28.04.2005

Uruguay es un país endeudado poblado por endeudados. El tema del endeudamiento interno ha venido ocupando parte importante de la preocupación política y dando lugar a grandes debates. Ciertas cifras dadas al conocimiento público dicen que el problema aqueja a unos setenta mil compatriotas por unos dos mil ochocientos millones de dólares.

Hace bien poco se resolvió tratar de postergar sesenta días los remates inminentes. Creo que ni los remates ni las cifras conocidas abarcan el volumen del problema.

Los remates tienen que ver con una de las consecuencias más dramáticas del problema que ni por asomo constituyen la única.

Se rematan bienes cuando el deudor los tiene y cuando luego de un generalmente largo proceso se llega a cierta situación legal.

Las fuertes cifras citadas se refieren a un tipo de deudores (con instituciones bancarias, problemas de pago, refinanciaciones, atrasos, etcétera).

Es una minoría de los compatriotas con problemas de endeudamiento.

Porque esos problemas aquejan también a todos aquellos buenos pagadores, que por el volumen de lo adeudado, viven un calvario.

Hay en ese sentido un ejemplo que rompe los ojos: el nivel de endeudamiento de jubilados y funcionarios públicos (repetimos: es sólo un ejemplo para explicar lo que tratamos de decir).

Los llamados “préstamos sociales” del Banco de la República a pesar de caros, han sido durante estos años duros y de pérdida salarial, una tabla de salvación para ese sector de la población.

Y un estupendo negocio para el Banco.

Estamos ante el caso de muy buenos pagadores. Tan buenos que no registran el más mínimo atraso. Y no lo registran porque le descuentan las cuotas del sueldo antes de pagárselo.

Al “Banco País” se agregan la Asociación Nacional de Afiliados (ANDA) y, últimamente y hasta hace poco, ciertas cooperativas. Instituciones estas que gozan en exclusividad el privilegio de poder descontar los sueldos e ingresos que abona el Estado.

Entonces hoy pueden verse en la más variada gama de oficinas y empresas públicas, recibos de sueldo (y de jubilaciones) casi sin “líquido a cobrar”.

Lo que ha sucedido (abusos que nunca faltan aparte) es que esos trabajadores y jubilados gozaron también el “privilegio” de tener una muy buena garantía y por eso pudieron acceder al “salvavidas” vendiendo su salario futuro para comer en el presente que ya es pasado.

Obviamente que dado lo poco o nada que cobran a fin de cada mes caben tres posibilidades gruesas: trabajan en otro lado; viven a costillas de otro; o están saliendo a robar de noche. De otro modo no estarían vivos como están.

El problema de este gentío entonces, no es que le rematen algo. Por dos sencillas razones: generalmente no tienen nada para que le rematen y segunda: no se atrasan jamás.

El único y verdadero problema para ellos, y para muchos gentíos más, es justamente ese: pagan, y al pagar y por pagar, se quedan sin ingresos.

El Estado restringió aumentos o rebajó lisa y llanamente sueldos e ingresos de su gente pero les prestó plata cobrándoles caro. “No les pago pero, para vivir, pídanme”.

Téngase presente que, además, estas personas como tantísimos ciudadanos, también han caído en manos de los prestamistas buitres.

Los trabajadores de la actividad privada, con más dificultades para ofrecer garantía, han seguido sin embargo, más o menos, por el mismo camino de la barranca abajo.

Ha sido la lucha desesperada por no emigrar al Inframundo de la exclusión.

O para que algún pariente muy querido emigrara al Tercer Mundo enguetado y permitido en algún barrio del Primer Mundo.

Muchos de esos préstamos financiaron el desgarramiento familiar como estrategia de sobrevivencia. Pagaron los gastos de la amputación afectiva. Gracias a ellos la familia se apretó el cinturón desterrando hermanos, hijos, nietos…

Los préstamos también se pagan así.

La rebaja salarial y la desocupación han sido muy funcionales al sistema financiero.

Siempre, absolutamente siempre a lo largo de la historia, pasó lo mismo.

En suma: lo que tratamos de decir es que el tema del endeudamiento es mucho más grave y abarcativo de lo que por estos días se viene discutiendo.

Las familias, las empresas de todo tipo, buenas pagadoras pero endeudadas, también traen al cuello esa pesada coyunda que imposibilita caminar y, menos, levantar vuelo.

“Necesitamos inversión”, se repite. Pero con esta pesada carga, siendo buen o mal pagador, es imposible invertir en un hijo, una silla, un plato, una red o un torno.

Y muy difícil pisar el añorado salón de una carnicería.

Somos un país carnicero poblado por nostálgicos del cuadril.

El comercio languidece y como no vende, también pide préstamo para ir tirando.

La inversión se aplica al pago de las cuotas y, cuando ya no se puede, se desinvierte dejando de pagar y yéndose de cabeza al remate incluso sin juicio, aviso, ni rematador alguno. Que la mayor parte de las cosas que se liquidan, se liquidan calladamente, entre dos, o a lo sumo tres, en la escribanía.

Ahora bien: si como se afirma, el Banco de la República goza en estos momentos una situación de hiperliquidez al extremo de tener que colocar sus dineros en el exterior porque muy pocos contratan préstamos en el país (ya no hay más fuerza para ello…), convendría, con mucho atrevimiento de mi parte por la falta de pericia en estos temas, sugerirle al “Equipo Económico” la posibilidad de que dicho Banco refinancie a quien así lo quiera, sus “préstamos sociales” y hasta ofrezca comprar (a las otras instituciones) los créditos contra trabajadores públicos, jubilados y pensionistas. Consolidando sus deudas y refinanciándolas.

Se trata como hemos dicho de muy buenos pagadores. Pero también de un muy buen negocio para el Banco. Que otros, muy buitres, intentan arrebatarle.

Se brindaría un alivio (de hecho un “aumento” de sueldos y jubilaciones); se volcaría ese dinero, proveniente de nuestra plaza, en nuestro país (y no en el extranjero) dinamizando el mercado interno en la misma medida.

Y se debe estudiar (sé que mis compañeros lo harán) el modo de incorporar a los trabajadores de la actividad privada a este tipo de solución.

No sería una dádiva ni tampoco la mera sustitución (otra vez) de ingresos genuinos por préstamos: es una palanca de reactivación poderosa y coadyuvante al proyecto económico global para el Uruguay Productivo.

Y para el caso de los sueldos e ingresos más deprimidos, esos multitudinarios de carne y hueso, sería también como una parte del Plan de Emergencia.

Capaz que es posible. Ojalá lo sea.

Publicado en “La República”, escrito por Eleuterio Fernández Huidobro.