28.07.2005

Enorme país de viejísimas tradiciones guerreras (su última hazaña fue nada menos que contra la también reciente invasión perpetrada por la ex Unión Soviética).

Según Bush y su equipo gobernante, allí residía y allí se apoyaba (en el Movimiento Talibán) Osama bin Laden y la jefatura de su red Al Qaeda, responsables del atentado del 11 de setiembre y principal grupo terrorista del mundo.

Se iba pues, con aquel enorme despliegue bélico de última generación, a extirpar de raíz el problema.

Los resultados están a la vista.

Ante el ya evidente estrepitoso fracaso fue lanzada (violando también el Derecho Internacional) la segunda gran ofensiva esta vez contra Saddam Hussein, Irak, y sus armas de exterminio masivo.

Dichas armas jamás fueron encontradas y, lo que es peor, hoy se reconoce mundialmente que la excusa era, además, mentira.

Pero esta vez sí apareció el principal requerido: Saddam Hussein hace ya mucho que está en poder de los Estados Unidos (no se sabe dónde).

Contra la generalizada opinión de que “muerto el perro se acabó la rabia” resultó ser, para sorpresa de todos, que la rabia recrudeció.

Hoy el Irak ocupado es un infierno para los ocupantes que ya reconocen como prácticamente imposible erradicar de allí a los “terroristas” (en este caso ponemos comillas porque bajo esa denominación caen absolutamente todos los que en Irak se oponen a la invasión extranjera).

Dejemos por ahora de lado otros sangrientos conflictos concomitantes y adyacentes (Chechenia, Palestina, Cachemira…) para señalar que a pesar de estos inmensos alardes militares (carísimos) el mundo ha sufrido ataques terroristas en casi todos sus confines.

Para “Occidente” los más sensibles nos han sido los del 11 de marzo de 2004 en Madrid y los recientes en Londres a los que se agregara, en cuestión de pocas horas, el del centro turístico egipcio en la Península del Sinaí.

La verdad sea dicha: por ahora son muy pocos los analistas militares especializados que se han animado a comentar el total fracaso de la “estrategia Bush”. Pero hay que reconocerlo: los hubo y los hay. Y en adelante serán cada vez más tanto dentro como fuera de los Estados Unidos.

Para el gran estratega Juan Pueblo, mariscal del sentido común, la cosa es evidente.

Por el contrario, Bush (mejor dicho quienes lo asesoran y dirigen) ha logrado montar la primera guerrilla mundial.

Ni Marx ni los anarquistas que fundaron la I Internacional; ni Lenin ni los demás que lo intentaron mediante la II Internacional; ni Stalin mediante la III (que él mismo disolvió) lograron cosa parecida.

¿Quién le hubiera dicho a Lenin que no habrían de ser sus bolcheviques sino el Partido Social Revolucionario (el de su hermano fusilado), los terroristas rusos de entonces, quienes mucho antes y aún después de la Revolución Rusa, sustituirían el viejo grito de ¡Proletarios del mundo: Uníos! por el actual y planetario ¡Terroristas del mundo: Uníos!

Boris Savinkov, aquél viejísimo revolucionario ruso autor de “Memorias de un terrorista” debe ser númen y libro de cabecera de Bin Laden (o de Bush).

Pero lo que Marx, Bakunin, Savinkov, Lenin ni Stalin podrían entender es que los terroristas mundiales fueran musulmanes, fundamentalistas, originalmente creados y auspiciados por el principal imperio del planeta y, encima, se organizaran en red (como la Internet del Pentágono) o en organización matricial y federativa como los anarquistas y Microsoft pero en la versión Linux o, peor aún, Peer to Peer.

Menos lo ha podido ni logrará entender Míster Bush.

Los vietnamitas, primeros grandes maestros de esta revolución tecnológica y organizativa no debidamente estudiada por nadie y menos por sus derrotados (hasta años después: porque debemos también reconocer que los militares estadounidenses fueron por lejos los que mejor estudiaron las enseñanzas vietnamitas y los que mejor se autocriticaron) fueron quienes primero aplicaron la estrategia de las “manchas del tigre” (una organización matricial del teatro de operaciones que hoy aplican hasta las empresas que venden pañales), que fuera a la postre la madre de su gran victoria contra el más grande y mejor ejército conjunto del mundo.

Acá en América Latina los salvadoreños fueron también maestros en la aplicación de dicha “tecnología” guerrera que mostró así, bien entrada la década de los ochenta, su total vigencia.

Si usted, querido lector, quiere observar esto referido a la guerrilla que venimos comentando, lo invito a desplegar ante sí un mapamundi (no hay más remedio, ese es el teatro de las operaciones en curso y al fin de cuentas es como el de la Coca Cola para vender sus productos).

De entrada notará que se le cambia algo en la cabeza. Simplemente por la dimensión colosal del escenario.

Las “manchas del tigre” (compare con el territorio de Vietnam) son todos los países musulmanes sin excepción porque en todos ellos independientemente de quien gobierne, esta “guerrilla” cuenta con enormes apoyos y si Bush sigue por el camino que va contará con cada vez más apoyos. Esas son sus bases de operaciones, sus santuarios, su retaguardia, su fuente principal de recursos, en especial humanos y financieros.

Se dirá: “Por eso Bush las ataca”, olvidando que el viejo y paciente maestro Ho Chi Min cuando le alegaban lo mismo (la enorme cantidad de soldados que Estados Unidos volcaba sobre Vietnam), contestó en el peculiar lenguaje siempre poético del Lejano Oriente: “Las mariposas vienen a la luz: allí morirán; pero la guerra no la ganaremos nunca acá, la ganaremos en los Estados Unidos”.

Muchos no entendieron entonces la segunda parte, la más poética, de la frase; efectivamente, el Viejo Ho ganó en la opinión pública y militante del pueblo estadounidense que es un gran pueblo.

Cercanas o en medio de esas “manchas del tigre” hay hoy zonas de conflicto abierto y permanente (Chechenia, Palestina, Irak, hasta hace poco la ex Yugoslavia, Cachemira, Afganistán, etcétera).

Y lejanas, pero abarcando todo el planeta, hay zonas de ataques parciales y asimétricos: Nueva York, Casablanca, Madrid, Londres, Egipto…

El fracaso de las Fuerzas Armadas convencionales para enfrentar este tipo de “guerra” es clamoroso. ¿Qué puede hacer un portaviones o qué puede un submarino atómico? Son fuerzas aplastantes pero inútiles: algo así como cazar mosquitos con escopeta para poder dormir…

Mientras esta locura transcurre, mientras los gastos son siderales y los costos humanos infinitos, Estados Unidos se endeuda, salta alegremente de déficit en déficit, China pasa a ser la segunda economía mundial desplazando a Japón, India la cuarta desplazando a Alemania, Brasil crece, Rusia vuelve por sus fueros y las potencias europeas centrales o terrestres (Alemania, Francia…) rompen por enésima vez (esta vez con motivo de la Invasión a Irak) con las potencias marítimas (Inglaterra, Estados Unidos, Japón…), tal cual la Primera Guerra Mundial, tal cual la Segunda…

Como si la Historia quisiera volver a repetirse. Solo que como ya sabemos, no se repite nunca en forma idéntica: hoy, luego del fin de la Guerra Fría y de la bipolaridad (de las guerras convencionales parciales y por encargo de alguna de las dos potencias) la escena presenta muchos otros actores con afán de protagonismo.

La esperanza de la Humanidad reposa en los pueblos y en que esa multipolaridad sea capaz de parar tanta locura.

Publicado en “La República”, escrito por Eleuterio Fernández Huidobro.


 

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