21.12.2006

(Este no es un espacio contratado por Ancap)

Hace ya muchos años, ESSO inventó la brasileña frase publicitaria que decía (y dice) “¡Ponga un tigre en su motor!” ¿Se acuerdan?

Pues bien: la nuestra, la uruguaya, la de Ancap, será la del título y vamos a tratar de explicarlo.

El Parlamento viene aprobando a ritmo inusitado, leyes históricas.

Muchas de ellas aprobadas por unanimidad (¡!). Otras, con las que se podrá o no estar de acuerdo, por mayoría. Pero en los dos casos hay una duda que no cabe: son históricas. Marcan un “antes” y un “después” de graves repercusiones en Uruguay.

La de los agrocombustibles líquidos, que está al salir, es un regalo de Navidad.

Por ella se ordena y regula la mezcla de biodisel y alcohol carburante de origen vegetal, con materias primas nacionales, con la nafta y el gasoil que se consume en el país tanto por vehículos como por todo otro tipo de máquinas.

Algo que debió haberse hecho hace muchísimos años. Pero nunca es tarde cuando la dicha es buena.

Su impacto en el agro, en la industria, y en la vida de la gente, es muy fácil de imaginar.

Brasil alega, con todo derecho, ser la “Arabia Saudita de la biomasa” (como fuente de energía).

Ahora, con esta ley, las uruguayas y los uruguayos comenzamos el bendito camino de sacar “nuestro petróleo” de donde hace mucho lo debíamos haber sacado: la tierra y el sudor.

Barro de tierra sudada: esa mezcla tan generosa tiene propiedades libertarias y combustibles.

La tan manida pero a veces inasible Liberación Nacional, cuando aterriza, es eso. O cosas como esas. El Uruguay Productivo, bajado a tierra, se presenta de ese modo entre otros modos semejantes.

Resucitarán chacras muertas, revivirán nidos en el campo, se fijará pueblo en la tierra, tal vez logremos vaciar algunos asentamientos y detener ciertas fatales migraciones. Ahorraremos mucho más de lo que a simple vista parece.

Y también exportaremos nuestro “petróleo” (alcoholes carburantes y biodiesel) para ávidos mercados.

Cumpliremos, al mismo tiempo, un compromiso para con la humanidad y el futuro: seremos excelentes productores de combustibles “limpios”.

¿La verdad?: un muy buen regalo de Navidad hecho con muy pocas letras. Casi sin inversión. Ojalá lo voten todos. Merece la pena.

Pero, bastando estos comentarios ramificados y generales, tan esenciales, entremos al tema puntual que nos ocupa: la consigna publicitaria del título.

Incluso mirando en estas horas varios “Pesebres”, nunca imaginé que la vaca echada y rumiante de ellos, fuera una fuente de energía. ¡Nunca!

Cuesta creerlo, y cuesta mucho que eso penetre nuestras macizas molleras. ¿Cómo puede ser que una vaca genere energía eléctrica?

Sin embargo, mis muy queridos lectores, debo confesarles que hace ya un tiempo tuve una sospecha desestabilizante.

Y, encima de la sospecha, ciertos indicios que repicaron afirmativamente sobre la sospecha: las vacas lecheras largan combustible por las tetas. ¡No se puede creer!

Pero por el camino de la sospecha, llegando al de los indicios, desembocamos en la semiplena prueba: toda vaca lechera, – ¡óigase bien! ­ mana también combustibles.

Para ser muy concretos, produce, además de la leche y sus derivados exquisitos, metanol. Un alcohol carburante indispensable para la producción de biodiesel y otras cosas y, encima, hidrógeno: el combustible del futuro.

Y, lo que es aún mejor: lo brinda en los efluentes sobrantes de su producción alimentaria: en el suero de la leche.

Cuando leyendo algunas revistas científicas nos desayunamos acerca de estas propiedades comburentes y combustibles de la vaca, bendecimos al pasto de nuestras praderas en el país de las colinas.

Las vacas uruguayas, de incuestionable origen inglés y holandés, no son vacas cualquieras. Además de darnos leches merengadas, por ser vacas tan saladas tolón tolón, le sacan petróleo al pasto y lo entregan por las ubres.

Sin exagerar puede decirse, que cada tambo del país tiene una estación de servicio en su futuro. Junto a los tachos de leche, el surtidor. Quiera Dios que no se vayan a entreverar los tachos.

Sí: el suero de la leche es una inmejorable fuente de Metanol y de Hidrógeno y ya en varios países y universidades se le vienen estudiando (a la vaca) esas costumbres.

Pero, aún así, en esa pista de descubrimientos, pronto supimos que éramos muy ignorantes. Las vacas habían tirado el “chico” lejos.

Tacuarembó es mágico. Allí suceden, incluso sin que baje un OVNI, maravillas. Veamos:

Nació Gardel.

Está la Estancia de Artigas.

Tienen un Hospital Público que pertenece al Futuro (no existe) o, más ramplonamente, a cualquier país del llamado Primer Mundo. Demostrando que con los recursos públicos podemos ser alemanes pero sólo en Tacuarembó.

Y ahora tienen una empresa productura de biodiesel llamada MASOIL.

Hace ya como dos o tres años, esos tacuaremboenses, viendo el precio de los barriles de petróleo y entrando en Internet, decidieron construir nada menos que una Planta Industrial para producir biodiesel.

Pero, audacia propia de “canarios”, decidieron al mismo tiempo hacerla en la ciudad de Tacuarembó. Con los talleres disponibles en ella.

Este relato de realismo fantástico pertenece a la estirpe literaria del Macondo del colombiano García Márquez: todo el pueblo estuvo pendiente de aquellas calderas y tuberías producidas “en casa”, esperando ansiosamente que explotaran el día de su inauguración.

Sin embargo, aquélla maquinaria industrial producida en Tacuarembó con manos uruguayas, funcionó a las mil maravillas y entró a verter, como las vacas, biodiesel de la mejor y más pura calidad. ¡Gran desilusión en este país de melancólicos tangos! ¡No se pudo bailar la Danza de Zorba el Griego en medio del desastre esperado!

De eso hace un año y medio.

Pero entonces se puso la expectativa en esperar ver cómo reventaban los motores de la flota de camiones y otros usuarios del citado biodiesel.

Tampoco pasó nada y lo “peor” fue que esos vehículos anduvieron mejor que los otros. Se rompieron menos.

Usan biodiesel de la planta tacuaremboense al 100%.

Producido en base al sebo vacuno y ovino del Frigorífico Tacuarembó.

Queridos lectores y lectoras: una vaca da unos quince quilos de sebo que por lo general se exporta (de mala calidad porque hay otros quilos de buena calidad que van con destino al consumo humano en especial a la repostería).

Cada quilo equivale a un litro de excelente biodiesel.

Cada vaca, entonces, produce quince litros del mejor combustible. Estamos faenando alrededor de cincuenta mil novillos por semana, unos doscientos mil por mes. A quince litros de biodiesel por barba, son tres millones de litros por mes, treinta y seis por año: más o menos un cinco por ciento del consumo de gasoil anual de Uruguay.

No tenemos ahora las cifras a mano pero sí suficiente cantidad de ingenieros lectores: nos animamos a decir que varias centrales térmicas de UTE, que hoy “nos pasan por el carburador” cada vez que las encendemos, chupando barriles de petróleo extranjeros, pueden, perfectamente, andar “a vaca”. (¿Se imaginan a “La Tablada” volviendo a mugir?).

Para no hablar de las fuentes vegetales de biodiesel. Ni del sebo de las ovejas que lo dejamos de “yapa”.

Creemos haber explicado la consigna del título: sin exagerar podemos decir que muy pronto, apenas se apruebe la Ley en estos días, Uruguay, por fin, sabrá poner en cada motor, una vaca.

Publicado en “La República”, escrito por Eleuterio Fernández Huidobro.