14.12.2006

Recuerdo sus zapatos rotos. Un viejo anarquista que discrepó mucho con Hugo, me lo dijo una vez: “Que nadie me hable mal de él porque cuando demasiados se borraron, le vi las suelas agujereadas de tanto caminar por Buenos Aires, en horas duras, ayudando gente y asumiendo los peores riesgos sin averiguar pelaje.”

Tiempo después, en una reunión, y siendo uno de los primeros diputados que tuvo el MPP, le descubrí al profesor bancario, otra vez, los zapatos rotos.

Andaba por el fuego… O, mejor dicho, él es fuego.

Pertenecía a las fraguas y a los hornos pero siempre elegía ser leña.

Sé muy bien de qué hablo.

Cores salvó a los tupamaros cuando éramos apenas un puñado de perseguidos sin cuartel en medio de una gran derrota. Cuando no teníamos dónde refugiarnos cada noche pero llanuras de sobra donde poder matarnos.

En esas circunstancias, solos, incinerados y quemantes, conocimos de verdad a Cores.

Nos trajo, también a conocimiento palmario, la Solidaridad con mayúscula: la que se da cuando se discrepa, la que viene, o va, sin condiciones, a pérdida pura, no sólo gratuita sino también onerosa. Nos sacó de los pelos del remolino que nos tragaba sin remedio.

Tenemos, quien habla y otros, una deuda impagable con la FAU y con el PVP. Pero gran parte de ella, impaga, sin mora ni intereses, se fue por la calle Rivera el otro día con los bolsillos vacíos y los zapatos rotos a quién sabe qué otros incendios.

Porque el compañerismo cuando se está de acuerdo hasta puede ser interesado y conveniente. Esas dos malas palabras.

El dificilísimo es el otro. Y a ese país donde se comparte el pan no pasa cualquiera.

En ese país donde los compañeros y compañeras lo son, en las horas más duras, aun cuando discrepen, entran solamente algunos.

Sé que eso es muy difícil de entender por los burócratas. No lo entenderán jamás.

En aquellos tiempos que venimos recordando, pudimos también aprender cómo niegan el saludo y cierran puertas los aparentemente “mejores” y también cómo los aficionados a realizar gárgaras con la letra “R”, haciendo la última, se borran en estampida o pierden de sopetón la memoria. Desconocen y hasta muestran los dientes…

Si la muerte sorpresiva de Hugo Cores sirve para algo (la muerte no sirve para nada) es para excusa. Excusa que nos permita demostrar, en especial a la juventud de todos los gloriosos partidos de la izquierda, qué cosa es de verdad (y no de mentira): la solidaridad y el compañerismo.

Hugo se va a volver a enojar conmigo: porque yo creo, cuando lo analizo a él como a un fenómeno potente de la naturaleza, que esa virtud que pregonamos a los cuatro vientos en él, se la debió en primer lugar a su vertebración física, mental y moral personalísima; pero en segundo, a su pasaje por el anarquismo. Es una opinión, como cualquier otra.

Todo a lo largo de esa época intensa y trágica, hasta hoy, hubo entre nosotros muchas más coincidencias que discrepancias.

Pero nunca, jamás, las discrepancias afectaron al compañerismo.

Y ese éxito, que lo deben haber gozado todos en el Frente Amplio, se debe fundamentalmente a una bandera del corazón y del cerebro que ahora, sin él, debemos seguir enarbolando y defendiendo. A pesar de nuestros vicios: el compañerismo y la solidaridad se ponen a prueba cuando se discrepa. La discrepancia leal y la discusión de frente en busca del mejor camino son imprescindibles para el avance del conjunto mancomunado.

La descalificación del otro compañero, con generosos y apurados, cuanto agresivos, adjetivos, no pertenece a la izquierda. Es del fascismo. O del stalinismo, valga la redundancia.

Marcan el paso en las columnas reaccionarias aunque vengan bajo la piel de un cordero.

Forman la Quinta Columna.

Vicepresidente de la CNT, dirigió la legendaria huelga bancaria de 1969.

La mejor organizada de la historia del movimiento sindical. La que desató el más grande y mejor debate que sobre asuntos estratégicos, en horas dramáticas, haya dado la izquierda uruguaya hasta hoy.

Estuvimos juntos todos. Lo recuerdo en la clandestinidad con Héctor Rodríguez y con Sendic, con Gerardo Gatti y con León Duarte. Con muchos más. Y antes de eso, lo recuerdo esperándonos en inexploradas esquinas para llevarnos en un coche prestado, chofer de lujo, de ida y vuelta a reuniones y refugios secretos que sólo él quedó conociendo, intactos, hasta el día de hoy.

Hugo Cores fue fundador del PVP y del MPP.

En mala hora se fue del MPP con sus compañeros. En realidad los expulsaron vientos conservadores: de fanatismo sectario. Algo que nos era absolutamente ajeno en términos históricos.

Y que presenciábamos asombrados los que veníamos de otros poemas.

El MPP tiene, ahí también, una gran deuda. El otro día fue enterrado un fundador.

Algunos nos dimos cuenta.

Uno, en su al fin y al cabo, más allá de muchas trivialidades, modesta militancia, hubiera deseado que, con el debido permiso, nuestra bandera estuviera rendida, junto a las del PVP y del Frente Amplio, entre las flores de esta primavera que alborotaban el féretro que pretendió contenerlo. Pero no estaba.

En el histórico Congreso del Frente Amplio de diciembre de 2003, cuando se decidía nuestro futuro programa tanto para un año electoral definitivo como para el gobierno -si lo ganábamos-, estuvimos coincidiendo en muchas comisiones pero también frente a frente en un tema crucial: la derogación, o no, de la ley de impunidad. ¡Qué cosas tiene la vida!

Porque ninguno de los dos estaba allí por capricho sino representando a dos corrientes de pensamiento existentes sobre ese tema en un congreso de verdad.

Hubo dos discursos encendidos y, luego, una votación que en el plano personal nada importa.

Tengo una vieja bandera del MLN y una de mis hijitas en casa. Vivo a una cuadra de la calle Rivera.

El domingo pasado, a la hora señalada, me fui con ellas a la esquina para que Cores, al pasar, nos viera a los tres y, parafaseando a Juan Ramón Jiménez y su burro, al mirarnos sin lentes, se preguntara: “¿Quiénes serán aquellos tres?”. A su corazón le responderíamos como el poeta: “¿Y quiénes habríamos de ser, Hugo? ¡Nosotros!”.

Aunque parezca mentira, no tenía, ni tampoco tengo, la posibilidad de tener otro mejor homenaje que ése y que éste. Así es la vida.

Publicado en “La República”, escrito por Eleuterio Fernández Huidobro.