21.04.2005

Es imposible analizar y resolver la crisis energética de carácter estratégico que padece Uruguay separándola del sistema (o la falta de sistema) de transportes. Los gobiernos anteriores apostaron en forma suicida a la “factura petrolera” (y últimamente, en forma subsidiaria, a la del gas natural cuyos precios y demanda a nivel mundial y regional suben al mismo ritmo que el barril de crudo).

La crisis totalmente previsible e inexorable esperó su hora sentada muy tranquilamente. Primero esta, la actual, que es fundamentalmente de precios. Luego, enseguida, llegará la de escasez y luego la de falta lisa y llana.

Una civilización alegremente fundada sobre un mar de crudos ligeros baratos, se derrumba a nivel mundial.

Dichos gobiernos abandonaron la investigación y el desarrollo de fuentes alternativas. Peor aun: destruyeron las que estaban en marcha (como El Espinillar en Salto).

Uruguay agotó, después de Salto Grande y de El Palmar, las fuentes de energía hidroeléctrica de gran volumen.

Quedamos amarrados al petróleo y al gas (que a los efectos casi es lo mismo). Recursos, ambos, que no existen en el país y que si mañana existieran (como es posible) lo serán en una escala insuficiente para nuestras necesidades.

Pero la “matriz” de transporte, también adoptada con la misma irresponsabilidad, agravó esa dependencia y crisis.

Resulta obvio el impacto que el transporte tiene sobre el consumo de energía.

Cualquier país medianamente serio trata de establecer armonía entre ambos aspectos del problema.

Acá, por el contrario, se destruyó y abandonó el transporte fluvial y marítimo.

Uruguay ofrece una triste colección de puertos muertos que otrora fueran nudos de vitalidad y desarrollo. Baste pensar en el de Paysandú o mirar las instalaciones ociosas del de Colonia (hoy exclusivamente de pasajeros). Alguien hizo eso. No “se hizo” solo.

Resulta descabellado desaprovechar las posibilidades que Uruguay ofrece, como regalo de la naturaleza, para ese tipo de transporte. Más aun si pesados graneles e incluso troncos se trasladan en camión por carísimas carreteras. Sólo un país millonario y además caprichoso podría darse ese lujo que dado acá es un escandaloso lujo de la miseria.

Esto forma parte del muy culpable olvido que se ha tenido y practicado para con todo aquello que tenga que ver con nuestro evidente destino marítimo (destruyeron la flota de cabotaje y la mercante de ultramar, incluso la petrolera, y estaban destruyendo la pesquera y la de la Armada cuando ganamos las elecciones).

Obviamente, con esa demolición, cayó pareja la de los diques, astilleros, dragados, canales, balizamientos y toda otra actividad vinculada. Miles de puestos de trabajo y de especialidades, que costó mucho lograr, se dilapidaron.

Una gran riqueza, especialmente en divisas, fue entregada impunemente: el grueso al extranjero.

El flete acuático es desde el punto de vista de la energía, el más económico por lejos. Después de él viene el ferroviario…

Y todos sabemos quién demolió también el ferrocarril.

Resulta gravísimo que en un país muy bien dotado para ello se destruyan al mismo tiempo los sistemas acuáticos y ferroviarios de transporte.

Es condenarlo a un feroz costo interno. Y en nuestro caso, a una formidable y creciente “factura petrolera”.

Cuesta imaginar que tan colosales errores hayan sido cometidos por inepcia. Muchos perdieron y pocos ganaron cuando estas estratégicas decisiones fueron tomadas. Pero lo más claro e indiscutible es que el país perdió. Y que lo pagamos en masa y muy caro.

Extrañamente, desde un tiempo a esta parte, cuando se hablaba de infraestructura siempre se habló de carreteras y puentes. Recién hoy se habla en serio de poderosas interconexiones eléctricas con Brasil, de ferrocarriles y, ojalá que pronto también se hable intensamente de lo fluvial y marítimo.

No hay solución eficaz pensable para el transporte de pasajeros en el área metropolitana sin los llamados “trenes de cercanía” ni tampoco en el área urbana sin los “metros” o similares. Esos recursos no agotan el asunto pero son indispensables.

Dejaron nada menos que al Puerto de Montevideo sin el ferrocarril que siempre tuvo (ni qué hablar de otros puertos).

Transformaron con el insólito y fracasado Plan Fénix a la Estación Central en un inefable Centro Cultural, arrasaron su Playa de Maniobras donde iban a construir (así dijeron) un Hotel de Cinco Estrellas y, por si todo ello fuera poco, le pusieron un candado a la expansión portuaria y a la del ferrocarril con el Monumento a la Estupidez.

Infraestructuraron el modelo de Uruguay No Productivo. Ese catastrófico de Plaza Financiera y Centro de Servicios que no necesitaba energía, ferrocarriles, ni transportes acuáticos…

Fueron coherentes: en vez de ferrocarriles entrando y saliendo al Puerto, trayendo y llevando pasajeros: tendremos lánguidos espectáculos de ballet en la vía.

En vez de Playa de Maniobras: hotel con casino. En vez de depósitos portuarios: la Torre de Antel.

Las consecuencias de ese mamarracho, en demanda de energía global, concretamente de hidrocarburos, fueron y son colosales.

Por último cabe señalar el despilfarro no menor de la concepción imperante en materia de “flota automotora de transporte”.

Se fomentó el automóvil particular (batíamos “récords” de importación de autos “cero quilómetro”).

La Plaza Financiera, funcional a esa loca aventura, financiaba. Vendía créditos y no automóviles. Compraba sueldos. Colocaba en la improductividad futura sus excedentes de dinero. Aumentaba alegremente la factura petrolera. El gobierno cobraba su Imesi y “dale que va”.

Nosotros todos, engatusados, salíamos a pasear por la Rambla con la familia en auto: nos sentíamos alemanes cuando nos poníamos la soga en el cuello tomando mate con bizcochitos en el flamante auto que, además, era la envidia de los vecinos. Eramos ricos o, por lo menos, simulábamos serlo. No todo fue culpa del Gobierno.

Ahora esa tragedia de fáciles financiaciones, esa trampa en la que entramos, tenemos que resolverla: Bensión y Batlle nos llamaron a la fea realidad.

Mientras tanto, fundimos (o poco menos) a las empresas de transporte colectivo: ómnibus, taxis, remises y hasta casas de alquiler de autos.

Ellas son fomentadas en los países serios para crear puestos de trabajo, ahorrar costos sociales, energía, contaminación y accidentes (valga la redundancia).

Agreguemos al despilfarro, el hecho de que teniendo esa “flota”, el Estado gasta sus recursos escasos en la flota propia: la de un enjambre de autos, camionetas, camiones y hasta ómnibus con las correspondientes ventosas adheridas…

Resulta más que obvio que el Estado (incluyendo en ese concepto a las Intendencias) debe coordinar y apoyarse en esa enorme flota profesional ya existente. Con ello crearemos y consolidaremos fuentes de trabajo, ahorraremos energía y recursos estatales que sería mucho mejor aplicar en otras cosas.

Se nos acaba el espacio habiendo mucha más tela para cortar en este asunto. Tenemos problemas estratégicos insoslayables que deberían ocupar nuestras mejores energías.

Publicado en “La República”, escrito por Eleuterio Fernández Huidobro.