02.02.2006

Nosotros seguimos pensando que, a pesar de todo, la enorme mayoría de la población uruguaya sabe dónde es que va un chupete y en qué lugar se mete un supositorio.

La navegación lejana (en sus orígenes terrestre y marítima), hubo de apoyarse en los relojes (al principio de arena) para averiguar la “longitud” y en los astrolabios para saber la “latitud” averiguando la altura de los astros sobre el horizonte. Cruzando ambas coordenadas se podía tener una idea de en qué lugar del planeta uno estaba. Esa maravilla venía reforzada por la brújula (que indicaba el rumbo seguido y a seguir) y la “corredera” (para los barcos) o el cuentaquilómetros (para los vehículos con ruedas).

Pero hoy, debido a la piqueta fatal del progreso, todo eso viene muy sencilla y prosaicamente dado por un instrumento satelital de bajo costo llamado GPS (sigla inglesa) que brinda esa información, con exactitud escalofriante, a barcos, aviones, automóviles, camiones, misiles y hasta a personas que así lo deseen (en el reciente raid París-Dakar los GPS fueron deportivamente decisivos).

No hay que olvidar, empero, que los aviones, submarinos, torpedos y misiles de variada gama, entre otros objetos y seres, necesitan imprescindiblemente otro invento llamado giroscopio para saber, además, si están abajo o arriba, patas para arriba o patas para abajo, subiendo o bajando: que todo puede ser posible sin que nadie lo advierta (salvo el giroscopio) en esa “Viña del Señor”.

Cuando por ejemplo se vuela a ciegas (porque hay nubes) y a gran velocidad, las consecuencias de quedarse sin esa información (sin “horizonte”, dicen) tan aparentemente elemental, suelen ser casi siempre catastróficas (en Uruguay recientemente han sido fatales). Dejando atrás este breve pero ineludible paréntesis náutico, vengo a sostener bajo mi más absoluta responsabilidad, que hoy estamos ante la presencia insólita de programas, propuestas y hasta personas que carecen de reloj, GPS y giroscopio. Incluso hasta de mapa. Y no me refiero exclusivamente a ciertos jugadores de fútbol.

Sé que lo del giroscopio entraña una sofisticación muy sospechable en un país como el nuestro en el que al decir de un ingeniero amigo “todo lo que tenga más de tres enchufes no anda”. Pero no estaría de más exigirlo, porque saber si se está con las patas para arriba o con los pies para abajo (y por lo tanto si se va para la derecha o para la izquierda, para arriba o para abajo, para adelante o para atrás), no es poca cosa hoy en día.

La Izquierda Cholula, a la que me he referido con tan inesperado éxito el miércoles 21 de diciembre en el Senado y el jueves siguiente en esta contratapa, es un ejemplo paradigmático, diríamos sublime, de esa triple carencia.

Conste que me referí y refiero a entidades políticas (individuales o colectivas): lejos de mí la temeridad suicida de incursionar en los vastos dominios de las ONG, las Consultorías y las Fundaciones. Ese temible pantano, vasta tundra del curro planetario de flamante invención (como el GPS aunque posterior al semiconductor), hijastro de la cuantiosa, políglota y proliferante burocracia internacional de innumerables siglas en inglés, por definición apátrida y al servicio del que financia porque tiene la memoria del burro (que jamás olvida “ande” come) ha sido siempre para este humilde servidor, incógnito y lesivo.

La izquierda cholula (y por ende POLITICA), en la definición conceptual ya memorable de fines del año pasado es (lo repito) la que se enamora de lo pintoresco y traspapela lo grave o que, influenciada por la costosa, multicolor y hasta romántica propaganda de ciertas ONG, se transforma en (lo reitero) “amante de los pajaritos y de las ballenas blancas, hija de la bobeta, apartada de la realidad pero debidamente muy bien financiada por las ONG (nótese la diferencia) de cada uno de los bloques y la cholulez planetaria (un mercado de sopa boba nada despreciable para pasarla bien diciendo pavadas)”.

Obviamente: al servicio de los grandes bloques que se reparten el planeta y sus recursos. En suma: del imperialismo tal cual es.

Para no hablar de los aplausos recibidos, debo denunciar públicamente que las críticas más duras y los insultos mas soeces que me llovieron torrencialmente provinieron de las ONG y sus acólitos y NO de la Izquierda Cholula que guardó al respecto un profundísimo silencio. Este es un dato sorprendente e interesantísimo. Da para el trabajo de varios politólogos.

El chaparrón de saliva recibido exhibe y goza una descomunal soberbia. A ratos es envidiable esa “tranquila seguridad intelectual” de la que nos habla Vaz Ferreira: simple y sencilla, que cree sin la más mínima duda en los más disparatados dogmas.

Que parte de la base ciclópea de que uno a ellos no los ha leído y por eso se equivoca. De que no tiene asesores, no estudia, no “recorre el campo” o el país… En fin: de que quien no comparte sus “ideas” es, DEBE ser, un supino ignorante.

No se imaginan que ciertos viciosos, acostumbramos leer cualquier cosa y por eso no hemos omitido para nuestra desgracia el más mínimo folleto (por lo general sebáceos, erróneos y altamente contaminantes). El gran problema (para su polución) es que la gente preocupada acostumbra leer también a los otros (que ellos, por principios, no leen jamás), y entonces ahí se produce la detergente alquimia que disipa la segura, simplona y sencilla tranquilidad de los dogmáticos de todo signo.

Hubo un filósofo que dijo que un poco de filosofía es fatal: produce intolerancia y dogmatismo. A cambio: brinda un confortable blindaje de seguridad y paz interior. Ese filósofo agregaba que el problema surgía cuando se SEGUIA estudiando filosofía. Obviamente, en ese caso, se acaba toda “tranquilidad” acorazada.

Entonces, unos días después, fue cuando la tan inefable, desubicada y evidentemente previsible Greenpeace invadió Uruguay para echar luz definitiva sobre este debate.

La cetácea ONG transnacional que se opone a la energía eólica porque mata a los pajaritos de marras (lo que también es falso) y defiende a las ballenas blancas, transformó con su prepotencia primermundista (valga la redundancia) el problema: que ya no es ambiental. O lo es pero de otro modo.

Ahora el problema ambiental en Uruguay es la contaminación por Greenpeace (un lixiviado que anda necesitando planta de tratamiento).

Todo esto resultaba obvio; salvo para la Izquierda Cholula siempre deslumbrada por oropeles y abrillantamientos cascabeleros de pacotilla con la que camufla su porquería imperial un modelo que por definición es y debe ser para una minoría de la humanidad: el resto mayoritario, contaminado (a nivel terrestre y estratosférico) por esa irresponsable minoría, no DEBE darle de comer a sus hijos.

Sobre Greenpeace y su tropelía en Uruguay ya está todo mucho mejor dicho. En realidad bastaba entrar (pero imparcialmente) en Internet para saberlo.

Mientras vivamos en un país del que se va la juventud rumbo al mundo, en el que la mitad de los niños son pobres y un altísimo porcentaje indigentes, en el que un gobierno de izquierda debe seguir dando casi medio millón de platos de comida por día, y atender a núcleos familiares indigentes con menos de cincuenta euros por mes (cuando en la Pontevedra de la famosa ENCE el ingreso mínimo legal ronda los quinientos y el sindicato reclama el traslado pero no el cierre de la Planta citada y las autopistas son iluminadas en medio de la soledad campestre como para leer en ellas bajándose del auto que tiene luces, gastando en ese despilfarro alguna que otra central a carbón, contaminándonos a todos en beneficio de una empresa privada transnacional llamada Endesa que repartió en estos días, con bombos y platillos, ganancias babilónicas) será mil veces preferible abrazarse a un niño mocoso con hambre antes que a un pingüino empetrolado.

Un programa de izquierda en Europa no lo es acá: problema de GPS.

Y uno de izquierda acá, tampoco lo es en Europa: problema de giroscopio. Un programa de ayer, no es un programa de hoy: problema de reloj. Hay que estar UBICADOS en el tiempo y en el espacio. Hay que saber UBICARSE.

Por eso es dable ver aquí y allá a cierta gente mascando con soberbia sobradora supositorios importados de muy buena calidad o rancios supositorios con la fecha vencida.

Todos sabemos, al oírlos, dónde llevan metido el chupete.

 

Publicado en “La República”, escrito por Eleuterio Fernández Huidobro.

 

 

 

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