30.12.2004

Don Zoilo, doctor veterinario por más señas, levantó densa polvareda por el camino que da entrada a la estancia heredada de su abuelo, pero dejó mansita y cansada la cuatro por cuatro contra el palenque de la cabaña.

Preparó el mate, miró de reojo las cocardas ganadas en el Prado y buscó la sombra del ombú para sentarse a su amparo en el banquito que también fue del abuelo.

Se sentó a esperar a los gringos. Esperó sentado a los inversores.

La primera sorpresa, casi una decepción, fue ver llegar en un pitucazo Mercedes Benz blanco con vidrios negros a un ingeniero agrónomo cajetilla y para colmo porteño, acompañado por un conocidísimo abogado uruguayo proveniente del rancio potrero de la Ciudad Vieja. No le conoció Don Zoilo, a pesar de que fueron compañeros en el liceo, otra actividad que no fuera bancaria y contaba la leyenda que cuando le ofrecieron trasladar sus oficinas a las torres del World Trade Center, el togado se negó terminantemente alegando que las mismas quedaban “campo afuera”.

Viendo el panorama, los invitó a entrar en la oficina de las cocardas y les mandó servir Coca Cola light bien fría (en la estancia había de todo). Se sintió desacomodado y hasta con un poquito de vergüenza por el barullo de los horneros en la cumbrera.

Vino por la ventana un leve aroma a bosta fresca cuando el abogado comenzó a explicar el negocio.

Don Zoilo comprendió, por la cara, que ese aroma no era perfume para el ingeniero agrónomo que mientras hablaba el abogado fue desplegando una enorme foto satelital de su campo.

Tan detallada que hasta se veía su banquito de tomar mate.

¡Me han espiao los potreros! – pensó Don Zoilo mientras veía con asombro aquel mapa.

Pudo saber que tenían otros más detallados, penetrantes y perfectos. Llenas de colores indescifrables para él pero elocuentes para ciertos misteriosos especialistas, aquellas extrañas fotos mostraban no sólo el campo sino la vitalidad del campo.

Mejor o peor dicho: la vitalidad actual y potencial de cada parte del campo, hondonada, monte, colina…

Al principio no entendió cuando le propusieron arrendarle dos “melgas”. Don Zoilo creía que le querían arrendar a muy buen precio todo el campo, pero no era efectivamente así: querían nada más que dos “melgas”. Y solamente para plantar soja.

Hablando en plata, le habían estudiado el campo tan a fondo que de él sólo les interesaba las partes que traían allí, en las fotos del satélite chismoso, meticulosamente dibujadas.

No eran rectilíneas ni mucho menos; tenían las formas abstractas de la capacidad latente en la tierra para brindar buenas cosechas de soja. Por el arriendo de cada hectárea de las llamadas “melgas”, le ofrecieron a Don Zoilo un montón de billetes verdes de espesor alucinante.

En el resto del campo (que era la mayor parte) podía seguir haciendo lo que se le diera la gana pero, si seguía con la ganadería, corría por su cuenta alambrar cada “melga” para que no pudiera el más mínimo animal invadir el suculento plantío.

Como negocio, parecía redondo.

Pero como cuando la limosna es grande hasta el rico desconfía y como a Zoilo lo habían embromado ya varias veces, le quedó la mosca de un temor zumbando en los oídos del alma.

Igual decidió firmar. Era mucho el dinero.

Tomada la decisión y ante una seña, bajó del Mercedes Benz un joven escribano que hasta entonces estuvo emboscado detrás de los vidrios negros.

Ya traía el contrato pronto y, por las dudas, para cualquier agregado, enristraba una temible “note book” de última generación que andaba a pila, a energía solar y a dínamo. Propia para trabajar en los más inhóspitos confines del planeta, se conectaba a Internet y a las oficinas de la Ciudad Vieja tanto de Montevideo como de Buenos Aires y San Pablo por el mismo satélite de las fotos.

Don Zoilo firmó. El Mercedes blanco tragó a los inversores y se alejó de apuro dejando atrás nada más que polvareda.

Los hechos posteriores fueron vertiginosos y más alucinantes que los dólares.

Un día, y con previo aviso para evitar problemas, vio venir desde abajo del ombú a dos extraños aviones que volando bajito mearon sobre las “melgas”, densas garúas de glifosato. Al poco tiempo aquella nutrida llovizna dejó los campos sin brizna viva de pasto y fue entonces cuando por el camino vino una caravana de maquinaria agrícola no identificada: ovnis pero del agro; platos voladores que jamás había visto ni sabido.

Enormes y carísimos, fueron pasando frente a sus ojos atónitos haciendo temblar la tierra y los cimientos del casco de su estancia rumbo a las “melgas”: iban casi vacíos.

Desiertos, después supo que tamaños armatostes venían dirigidos por GPS también desde el mismo putísimo satélite.

Fueron implantando soja sin tocar la superficie calva del campo mientras Don Zoilo de pie sobre el banquito, “bombeaba” la maquinaria viendo cómo seguían las más leves curvas de nivel a toda velocidad sin equivocarse.

Mientras (según luego supo) los rayos laser permitían esa maravilla, las vacas de Don Zoilo, pero también las mulitas, los caballos y hasta las yaras, huían espantadas con sus crías campo afuera de las “melgas” buscando refugio en el monte hasta más ver.

Camiones cisterna, taller, y de abasto, de una muy bien montada cadena logística, llenaron de polvo el amargo mate de Don Zoilo.

Después volvieron varias veces los raros aviones reiterando lluvias químicas sobre las leguminosas transgénicas que fueron creciendo como leche hervida hasta henchir las chauchas de anheladas semillas.

Cuando el satélite dio la orden de la cosecha, la cabeza de Don Zoilo, ni sus ojos, dieron abasto para mirar en todo sentido el enorme despliegue de otras máquinas, todavía más extravagantes que las anteriores, y el de todo tipo de camiones que le fueron sacando al campo, rumbo a lejanos silos, la generosa vitalidad muerta.

Ese aquelarre agrícola de máquinas y rendimientos se repitió muchas veces: varios años.

Los caballos mansos devinieron caborteros cuando quiso ensillarlos para salir a recorrer el resto de su estancia. Fue casi imposible arrimar el ganado a las mangueras. Se fue poniendo chúcaro a fuerza de susto.

Hasta que un día hubo un grave problema: uno de los especialistas que dirigían aquello (esta vez se trataba de un gringo pura sangre, rubio y malhablado), pasando a toda velocidad contra el banquito, el ombú, el mate amargo y Don Zoilo, les gritó: – ¡Salga de ahí viejo de mierda!

Lo fue a buscar, hubo reyerta y el gringo al hospital de donde salió de milagro. El juez de Paz y el comisario taparon todo.

La familia convenció a Don Zoilo: lo llevaron a un apartamento muy coqueto en la rambla de Malvín… Para que pudiera ver el mar tan infinito como sus pampas. A veces también verde.

Lo único que llevó fueron el banquito bajo de su abuelo, el mate y las cocardas (que colgó en las paredes del living).

Seguía cobrando la renta de las “melgas” cuando lo encontraron colgado en la ducha del baño. Para subirse usó el banquito: como siempre.

La vieja sirvienta contó que antes de entrar pidió un vaso de agua fría que bebió con fruición. Como si tuviera muchísima sed.

Nota: La Policía nunca entendió por qué Don Zoilo dejó su título de propiedad en el hueco donde va el papel higiénico.

Publicado en “La República”, escrito por Eleuterio Fernández Huidobro.