07.07.2005

Algo así como demostrar que el Palacio Legislativo no está en la luna. El absurdo vino porque Korzeniak afirmó eso: que Búsqueda es de derecha. Y porque dicho semanario se sintió insultado.

Dicho sea de paso: los señores senadores que con vehemencia defendieron a Búsqueda y entre brumosos inciensos le recitaron odas dignas de Píndaro (casi todos ellos de derecha) dieron por sentado, aceptado y juzgado, que decirle a algo o a alguien que es de derecha, es insultarlo.

A estar por sus quejumbres ya no quedan criollos de derecha en Uruguay salvo García Pintos quien, poniendo las cosas en su lugar, sigue teniendo a título de honor (como corresponde) su clara y plena definición de derecha popular. Reconozcamos que el ilustre diputado es un tranquilizante; porque la otra mosqueta desconcierta, enerva, marea, desestabiliza, intranquiliza…

En Villa Dolores hay un camaleón que a veces, cuando logra sus mejores éxitos, hasta desaparece. Deja de existir incluso; deja de ser y estar. Los niños (y algunos adultos) se vuelven locos buscándolo, se calientan y protestan como cuando el león no ruge (dicho sea de paso, el rey de los animales, adquiriendo características propias de su actual empleo, ruge solamente en horario de oficina).

Pero lo más curioso es el alegato (repetido antes de ayer en el Senado) acerca de que derecha, centro e izquierda ya no existen. Son cosas del pasado e incluso en el pasado estaban equivocadas. Y no existen según se afirma, porque son categorías de ubicación y por lo tanto siempre relativas a algo. Por esa escalera descienden hasta concluir que el error es simplemente usarlas.

Bensión llegó a esgrimir como un garrote esta genialidad, ya no para referirse a cuestiones políticas o ideológicas sino para negar al (según él supuesto) atraso cambiario. “No se puede hablar de atraso ni de adelanto porque dichos términos son siempre relativos a algo y ese algo además de ser cambiante puede ser cualquier cosa”. Con lo que aquel nefasto ministro liquidaba la discusión y por arte de magia, pero a garrotazos, hacía desaparecer hasta la noción misma de atraso (cambiario o de lo que fuera).

Resulta pues evidente que esta gente tiene graves problemas con los puntos cardinales y cosas por el estilo: para ellos no hay norte ni sur, adelante ni atrás, arriba ni abajo, adentro ni afuera, babor ni estribor, proa ni popa… Si fueran reclutas de infantería no sabrían para dónde doblar cuando le gritaran “¡izquierda!” vivirían “tipeados” y serían un peligro militar (como Bensión lo fue para la economía), por lo menos hasta que entendieran que izquierda es el lugar de la bayoneta y derecha el de la cantimplora.

No sé cómo consiguieron la libreta de chofer y cómo hacen para dar la mano (les habrán puesto una cintita en la muñeca…).

Y cómo harán para saber si vienen o si van. Deben perderse a menudo. ¡Qué problema para las familias! Si alguien les dice que vayan por la vereda de enfrente no entienden nada.

La mayoría de ellos son abogados pero los hay ingenieros y economistas ¿Cómo hicieron en el liceo para entender que (“A” más “B”) al cuadrado es igual a “A” al cuadrado más “A” por “B” por dos más “B” al cuadrado?

¿O para entender que la Ley del Talión no es ojo al cuadrado y diente al cuadrado? ¿Cómo hicieron para aprobar esas materias?

En cualquier momento nos presentan un Proyecto de Ley por el que se deroga el álgebra.

Hay sin embargo por lo menos un caso en el que su delirio puede llegar a tener razón: resulta que si caminamos hacia el norte hasta llegar al polo magnético terrestre de ese lado, todas las brújulas, absolutamente todos los rumbos, serían sur. Se acabaría el norte. Y si se van para la Antártida (lo cual no sería mala idea) todos los rumbos posibles serían norte.

Entonces puede ser que para ellos no haya derecha porque están parados en el polo magnético de la derecha y todo lo demás en su brújula política es centro o es izquierda.

Incluso, podría pensarse que todo aquel que camine y camine hacia la izquierda hasta llegar a su extremo podrá observar, entre imponentes auroras boreales, el también extraño fenómeno de que todo los rumbos que quedan van para la derecha.

La verdad es que el continente americano era para los europeos antes de Colón una idea mucho más abstracta que la de Dios. Colón no buscaba América, buscaba el Cipango. En realidad no la descubrió: chocó contra ella.

Pero si le hubiera errado, podría haber seguido navegando hacia el oeste, y si tampoco hubiera chocado contra nada, lo seguiría haciendo por años y años, dando vueltas y vueltas al mundo hasta morir. Eso sí: siempre hacia el oeste. Le podría caber la idea de que el oeste es infinito y con ello, que la tierra lo es.

Cualquier manual más o menos serio relata el famoso experimento: puestos un mono y un niño de la misma edad a buscar bananas o golosinas dentro de unas cajas, el mono las encuentra primero cuando lo que se debe hacer es revisar TODAS las cajas. La velocidad del mono en destaparlas o destriparlas es superior.

Pero si a partir de cierto momento el experimento comienza a poner las cajas en orden y la banana o la golosina en la tercera caja desde la izquierda, al principio el mono gana pero luego le gana el niño porque el niño “aprehende” eso: que está en la tercera caja desde la izquierda. Y si el experimento se complica más y la golosina o la banana se ponen cada vez en “la caja siguiente” vuelve a pasar lo mismo: al principio el mono gana porque revisa todas a gran velocidad pero después el niño le gana mucho más ampliamente porque “aprehende” el abstracto concepto de “la caja siguiente”. Hasta hoy se ha podido comprobar que para los monos resulta imposible “aprehender” ideas tan abstractas. Esa cualidad propia del ser humano es su gloria (algunos afirman que “divina”). Es su apoteosis. La que ha permitido construir todo lo que se ha construído. La que le permite también destruir todo lo que destruye.

Ante la inmensidad del Universo el hombre es nada –dice Pascal– pero ante esa inmensidad la conciencia del hombre es todo.

Si no es mala fe, entonces lo que hay en el Senado es el problema de los monos. Convendría una consulta médica. O tal vez mejor dejarlo así.

Publicado en “La República”, escrito por Eleuterio Fernández Huidobro.


 

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