16.12.2004

La otra vez dijimos que el proceso de acumulación que condujo a la victoria de la izquierda en Uruguay el 31 de octubre fue muy largo.

Postulamos que se inició allá por junio de 1968. Otros columnistas, como es el caso de León Lev, han replicado que a su juicio comenzó en 1955.

A los efectos importa destacar eso: fue largo.

Y mucho me temo que el que acaba de nacer también lo será.

Las preguntas resultan obvias: ¿se trata del mismo? ¿Comienza ahora OTRO? ¿La estrategia victoriosa sigue siendo válida? ¿Necesitamos elaborar otra?

Propongo contestar así: la estrategia no sólo sigue siendo válida sino que con el triunfo ha ratificado su acierto. Pero necesita adaptaciones importantes y tal vez urgentes.

Dicho de otro modo: la respuesta sería “Sí, pero”. Ese “PERO” es por lo tanto el que tenemos que analizar y discutir detenidamente.

Porque no sólo llegamos al gobierno y eso importa y pesa, sino porque en la sociedad se han producido los cambios trascendentales que explican la victoria electoral pero obligan a ser muy tenidos en cuenta.

En primer lugar hay que consolidarlos porque pueden retroceder.

En segundo, rompe los ojos el hecho de que ante el formidable crecimiento, las estructuras organizativas del pueblo, que tanto fruto dieron, crujen.

Por un lado no abarcan todo lo que tienen que abarcar y por otro, cuando abarcan, se le rompen las costuras.

Necesitamos cambios y adaptaciones audaces para dar respuesta cuanto antes a esa carencia.

Dijo la prensa que el promedio de edad del flamante Gabinete designado por Tabaré promedia los 65 años.

Yo no saqué la cuenta pero poco importa sacarla: eso, más o menos, es así.

Y es así también por lo que ya dijimos: el proceso fue largo.

Pero si ahora agregamos que será largo el que comienza, entonces el tema de la edad, o sea el de la juventud, pasa a ser estratégico por simples y flagrantes razones biológicas.

Una generación de la década de los sesenta en el gobierno hoy, forzosamente promedia los sesenta largos.

Aparte de que Uruguay es un país envejecido.

Pero ese agravante trae harina de otro costal: al fin de cuentas expresamos a la sociedad tal cual es. Pero no tal como debería ser.

Y por este bemol de la estrategia aparece una dramática necesidad de cambio. Repito: si no fuera por otras, simplemente por razones de la vida. Y ojo que no basta con morir: alcanza con el reumatismo. Especialmente en la mollera.

O le damos paso a los jóvenes o estamos fritos.

Va a ser duro comprender y aceptar que el proceso será otra vez largo porque especialmente nosotros, los que venimos de cuando se inventó el rock y el Che, llevamos en la mochila como los soldados de Napoleón el Código Civil (varios “Manuales” recetarios de la revolución) y el bastón de mariscal (el Hombre Nuevo) y somos en el fondo entrañablemente milenaristas; traspasado cierto umbral, viene la Revolución sin retorno posible, ataremos los perros con ristras de morcillas y, en todo caso, la Unión Soviética nos ayudará desinteresadamente… Todos los niños del mundo, al ritmo del Negro Rada, tocarán candombe en las lonjas templadas de sus barriguitas llenas. Para siempre.

Ojalá fuera pero no será así. No fue nunca así. Jamás fue, ni podía ser. Habrá lucha y será larga y dura. Como siempre.

Como decía Galeano: a medida que avancemos, el querido horizonte irá también avanzando.

Es una ley de la vida… Y de la física.

Llegué a comprender la gran verdad que me confesara preso un excelente compañero:

– Para que yo sea un Hombre Nuevo a esta altura de la vida, me tendrán que operar.

Tenía vicios el camarada pero, como él decía, resultaban médicos: le gustaban el vino y los caballos de carrera así como a Platero le gustaban los higos y las burras.

– Le tengo pánico –agregaba– a esos compañeros a los que no se les conoce vicio de esos: por lo general tienen alguno terrible. Y un día lo descubrimos cuando ya es demasiado tarde.

¡Vaya si nos habrá pasado!

La famosa frase de Bertolt Brecht, la de los imprescindibles, aparece en este análisis incompleta.

Le debería haber agregado que a veces, los que militamos toda la vida, debemos comprender que también somos prescindibles. Y saber dar un paso al costado, dejar abiertas las anchas alamedas que profetizó Allende y dejar pasar por ellas no sólo al Hombre Libre sino también al Hombre y a la Mujer Joven.

Y finalmente traigo en la maleta, ya en edad que podría comenzar a ser calificada de provecta, y luego de tres extenuantes y recientes campañas electorales: la que condujo al triunfo en el referéndum en defensa del Ente petrolero el 7 de diciembre de 2003 y que fuera el primer gran golpe a los principales líderes blancos y colorados; la que condujera al triunfo en la “internas” del 27 de mayo de 2004 y la que nos trajo a la histórica victoria del 31 de octubre, una anécdota que me puso el dedo en la llaga como pocas veces en tantos miles de quilómetros.

Un paisano, militante de base de un heroico y humilde comité perdido en el profundo interior rural de Uruguay digno de un cuento de Borges, me preguntó qué pasaría si en el caso de ganar, mejorando la calidad de vida de los uruguayos, comenzaran a venir desde las abiertas fronteras los argentinos y brasileños pobres, así como pasó otras veces, como sucedía en el pasado, o como nosotros hicimos cuando en esos países había más trabajo y comida que en el nuestro.

– ¡Porque hay pobreza y pico, como acá, en esos lugares! – exclamó.

No tuve más remedio que señalarle a él y a los demás compañeros y compañeras, una foto grande, ajada, del Che riendo en la descascarada pared del rancho.

– Pregúntale a él – le dije -, o al Viejo Artigas. Tanto da.

Tenía razón el paisano de pie, con su sombrero entre las dos manos (por respeto al senador).

Era un estratega: de nada valía arreglar con egoísmo necio nuestras cosas si la pueblada vecina no las arreglaba también.

Pero tampoco nada podríamos arreglar solos (apenas tres millones de personas: un barrio de San Pablo o de Buenos Aires), si el arreglo no era para todos. Y ese IBA a ser el desafío que ahora ES: porque ganamos. El paisano y el humilde comité hoy son gobierno.

Y esta faceta, a cuenta de mayor cantidad, coloca otro de los cruciales agregados imperiosos en la estrategia: o somos parte o seremos nada.

Antes se discutía si era posible el socialismo en un solo país. Dado el mundo tal cual es, hoy puede discutirse si es posible el batllismo o el peronismo en un solo país.

O, sencillamente, si es posible seguir siendo país, en un solo país.

Publicado en “La República”, escrito por Eleuterio Fernández Huidobro.