09.02.2006

Venimos a pagar una deuda: hace un tiempo dijimos que la victoria electoral del 31 de octubre era el punto culminante del proceso de acumulación ininterrumpida más largo de América Latina y que ese “relato” comenzaba a principios de la década de los sesenta.

Fue entonces que León Lev envió una carta a LA REPUBLICA sosteniendo, entre otras cosas, que dicho “relato” comenzaba a mediados de la década de los cincuenta.

Pues bien, debemos reconocer plenamente que León Lev tiene razón.

Corrigiendo y ampliando, debe decirse entonces que ese peculiar (por lo largo) proceso de acumulación tiene comienzo cuando entre otras cosas se produce la revisión del stalinismo en la URSS, el triunfo vietnamita contra Francia en Dien Bien Phu, el comienzo de la revolución argelina, la revolución boliviana, la destrucción violenta de la guatemalteca y la victoria a sangre y fuego de los gorilas argentinos sobre el peronismo, mientras está en plena marcha el proceso revolucionario venezolano y el cubano ha sufrido un duro golpe en el Moncada.

Muy concretamente, en los históricos y decisivos Congresos del PCU (1955-1958) y del PSU (1956) ambos representantes de las formaciones políticas mas grandes de la izquierda en ese momento. Como así también el Congreso, que unificando a los anarquistas, dará origen a la FAU (1956). Se producen el proceso de revisión radical en la vieja Unión Cívica, que dará origen al PDC (1962), y el proceso en el seno de la Iglesia Católica latinoamericana que tendrá repercusiones a nivel continental y nacional.

Para entender lo actual, se debe prestar especial atención a los debates tan productivos y clarividentes que en medio del inicio de la crisis económica, se dan en el seno de la izquierda uruguaya. Es el momento más fecundo y revulsivo del pensamiento y la elaboración en ella. Somos herederos de aquel instante augural. Muchos de los grandes protagonistas están hoy en el Frente Amplio y en el gobierno. La deuda contraída con esa generación es impagable. Lo básico del acertado e imprescindible instrumental teórico usado hasta nuestros días fue creado en aquellos debates por figuras como Vivian Trías, Rodney Arismendi, Gerardo Gatti, Héctor Rodríguez, por nombrar solo a cuatro de los componentes de aquella generación.

Para resumir en pocas palabras lo que allí se produce: la izquierda se nacionaliza. Rompe cadenas dogmáticas, decide pensar y lo hace con la potencia de los más grandes teóricos que hasta ahora haya tenido. Se “latinoamericaniza” como corolario forzoso, analiza a fondo la “cuestión nacional” (hasta entonces casi totalmente olvidada) y da un corte profundo con su propio pasado, que tendrá casi de inmediato consecuencias tangibles en la política de alianzas a nivel político partidario, se sale a construir Frentes de Liberación o Unidades Populares rompiendo (trabajosamente) con acendrados sectarismos. Las batallas internas fueron duras y las tendencias que se opusieron a ese viraje histórico desaparecieron del proceso.

Ello también tendrá repercusiones a nivel sindical; se entrará lentamente en el proceso de la unidad.

Los partidos tradicionales, también a golpes de la crisis, vivirán su propio y peculiar proceso con la aparición del Ruralismo, que con Nardone salda a la postre por la derecha los debates internos, rompiendo las lealtades electorales bipartidarias y dándole con sus votos mixtos y por primera vez en un siglo el triunfo al Partido Nacional también en 1958. Un cambio que para el Uruguay de aquel entonces era colosal y casi inconcebible. Muchas esperanzas, a poco defraudadas, se cifraron en él. No sin lucha, comienza, casi al iniciarse ese nuevísimo gobierno, el proceso ininterrumpido hasta hoy de desprendimientos hacia la izquierda y su nueva línea, de prestigiosos sectores de ambos viejos partidos que fueron siendo hegemonizados por las fuerzas más conservadoras, autoritarias y retrógradas a una velocidad increíble.

Es con posterioridad a estos enormes cambios en el seno de la izquierda que, debido a ellos, con militantes provenientes de casi todos los grupos existentes y que también protagonizaron aquellas discusiones, nacen otras formaciones políticas de la izquierda entre ellas el MLN (Tupamaros) que inicialmente (1962) fuera una simple coordinación de grupos políticos y sindicales, estudiantiles y obreros, cada uno con respectiva adhesión partidaria dentro de la vieja izquierda, los recientemente escindidos sectores de los partidos tradicionales, el cristianismo de base y sectores nacionalistas de izquierda sin afiliación partidaria. Coordinación concreta sin ánimo de crear algo distinto. Al fin lo hacen adoptando un nombre que incluye parte esencial de los debates anteriores: “Movimiento” y no “partido”. De “Liberación Nacional”. En aquel tiempo, y por causa de los grandes debates, nadie en la izquierda ignoraba qué se quería decir con esas palabras.

Casi al mismo tiempo (en los primeros años de la década de los sesenta) y producto del debate Chino-soviético nacen otras formaciones provenientes en este caso del viejo Partido Comunista (MIR-PCR). Pero las cuestiones teóricas que dividen o unen siguen siendo esencialmente las mismas hasta hoy.

En 1964 se logra la unidad de los trabajadores fundando la CNT, tal como estaba propuesto, y resolviendo al mismo tiempo (en aquel año) la huelga general para casos de golpes de Estado o situaciones similares. Huelga que será propuesta en 1969 y producida finalmente en 1973.

Y en 1970, luego de los fracasos electorales del 62 y el 66, del avance autoritario y liberticida, del triunfo electoral de Allende y toda la izquierda unida en Chile, se forma por fin la Fuerza Política prevista y demandada en los debates de mediados de la década de los cincuenta. Y tal como en esos debates se la concebía.

Su avance organizativo y convocador y el resultado electoral que hace “saltar” a la izquierda desde un diez por ciento histórico e inamovible a un treinta por ciento en pocos meses de desigual campaña agredida y dramatizada, junto a otros factores de igual o mayor peso tanto nacionales como internacionales, obligarán al imperialismo a cortar tajantemente los procesos (o el proceso) de avance popular en todo el Cono Sur del continente que, para sus intereses, estaba en llamas desde Perú, pasando por Bolivia, Uruguay, Argentina (con el triunfo electoral arrasador de Cámpora) y Chile. Pero lo más importante de todo, se trataba de masas organizadas y movilizadas. Chile, Argentina y Uruguay (en menor medida) mostraron ya entonces procesos electorales decisivos. Salvador Allende, héroe mundial, morirá defendiendo la institucionalidad de Chile.

El terror de Estado coordinado en la región, puso atroz paréntesis en estos procesos. Con diverso resultado para la izquierda de cada país una década después.

En Uruguay la acumulación continuó dándose en el silencio y la clandestinidad al punto que a la salida de la dictadura renacieron con su misma pujanza de siempre y mayor fuerza todavía tanto el Frente Amplio como cada uno de sus sectores componentes salvo muy raras excepciones. Sin olvidar el decisivo triunfo electoral del “NO” en el plebiscito de 1980. El resto es historia ya más conocida.

En 2004 un largo, tenaz y trabajoso camino lleno de escollos, dificultades y sacrificio colocó a la izquierda y sus aliados progresistas (previstos en la década de los cincuenta) en el gobierno. Ahora se trata de mantenerse en él, crecer aún más, y construir el poder nacional.

Conviene señalar que a lo largo de este largo proceso, las tendencias derrotadas a mediados de la década de los cincuenta intentaron varias veces volver por sus fueros y otras tantas debieron ser combatidas y derrotadas. En estos mismos días asistimos a un nuevo rebrote de aquellos vetustos, gruesos y paralizantes errores. Es por eso que en la izquierda conviene conocer bien la historia de la izquierda.

Publicado en “La República”, escrito por Eleuterio Fernández Huidobro.

 

 

 

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