07.04.2005

El pasado viernes 1º de abril, a un mes de asumir el nuevo gobierno, Marina Arismendi puso en marcha el Plan de Emergencia. Planteado por la izquierda en varias campañas electorales y a varios gobiernos, fue catalogado como una utopía (en el mejor de los casos) o como una mala maniobra demagógica (en el peor).

La derecha rosada sostuvo durante largos años que además ese ridículo Plan no era financiable. Sin embargo, ya en los primeros contactos internacionales de Astori, los organismos de crédito no tuvieron reparo en brindarlo.

Los mismos que prestaron muchísimo más para que los gobiernos anteriores intentaran tapar gigantescos robos de la banca que auparon.

La flamante ministra y los equipos que la acompañan trabajaron duro en los meses anteriores para instrumentar concretamente la “utopía” de carne y hueso que se puso en marcha el viernes.

El nuevo Parlamento, por su parte, aprobó en dos días la creación del nuevo Ministerio.

Brotaron entonces, como por milagro de rara primavera, enormes colas de sufrimiento ante cada dependencia convocante: once mil personas, de un total estimado en doscientas mil, se anotaron ese día.

La pregunta es posible: ¿quién organizó esas colas?

Para mi gusto no fue Tabaré Vázquez; Marina Arismendi tampoco: fueron meticulosa y cruelmente organizadas durante años por los pésimos gobiernos anteriores.

Ojalá dentro de poco, lo antes posible, no sean nunca más necesarias en Uruguay. Quiera Dios que el padre Monzón no tenga que repartir comida desde el INDA y pueda volver a los menesteres normales de su parroquia, porque todos y todas en este país comeremos en casa. Que los curas curen y que todas las Marinas Arismendis puedan dedicarse a utopías menos trágicas.

Pienso además que éste en realidad no es un Plan de Emergencia: es la primera gran Repatriación.

Habrá otras, pero ésta era y es la más urgente porque se ocupa de los emigrantes más golpeados: los que no pudieron ni sacar ni elegir pasaje, ni vuelo de avión, ni país, ni oficio. No pudieron tan siquiera tener el derecho a decidir emigrar. Fueron expulsados, desterrados y enterrados.

Ahora, haciendo cola, vuelven a la Patria.

Vuelven del Cuarto Mundo. Del ultramundo. Del submundo.

Según la Biblia, nosotros vivíamos en el Paraíso hace algunos años hasta que por instigación de la Mujer y de la Víbora (imputaciones muy discutibles) comimos la manzana del árbol de la ciencia para tratar de ser iguales a Dios (según como fuimos engañados por dichos instigadores) desobedeciéndolo y perdiendo la inocencia tan disfrutada.

Entonces aquel Dios del Antiguo Testamento (tan severo) nos castigó expulsándonos del Paraíso (se nos acabó esa farra) para que, castigo del castigo, en adelante nos tuviéramos que ganar el pan trabajando (con el sudor de la frente).

Nunca debe haber imaginado, ni siquiera aquel Dios, que en nuestros tiempos llegaran desde las oficinas de grandes bufetes y academias unos afeitados dioses muertos bien vestidos y comidos apóstoles de Caín que, imponiéndose, expulsaran a gran parte de la humanidad también del mundo castigado del trabajo hacia el ultramundo donde el pan no se gana ni aún sudando porque sencillamente no lo hay; ni tampoco interés de que lo haya.

Excomulgados pues: desasociados, desacompañerados, despatriados. desmadrados, desesperanzados, desesperados. Apartados.

Sacrificados en el antiquísimo altar del buey auriferado.

Se fueron y en muchos otros lugares se siguen yendo. Acompañados apenas por sus famélicos perros, las moscas, algunos caballos y un Dios hambriento, flaco, de muy pocos dientes podridos en la boca, mocoso, sucio, con los dedos saliendo de las gastadas zapatillas malolientes, del que se murmura fuera alguna vez crucificado en las infecciosas y filosas chapas de un gran cartel a la vera de la autopista indiferente por donde sólo puede pasar con sus coches la minoría. “Hacé la tuya” dicen algunos que decía el cartel. “Todo va mejor con Coca-Cola” dicen otros.

Dios al que solemos espantar de los alrededores de nuestras latas de basura (por donde merodea), con pedradas, miradas, apaleos, alarmas, perros finos, autos, miedos, perfumes, olvidos, silencios, escobas…

Ahora, desde el 1º de abril vamos a tratar entre todos de que regresen.

Nos hemos endeudado para ello en menos de dos puntos porcentuales de la colosal Deuda Externa que fuera tragada entera por el Buey de Oro y que ellos, estos emigrados y emigradas son, fueron, los que pagaron las mayores cuotas hasta ahora. Estamos devolviendo migajas.

El 1º de abril empezamos a pagar a los que han logrado sobrevivivir la verdadera deuda que debemos.

El viernes pasado, la televisión también se ocupó, por fin, de ellos y por eso pude ver (muy cómodamente sentado) a una joven madre con su bebé en la mochila explicándonos por qué estaban allí, esperando los dos, a que le dieran el papel de la inmigración al mundo:

– “Yo – dijo – era empleada doméstica pero la patrona me dio a elegir: o el trabajo o mi bebé. (“O lo das en adopción o te vas”): Opté por mi hijo”.

El sesenta por ciento de los niños uruguayos vive por debajo de la pobreza y muchísimos de ellos por debajo de lo peor inimaginable. Más de la mitad del futuro de algo que pueda con mediano derecho seguir llamándose Patria estaba y está enterrado allí.

No existe riesgo ni amenaza mayor para la existencia de Uruguay que ese.

Nuestra principal batalla NACIONAL es esa.

También tendrán que venir las otras repatriaciones: las de los centenares de miles desparramados por el mundo.

Unas horas antes de que brotaran esas colas, se formaron otras, invisibles pero concretas. Más largas que las del viernes.

A menos de un mes de instalado este gobierno, el ministro Eduardo Bonomi convocó POR PRIMERA VEZ EN LA HISTORIA DEL URUGUAY a los trabajadores rurales para que, sentados por fin a la mesa con el gobierno y sus patrones, pero a la mesa, se incorporen al país y formen parte de las decisiones referidas a su destino, su salario y sus condiciones de vida.

Vienen también del ultramundo pero vienen desde muchísimo más lejos. Parias y desterrados del país.

Paradojalmente, obreros de la tierra, labradores, producen hasta hoy y desde siempre la mayor porción de nuestras riquezas. Exiliados con su General desde que lo traicionaron. Vuelven ahora con El. Se incorporan al debate nacional. Forman parte.

Tendrán que ser oídos no por orden del gobierno sino por la potencia de su propia voz.

Y con ellos se incorporan también los pescadores artesanales, otros parias paradojales de la producción y la riqueza. Traen la mar a cuestas: esa otra gran olvidada.

Vienen mal vestidos y tal vez muy mal hablados. No traen teléfonos celulares ni gastan casa donde dormir antes de ir al Ministerio. Sin la ropa ni los desodorantes adecuados…

Las alfombras tendrán que sufrir de pronto el olor, la voz cascada, el árido tacto, el mal de ojo y hasta el mal gusto de sus razones: las de la Patria Completa.

No quiero ser abusador: no me gusta usar muertos.

Pero cuando Arismendi y Bonomi firmaron con Tabaré algunos muy simples papeles, gastando en ellos nada más que tinta, a mí por lo menos me vino el aplauso lejano de una Asamblea que hoy no está.

Ustedes saben quiénes están.

Publicado en “La República”, escrito por Eleuterio Fernández Huidobro.