Porque no hay peor hábito, en especial malo, que el de las ideas. Algún filósofo dijo que solamente los tontos y las ostras se adhieren. Creo firmemente que abandonar errores es más difícil que dejar de fumar. Como así también que despertar las neuronas y poner a trabajar el zapallo es más bravo que hacer laburar a un burócrata.

Después del “¡Festejen, festejen!” festejamos. Ahora hay que ponerse a trabajar. En primer lugar con la cabeza y en la cabeza.

Digo: con la de nosotros y en la de nosotros. Porque la caridad bien entendida empieza por casa.

Hay pueblo con programa y por eso ese pueblo pudo ganar y puede seguir ganando. Hay también organización porque de otro modo no pudiera haber ni pueblo ni programa.

Falta más pueblo y más organización: mucha más.

Publicado en “La República”, escrito por Eleuterio Fernández Huidobro.