21.07.2005

Hemos cansado a los lectores diciendo que nos aqueja un muy grave problema energético: ese es hoy nuestro principal talón de Aquiles.

Importa poco ahora pasar a cobrar amarillentas papeletas explicando (ya lo hemos hecho) la honda irresponsabilidad que nos trajo a esta situación tan previsible. Baste decir que no hay futuro bueno al alcance de la mano si no se resuelve ese problema estratégico. Y baste decir que hoy no tenemos una estrategia nacional en la materia y por lo tanto somos tan dilapidadores (sin saberlo: lo cual es el colmo) como para usar calefones eléctricos (quemamos el gas, el gasoil o el fuel oil en ruidosas centrales para producir con ellos energía eléctrica tirando por la ventana las leyes de la termodinámica y dilapidando por el camino la inmensa mayoría de sus calorías para quedarnos contentos con el enchufe y muy calientes con la factura de UTE que como empresa queda lo más contenta).

Sobra urgencia para abordarlo cuanto antes y sobran razones para reclamar en la materia una muy seria, y grave, política de Estado o como quiera llamársele. Debemos construir cuanto antes una política energética entre la mayor cantidad posible de partidos y entidades de la sociedad civil. El mayor consenso nacional posible para poder llevar adelante con éxito una “aventura” que consumirá varios lustros (es decir varios gobiernos), hasta alcanzar sus objetivos en medio de una crisis energética regional y mundial que llegó para quedarse.

Se equivoca quien afirma que un aumento de los combustibles encarece todos los productos uruguayos. La cosa es peor aun: encarece todos los productos (incluso el comercio) del planeta porque un barril de petróleo a sesenta dólares no es pavada para absolutamente nadie.

Unida inseparablemente a ella va la política nacional de transporte, porque a pesar de algunos errores olvidables, la energía la necesitamos para poner en marcha los sueños de un Uruguay productivo y, por ende, sus fraguas industriales, agropecuarias y comerciales: no sólo (ni mucho menos) para seguir teniendo luz en casa. El transporte, ese “elefante” o “tractor” del sector de los servicios, camina en base a energía y es el que mueve las demás cosas.

Si la “política” de transporte está equivocada, dilapidaremos energía o nos quedaremos cortos: en ambos casos será un desastre.

Y tener el ferrocarril y la navegación de cabotaje destruidos es dilapidación. Y no fomentar el transporte colectivo y profesional a expensas del automóvil particular es dilapidación en todos los países serios del mundo.

Atendido y removido ese escollo crucial, o por lo menos atenuado al máximo de nuestras posibilidades, se abren para Uruguay muy buenas perspectivas. Somos por tanto, optimistas.

Tres millones de habitantes (más quinientos mil en la Patria Peregrina) en dieciséis millones de hectáreas terrestres fértiles, pletóricas de agua potable y de riego de la mejor calidad, y otro tanto o más en una mar también generosa, con el agregado de nuestros derechos bien ganados y envidiados en la Antártida y por ende en el Atlántico Sur, sin olvidar el subsuelo de todo eso, es más que suficiente: es una “jauja”.

La inmensa mayoría de los países del mundo adolece de carencias graves y estratégicas en esos rubros (y también, como nosotros, en la energía; con el detalle curioso de que casi todos los países que andan bien en recursos energéticos, fallan en los otros, salvo raras excepciones).

Cuando además el mundo siente las consecuencias crecientes de su crisis demográfica (no nos aflige), de agua potable (tampoco) y de alimentos (menos aun), a la larga, más allá de vaivenes momentáneos, el precio y el valor de lo que tenemos irá inexorablemente en alza.

Ello entraña también peligros y desafíos: debemos ser conscientes y cuidadosos. Una Política Nacional de Defensa, también ampliamente consensuada, es ineludible.

Y lo es no por razones ideológicas o políticas: lo exige la cruda realidad de los hechos irremediables. Otra cosa es ceguera.

Hace unos años –al luminoso decir del ministro Bonomi — los orientales nos enfrentábamos hasta con las armas en la mano sin dejar de reivindicar la Patria para cada uno: la nación andaba por todas las trincheras. Hoy, tal como está el mundo, se trata de defender y de construir Nación contra quienes quieren ponerla en tela de juicio por los dichos y por los hechos. Y lamentablemente soplan vientos huracanados en ese sentido. Y es bueno acá no olvidar que los peores vientos vienen soplando por las fronteras de la cultura: entonces los poetas, los músicos, los actores, los maestros y todos los demás artistas, los científicos y los investigadores (agreguen el femenino en las palabras de la frase) tienen la obligación de construir una Política Nacional de Cultura abarcativa y plena, los más consensuada que sea posible y estratégica (para lustros) con el fin de desempeñar los compromisos de esa muy comprometida trinchera.

Entonces sí: somos optimistas.

Vendrán, no lo duden, grandes inversores y grandes inversiones a por nuestros alimentos, a por nuestra agua y a por las riquezas de nuestro subsuelo terrestre y marítimo. No lo duden. Ya están viniendo. Ya llegaron.

Seamos sumamente cuidadosos en especial cuando vengan con ofertas generosas. Que vendrán. No nos dejemos deslumbrar por los espejitos ni por las bolitas vidriosas de todos los colores. Tampoco reaccionemos como el mediocre que duda y ofende todo lo que no conoce y que para colmo conoce muy poco. Simplemente cobremos por lo nuestro lo que lo nuestro vale: es mucho.

Es tanto como para garantizarle a cada persona, en especial a cada niño, una vida digna. Ni más ni menos.

Publicado en “La República”, escrito por Eleuterio Fernández Huidobro.


 

Anuncios