09.12.2004

PENSANDO CON NUESTRA PROPIA CABEZA

El resultado electoral del 31 de octubre en Uruguay entraña un profundísimo cambio político producto de un largo y hondo proceso de acumulación.

Peculiar y único en América Latina; comenzó en 1968. Venezuela, por ejemplo, conoce en estos momentos muy profundos cambios. Pero el camino que condujo a ellos fue volcánico, repentino, rapidísimo y si bien reconoce raíces muy entradas en el lejano pasado, también es evidente que hubo un corte con aquellos antecedentes.

Argentina, por poner otro ejemplo, también está conociendo importantes cambios pero su proceso es reciente. Comenzó en las convulsiones del año 2001.

Allí hubo una quiebra entre las luchas de los años sesenta y hoy. No podría ni imaginarse en Buenos Aires una campaña de propaganda como la que usó acá la derecha para tratar de impedir desesperadamente el triunfo popular: “¡Cuidado que vienen los tupamaros!”.

Sin embargo, en el actual gobierno argentino hay muchos ex guerrilleros. Pero también los hubo en gobiernos anteriores.

En Brasil se creó a partir de los años ochenta un formidable Partido (el PT), el movimiento campesino más grande del mundo (el MST) y una Central obrera (la CUT) que debió nacer peleando contra Centrales pre-existentes. Y en pocos años el PT estuvo disputando el gobierno de Brasil, porque si bien perdió dos veces, ya lo estaba disputando, hasta ganarlo el año pasado.

Hacemos pues una propuesta teórica: este proceso uruguayo arrancó aquel día de junio de 1968 en el que Pacheco decidió clausurar sus últimas negociaciones con la CNT y decretar Medidas Prontas de Seguridad.

El Frente Amplio se va a fundar casi tres años después (en febrero de 1971) pero su trabajo de fundación ya estaba en marcha desde antes, catalizado por el fermento de la situación elegida por el pachecato.

Por primera vez entonces la vieja izquierda uruguaya representada electoralmente por el Partido Socialista y por el Partido Comunista y muy poco ampliada desde 1962 por las experiencias de la Unión Popular y el Fidel, respectivamente, protagoniza e impulsa la unidad entre sí y con importantes desprendimientos de los partidos tradicionales, con el Partido Demócrata Cristiano, con personalidades independientes y con otras organizaciones políticas y sociales representativas de un vasto espectro social.

En su primera experiencia, esa alianza nacida en febrero en medio de una campaña electoral dramática, conseguía en noviembre un porcentaje de votos de significación peligrosa para los bloques dominantes de acá, de la región y del mundo.

No está de más recordar que aquella alborada electoral de 1971 equivalía más o menos a la cantidad de votos que recibió el Espacio 609 (apenas una parte del FA) el 31 de octubre pasado.

Aquel resultado, agregado a la potencia organizativa y movilizadora de las principales formaciones del movimiento popular (su Central obrera y su movimiento estudiantil por ejemplo) colocaron sobre la mesa imperial el golpe de Estado como primer punto de la agenda.

El golpe acá, en Chile, en Argentina, en Bolivia y hasta tal vez en Perú. O sea: en todo el Cono Sur (en Brasil ya lo habían dado, obviamente).

El proceso reconoce, por lo tanto, un paréntesis de sangre.

Fue necesario, para frenar el crecimiento, ir al genocidio. Y fueron. En toda la región.

En Uruguay y desde la clandestinidad, salimos de la dictadura en 1985 nuevamente en brazos de la Central obrera, el movimiento estudiantil y el Frente Amplio con el apoyo de importantes sectores también perseguidos del Partido Nacional y del Partido Colorado.

Y lo hicimos sin los viejos dirigentes porque la enorme mayoría de ellos estaba encarcelada, exiliada, proscripta, presa o asesinada. Hubo una hermosa generación de jóvenes dirigentes que emergió en esas horas y que hoy va tomando las riendas, hasta por imperio biológico, de todos los partidos del país bajo pena de desaparición (como lo podemos ver en el estrepitoso caso del Partido Colorado).

En poquísimos años llegamos al triunfo del 31 de octubre por un ininterrumpido tránsito de crecimiento electoral sólo suspendido por el paréntesis dictatorial que intentó además raer de la faz de la tierra hasta el recuerdo de la existencia del Frente Amplio, la CNT y la FEUU.

No lo logró: a pesar de toda la sangre, tortura, cárcel, exilio, destituciones, mentira y muerte derramada a manos llenas para ello, no lo logró.

Es más: si bien hubo que dar y se dio una enorme batalla por la memoria (que se sigue dando), lo cierto es que en Uruguay renacieron absolutamente todas las organizaciones de su movimiento popular como si no hubiera pasado nada. Nos plantamos ante la Historia todos, absolutamente todos, gritándole: ¡Presente!

Si le descontamos al Frente Amplio los años de la dictadura, su camino a la victoria ha sido casi tan rápido como el del PT en Brasil pero lo ha sido a pesar del terror.

En 1984 volvimos a crecer. Primera experiencia electoral posdictadura que, sin embargo, es casi descartable para el análisis, porque ese año ganó el caballo del comisario como secuela del Pacto del Club Naval: sus contrincantes o estaban proscriptos o presos. Nada menos que Wilson Ferreira Aldunate estaba preso. Se lo tuvieron agarrado hasta la noche del día de la elección.

Sufrimos en 1989 una brutal escisión perpetrada en febrero, por la que se nos fue el sector hegemónico en materia de votos junto con el Partido Demócrata Cristiano. Y eso a pocas semanas del crucial referéndum contra la Ley de Impunidad que perdimos el 16 de abril de ese año que, encima, era electoral.

Pero en noviembre ganamos la Intendencia de Montevideo, cuando luego de esos dos serios golpazos nadie daba dos cobres por nosotros, dando así un paso gigantesco hacia el gobierno.

En 1994 se produjo un triple empate. Sanguinetti ganó por muy poquitos votos.

Pero el dato más grave de esa elección, para todos los analistas, fue que el Frente Amplio estaba disputando el gobierno de igual a igual y que, si todo seguía así, su triunfo era seguro en 1999.

Para frenarlo, inventaron la Reforma Constitucional de 1996 (que ganaron por escaso margen gracias a una división en nuestra fuerza) por la que nos obligaron a ganar dos veces para poder ganarles. Y a ganar contra todos los demás, incluso contra los votos en blanco y los anulados.

En 1999 ganamos en la “primera vuelta” pero perdimos en la “segunda”.

Sin embargo, los dos partidos representantes del bloque de poder nacional e internacional dominante tuvieron que desenmascararse y presentarse ante el pueblo como lo que eran: lo mismo.

El mismismo que se repartió el poder en Uruguay desde cuando le pegaron el tiro a Saravia en 1904.

Por lo tanto: disputando el gobierno estamos desde 1999.

Y así, sorteando atroces represiones, divisionismos de variada laya y chicanas electorales monumentales, llegamos hasta hoy. Hemos bebido todas las hieles del cáliz. Pero permanecimos sencillamente siendo y, por esa hazaña, somos.

Debemos tener entonces muy claro que este pueblo dio de sí las formaciones sociales, pero también las políticas, representativas y unificadoras de su lucha histórica. Son producto de él.

No son la copia de nadie. Su proceso fue y es uruguayo. Distinto a todos los demás.

No hay proceso similar en América. No tiene parangón. Es intransferible.

No pocas veces nos atragantamos también con los dulces jarabes del snobismo.

Por lo tanto, cuidado con los “modelos” importados generalmente por él.

Quienes nos imiten en otros lados corren, ahora que estamos de moda, el riesgo de subirse a ese carro que siempre carece de caletre y paciencia para observar el trabajo lento, a veces gris, de los procesos profundos.

Para seguir adelante y desempeñar los compromisos; para vencer los nuevos desafíos, debemos seguir pensando con nuestra propia cabeza. Como siempre.

Publicado en “La República”, escrito por Eleuterio Fernández Huidobro.