23.12.2004

Taiquito es un japonés muy rico (valga la redundancia) que maneja en Japón una cadena de comercios especializada en caracoles.

Le ha ido muy bien pero en los últimos años viene tropezando con algunos problemas que amenazan dejar de serlo por la sencilla razón de que a corto plazo no tendrán solución posible.

Veamos: si bien en el mundo aumentó la producción de caracoles, ellos comenzaron a ser escasos porque al mismo tiempo aumentó mucho más la demanda. Las razones sería demasiado largo explicarlas acá pero a cuenta de mayor cantidad podemos decir: creció la población mundial y también el nivel de consumo en países muy importantes y poblados.

Los precios se fueron yendo a las nubes lo que para Taiquito no fue un gran problema: como tenía mucho dinero, seguía compitiendo en el mercado de las compras y por ende en el de las ventas ya que también creció el poder adquisitivo de una cantidad de personas.

El problema se hizo grave cuando, por estos años, Taiquito comprobó que increíblemente los caracoles no alcanzarían para todos ni aún cuando se alzaran los precios a niveles colosales.

Descubrió una temible frontera: la de la escasez llegando a límites infranqueables. Ni con todo el dinero del mundo Taiquito podía como hasta hoy garantizar el suministro de caracoles a su pujante cadena de restaurantes y supermercados.

El “suministro asegurado” pasó a ser para él y para los aficionados al caracol algo mucho más importante que el precio.

Corrían el riesgo de quedarse sin comer aún con muchísimo dinero en el bolsillo.

¡Desabastecimiento! fue el grito de terror en su Alta Gerencia.

La solución comenzó a llegarle en el último mundial de fútbol cuando con la personalidad totalmente exaltada intentaba cantar abrazado con un uruguayo en Tokio la Retirada de los Asaltantes.

Se hicieron (gracias al Mundial), grandísimos amigos con José quien, nostalgioso e inspirado contó, ante el asombro de Taiquito, cómo era Uruguay, el tamaño de sus campos fértiles, la escasez de población, y la cantidad de caracoles que andan por los jardines divagando crudos cada vez que llueve. Para colmo se trataba de unos exquisitos caracoles europeos que nadie pudo explicar, jamás, como lograron llegar alguna vez a la Banda Oriental desde Italia.

Ni corto ni perezoso, Taiquito se vino a Montevideo y salió a pasear con José.

Producto de esas caminatas y de otros buenos asesoramientos, el japonés viendo los caracoles en un jardín del barrio La Mondiola, le compró y regaló a José un campo de cinco hectáreas (cinco y un tercio para ser más exactos) con la condición de que en él criara caracoles exclusivamente para Taiquito quien correría con los gastos de implantación y explotación también regalados a su amigo uruguayo.

Eso sí: fueron a una feroz escribanía y firmaron un contrato por medio siglo.

En resumen, dicho documento decía que a cambio de todo eso, José (que no haría ni gastaría absolutamente nada) cobraría, encima, una renta reajustable de mil dólares mensuales por el resto de su vida quedando además, propietario de la tierra.

Se establecieron cláusulas de renovación por siglos tanto para José como para sus descendientes hasta la quinta generación por lo menos. Se trataba de algo así como un título nobiliario tipo “Marqués del Caracol” que, como todos ellos, basaba su legitimidad en un feudo.

La cosa fue un éxito rotundo: en un año cada una de esas hectáreas que a Taiquito le costaron seiscientos dólares, produjeron seis mil quilos de caracol, que vendidos en Japón a unos 50 dólares el quilo produjeron para todo el campo de 5,33 hectáreas la friolera de 639.600 dólares dejándole a Taiquito una ganancia de 409.000 si le descontamos el valor del regalo del campo a José (3.198 dólares), los gastos de explotación (unos 200.000 dólares) y los de implantación (unos 133.000 que amortizados en cinco años representaron 26.650 más intereses por año).

De los 409.000 dólares de ganancia, Taiquito le pagó 12.000 al uruguayo por sus 1.000 mensuales para seguir haciendo nada.

José era un “echao pa’atrás” manso hasta que hace poco se enteró de una amarga conversación de Taiquito en el Club de Golf: el japonés habría dicho que no hay mejor negocio para él que los atorrantes como José y que, por lo tanto, instalaba en Montevideo una densa oficina de reclutamiento para multiplicar sus negocios ahora también en otros rubros tanto por tierra como en la mar.

– Encima los dejo dueños dicen que argumentaba palito en mano.

Llamó poderosamente la atención que 5,33 hectáreas fuera ¡Vaya casualidad! el producto de dividir 16 millones de hectáreas fértiles entre tres millones de habitantes. Y también que Jeremy Rifkin escribiera un libro en el que postula (como Taiquito) la vaporización del capital a beneficio del “acceso” al capital (en este caso la tierra) y al Mercado (en este caso la cadena comercial pero en Japón).

Tanto Taiquito como Jeremy parecían coincidir en que hoy es más importante acceder a las bocas de venta que a la propiedad de las máquinas y las tierras…

Un gallego, en el boliche de marras, agregó que en España, y desde mucho antes de que naciera Jeremy, hay un dicho que reza: “el que tiene la Tienda tiene la Rienda”.

Los Servicios de Inteligencia más acérrimos del Uruguay quedaron también estupefactos cuando, debidamente informados por el mozo, se pusieron a sacar cuentas y escuchar también las conversaciones telefónicas de Taiquito entre las que pudieron desentrañar frases como por ejemplo la de que los uruguayos somos líderes mundiales en materia de hectáreas de mar y campo fértiles por cabeza y, ni qué hablar, de agua potable de excelente calidad.

Bueno es decir que por su parte, el japonés se siente hoy extrañamente seguido y vigilado por sórdidos espías chinos, europeos, hindúes y norteamericanos.

Dicen las malas lenguas que Taiquito tuvo una entrevista en el PIT-CNT con Daniel Olesker para hablar de esa idea belga (de Lovaina) tan extravagante: la Renta Básica.

Nota: Debo aclarar dos cosas: la primera, que éste es un cuento de pura ficción y que cualquier parecido con la realidad es casualidad. La segunda que averigüé muy bien es que los caracoles servidos en la mesa de los restaurantes de Taiquito valen ochenta dólares el quilo.

Publicado en “La República”, escrito por Eleuterio Fernández Huidobro.