03.05.2007

Nada; ni un paso de mediana importancia puede darse en la vida política cotidiana si no se tiene claro el rumbo. Y de nada vale que cada uno pueda creer tenerlo claro: lo que importa es saber si estamos de acuerdo o no.

Porque han prostituido tanto la palabra “socialismo” que, como muchísimas que corrieran igual suerte, al final nadie sabe qué se quiere decir desde que con ella se dicen cosas diametralmente opuestas.

Entonces, más allá de tenerlo claro personalmente, importa saber si lo tenemos colectivamente por lo menos entre quienes pretendemos trabajar juntos en el obraje político y social.

No se trata de una discusión lunáticamente teórica y, tampoco, acerca de utopías vaporosas. Ya veremos que, marcando el rumbo, dirige nuestros pasos día a día (o debiera dirigir los de quienes queremos ir pero sabiendo adónde). Constituye la piedra fundamental de una “Nueva Estrategia”.

Este debate adolece de un grandísimo escollo previo.

Antes de entrar en él (y para poder entrar en él) debe sortearse el vallado (a veces corral de ramas) de quienes con todo derecho, pero profundamente equivocados, entienden que no se debe discutir porque no hay nada para discutir ya que tienen todo claro. O creen tenerlo.

Algunos, por suerte pocos, incluso llegan a la defensa púgil porque creen que todo debate al respecto es una traición o algo muy parecido.

Hemos dicho entonces dos cosas: primero la importancia de este debate para el futuro pero especialmente para el presente.

Segundo, que es legítima la postura, equivocada o no, de quienes entienden que el debate no es necesario; el grave problema, en este último caso, se presenta cuando ello se da en el seno de una organización social o política que, si lo es, se expresa por la acción. Porque si unos quieren discutir y otros no, se genera una situación “perversa” en la que a la postre, por tener rumbos distintos, cada cual hace lo que le parece.

El patético caso de los “pugilistas” es obviamente descartable.

Salvado más o menos el escollo, por lo menos en el papel de este periódico, entremos al tema.

El jueves pasado, en su polémica con Niko Schvarz, Esteban Valenti definía el socialismo por la negativa: “No tengo la menor idea de cómo será el socialismo del siglo XXI. Lo que tengo claro es como NO será” (revista “BITACORA” de ese día, página 3).

Aunque “definir” por la negativa no es definir, debemos reconocer que algo es algo y además que puede ser muy importante.

Por ejemplo: cuando olvidamos un nombre, siempre “sabemos” cuál NO es. Tenemos, para eso y muchas otras cosas, mejor memoria para el “NO” que para el “SI” (esto nos debe haber sido implantado para evitar accidentes graves).

De modo entonces que, si bien no se define nada por la negativa, se avanza mucho sabiendo qué contenidos no debe ni puede tener el concepto a definir.

Vamos a intentar, por lo tanto, temerariamente, aportar algunos componentes positivos que lo integran pero antes debemos hacer dos aclaraciones esenciales previas:

Toda idea de socialismo debe ser a nuestro juicio revisable. Taxativamente revisable. Obligatoriamente revisable. Revisable aunque no sea necesario: por norma. Demasiado caro costó el dogmatismo.

La segunda aclaración es que en esta materia el único y sacramental criterio de la verdad es el bienestar de la gente. Cualquier otra vara de medir es falsa y peligrosa. Si pasado un tiempo razonable los pueblos viven peor, o no viven mejor, se habrá fracasado y estará sonando la hora de meter violín en bolsa.

El socialismo será nacional por su forma pero internacional por sus contenidos y por ende como “NO será el socialismo de los centros y de los modelos únicos que encandilan con su resplandor” (Valenti) debo hablar del nuestro; el uruguayo; el de aquí.

En primerísimo lugar, el socialismo debe ser una apoteosis de la libertad. Liberador y libertario en el plano individual y en el plano social.

Tanto que, además de liberar de la explotación y la opresión en todas sus formas a la inmensa mayoría, también libertará a los burgueses y demás opresores de su alienación.

Porque debe quedar muy claro que la Revolución que venimos a proponer será eso: una Revolución; de ningún modo una Sanción a los burgueses. Quien eso quiera, que vaya a la comisaría más próxima o al Juzgado de Turno.

Se trata de algo muy serio: una propuesta y conquista para toda la sociedad y de toda la sociedad.

Libertad en el plano de la organización social y en el de la política. Por lo tanto en el Derecho. Será entonces defensor de las libertades y por ende plural y pluralista. Profundamente democrático.

Defensor de la convivencia pacífica interna y externa y de la paz, será pacifista.

El Estado en el socialismo será todo lo más pequeñito y descentralizado posible tendiendo a su disolución como lo que es y por lo que es: un mal menor (debido a nuestra propia incapacidad) que aceptamos a regañadientes para que no produzcamos daños mayores con nuestras por ahora y quién sabe por cuánto tiempo más, bestialidades esporádicas o permanentes.

Nos encadenamos hasta tanto obtengamos uso de razón unilateral: exclusivamente para el bien.

La descentralización será también una de las mayores garantías de la libertad y la democracia. Cuanta mas corta y asidua sea la distancia entre los que tienen algún poder y quienes se lo han conferido, tanto mejor.

Las sociedades anónimas, especialmente cuando los anónimos son los gobernantes, matan la libertad y generan parásitos que pronto se transforman en burócratas y que al final toman el poder. De ser posible, los gobernados deben conocer personalmente, y mucho, a sus representantes. No se descubrió hasta la fecha mejor antídoto contra la burocracia que la libertad. Ni mejor vacuna que la descentralización. Aun así estamos ante una plaga tan temible en el capitalismo como en las heroicas experiencias revolucionarias que intentaron ir al socialismo. Estas fueron derrotadas por la burocracia armada con sellos (muchas veces de abundante pólvora).

Esa peste universal ha producido una imponente cantidad de reglamentos, códigos, normas, semáforos, reglas, multas, recargos, leyes, dictámenes, pasaportes, certificados, patentes, resoluciones, decretos, manuales, disposiciones y para todo ello y mucho más, una muy elaborada ideología; y una cultura. Hasta una propuesta “civilizatoria” uno de cuyos pilares fue y es afirmar que “la panacea es el Estado”. Un credo en cuyo frontispicio, en vez de “laissez faire, laissez passer” como dijo un francés, reza “laissez no faire, laissez no passer”, reforzado en su Código Penal con el: “prohibido hacer, prohibido pasar” y en su Derecho laboral con el “yo hago como que te pago y vos hacés como que trabajás” (como dijo un ruso).

La idea de Revolución Socialista consiste en esos casos y entre otras brevedades en pasar a ser todos, alegremente y en masa, empleados del Estado. El “socialismo” una gigantesca oficina pública que incluso, por la planificación central, será para colmo una SOLA oficina pública manejada por el Secretario General munido del as de bastos (palo que será “triunfo”) y espesas arboledas para sellos. Por eso el único antibiótico conocido a la fecha contra esa mala idea (también indegollable) y la plaga infinita de burócratas que genera fatalmente es la libertad. No conocemos otros pero estamos dispuestos a oír ofertas (gases paralizantes, venenos, glifosatos, lo que sea, con tal de que esta peste pare).

Esa pésima idea conduce inexorablemente al capitalismo pasando antes por una etapa (a veces muy larga) en la que chupa sangre de todo lo que se mueva. Imparcialmente.

Ocasionalmente incluso es peor: retrocede al feudalismo y aun al esclavismo.

En todo caso la explotación del hombre por el hombre no sólo queda garantizada sino auspiciada y agravada. Es como alguien dijo: el camino más largo al capitalismo. Y tortuoso, debió agregar. (Continuaremos).

Publicado en “La República”, escrito por Eleuterio Fernández Huidobro.