20.01.2005

EL SÍNDROME DEL FERRETERO

Yo siempre tuve debilidad por el mostrador de las ferreterías. Me fascinan. Admiro rendidamente, con adoración secreta, a los ferreteros. Desde niño.

Usted va, por ejemplo hoy, a una ferretería y comienza a entrar a un mundo propio de las Mil y Una Noches (obviamente si tiene un poquitito de imaginación liberada), le inundan el pecho ciertos rarísimos olores exóticos y misteriosos. Pinturas, solventes, cueros, alambres, materiales plásticos…

Está de moda (relativamente reciente) sacar número de un aparato de dificilísima ubicación entre tachos y herramientas de variadísimo tipo y se pone a esperar que lo llamen mientras observa lo que va pasando y mira en todo su alrededor un formidable despliegue de venenos para matar diversas cosas, llaves inglesas y hasta francesas, rollos de cable, cadenas para perros…

Detrás del mostrador ajetrean el patrón, la patrona y varios empleados si la ferretería es de porte, digamos mediano.

En la “Caja” o en sus proximidades está el dueño viejo, como en un atalaya, dominando el panorama entre mate y mate.

Entonces usted querido lector ve cómo un electricista profesional de trato sobrador y campechano pide, con palabras científicas, esotéricas, un vasto conjunto de cosas facilitando de ese modo el trabajo del mostrador pero dificultando la confección de la factura, por lo extensa y en algunos casos, por lo que va con IVA y lo que va sin IVA. Seamos sinceros.

A posteriori la misma persona atiende a una veterana que viene en busca de un tornillito (trae el viejo y roto como muestra) que vale medio peso pero que va a dar lugar, ante mi admiración desorbitada, a la misma afanosa tarea de búsqueda por parte del ferretero en ese fondo misterioso y confuso que todas las ferreterías tienen más allá del mostrador, hasta que feliz y finalmente, alguien o algo logra encontrar el bendito tornillo reclamado por la señora.

Lo supremo es cuando uno como uno, aficionado a reparar aparatos desahuciados, llega y le dice al tipo o a la tipa:

– Ando necesitando el pendorcho (en esos casos se suelen utilizar palabras inexistentes para describir lo indescriptible) que va en la punta del pindorro que va en la punta de la varilla del flotador de una cisterna vieja de cuarto de baño…

Y, aunque usted no lo crea, querido lector, el ferretero no sólo lo entiende sino que encuentra la gomita explicándole además que el pindorro se llama émbolo, con lo que usted se va de la ferretería debidamente enaltecido en materia cultural: en adelante, para impresionar a los amigos, usted podrá hablar, con propiedad, del émbolo de las cisternas que se acciona cuando se tira de la cadena.

No es moco de pavo la cosa.

Pero el colmo de los colmos para mí, en una ferretería, es que si usted vuelve porque la cisterna sigue sin andar, entonces ese viejo que está tomando mate en los aledaños de la “Caja”, SABE (y usted no se explica cómo es que sabe) lo que le pasa a esa antiquísima cisterna que lo está volviendo loco, y le recomienda sesudos y diversos pasos a seguir para terminar arreglándola.

En suma: los mostradores de ferretería son la cosa más democrática y participativa que hay en el país, se atiende del mismo modo a un empresario o a un profesional que compra jugosa cantidad de artículos, que a la multitud de vecinas y vecinos que vienen afligidos por el cuerito de una canilla o por la perdida tuerca de un tornillo.

Nunca vi en mi vida ni en ningún otro lado tanto ni tan parejo desvelo por todo y por todos.

Ni tampoco ese milagroso fondo de las ferreterías donde entre vetustos estantes llenos de multitudinarias cajitas se le encuentra solución a cualquier problema, tanto da que sea de dos como de cuatro mil pesos. ¡Digna profesión la del ferretero!

Esa es desde que lo conozco (y creo que lo conozco desde la época de Greta Garbo) la rara profesión del Pepe Mujica.

Ser mostrador de ferretería y, fundamentalmente, el fondo de la ferretería: el laberíntico lugar de las soluciones.

De eso, precisamente de eso, está enfermo. Y creo que incurablemente enfermo.

El médico (y por lo tanto en este país Doctor) Grille (especialista en semanarios) ha dicho hace pocos días en Caras y Caretas (lugar de su Consultorio) que el Pepe tiene “vasculitis sistémica primaria”.

Pero yo, sin título alguno, asevero que tiene el Síndrome del Ferretero.

Esta enfermedad se manifiesta cuando después de muchos años atrás de esos mostradores, ya no se aguanta más.

Entre tuercas y venenos, cañerías y escaleras, cables y fusibles, fertilizantes y cuerdas, llega un momento en que el cuerpo dice basta.

Porque además, y en la otra punta de las profesiones fascinantes, existen por ejemplo las alistadoras o las fileteras (el que no entienda que averigüe).

Ellas subyugan por la superespecialización: una filetera en la costa es capaz de sacarle a los pescados el mejor rendimiento en bifes en el menor tiempo imaginable. Sus manos siempre mojadas manejan el afiladísimo cuchillo (capaz de afeitar) a tanta velocidad que es imposible verlo ni tampoco concebir cómo no se rebanan de un saque varios dedos. Sobrecoge ver esa ley despiadada del trabajo.

Y una alistadora de palangres también tiene manos invisibles cuando desenreda una mola, alista la “madre”, ordena las brazoladas y los anzuelos para encarnarlos de modo que unas horas después adentrados en la mar los pescadores puedan “calar” sin problemas.

Tal vez el remedio del Pepe vaya por ahí: su verdadera especialización son las flores y, para mi gusto, los “cartuchos” en algún bañado donde pueda meterse hasta la media pierna.

Santo remedio sería lo que para otros parecería calvario.

Pero el hombre es él y su circunstancia, dijo alguno y a veces las circunstancias son mucho más despiadadas que las leyes despiadadas del trabajo.

Ya dijimos que no es impune sostener que el promedio del Gabinete del gobierno electo ronda los sesenta y cinco años. Fruto de un largo proceso de acumulación único en el continente accede a ese lugar un pedazo entero de la generación de los sesenta. Pero la vida cobra. No perdona.

Y también dijimos que por lo tanto abrir las anchas alamedas para que por ellas pasen las generaciones nuevas es un problema estratégico. Ineludiblemente estratégico.

Pero si hay equipos como se dice que los hay (y me consta que los hay), ese formidable capital veterano que la izquierda uruguaya tiene, puede seguir, aun herido, brindando su formidable apoyo a las enormes tareas que el pueblo tiene por delante pero en todo caso se deberá mostrar la sabiduría de ubicar a esos hombres y mujeres como al viejo de la ferretería: en los aledaños de la “Caja”, atalaya de la empresa, ayudando a solucionar los problemas “insolubles” y los más graves.

Sería bueno que esto lo entendiéramos absolutamente todos.

Por mi parte (porque me caben las generales de la ley) confieso que en medio de los abrazos en la noche del 31 de octubre pensé con fuerza arrolladora que por fin había llegado la hora de retirarse a disfrutar el problema de arreglar viejísimas cisternas.

 

Publicado en “La República”, escrito por Eleuterio Fernández Huidobro.