10.05.2007

Antes de continuar nuestros apuntes sobre el socialismo comenzados la semana pasada, debemos definir qué entendemos por “burócrata” y “burocracia”.

Burócrata es a nuestros efectos todo aquel que valiéndose de un cargo cualquiera (incluso muy menor), administrativo o no, pero generalmente administrativo, estatal, social (partido, sindicato, gremio, club, cooperativa, mutualista…) o privado, usurpa la autoridad natural o legítima.

“Natural” cuando proviene de los méritos, el trabajo, los conocimientos, el talento y las virtudes… “Legítima” cuando emerge de la democracia, los acuerdos aprobados libremente, los deberes o derechos legales de cualquier especie exigidos u otorgados por los pueblos.

Subrepticiamente (al principio) rompe ese “orden” (es subversivo); y en nombre del “orden” construye muy pacientemente un desorden engañoso pero convincente; nos acostumbra en masa a ello; trata de seducir a quien tiene la autoridad, adormecerlo y lograr que abdique sin darse cuenta (le hace creer que sigue mandando); destruye lo que compita con él; lo que no entienda (por lo general entiende muy poco); y por las dudas, todo lo que se mueva; en la enorme mayoría de los casos no le interesa ocupar el poder sino controlarlo solapadamente; por regla general no resuelve nada: lo manda “para arriba”; crea artificiosamente (con densa literatura) la necesidad imprescindible de su cargo y de él en ese cargo; si no existe, lo inventa; inventa infinitos cargos; en eso es insuperable; conoce al dedillo los pasillos y reglamentos que él mismo fabrica ininterrumpidamente lo más complejos, laberínticos e ininteligibles que le sea posible, como campos minados de los que sólo él tiene mapa; fomenta, apoya, defiende y crea también ininterrumpidamente, miríada de organismos colectivos y comisiones para diluir en ellos la responsabilidad de los desastres obviamente ocasionados. Según él, la Mona Lisa o el Guernika no debieron haber sido hechos por una sola persona sino por sendas comisiones de pintores y por consenso: única forma que tiene para ocupar un cargo de pintor, tener derecho a veto y ser valorado como un genio (por la en todo similar comisión de críticos de arte y así sucesivamente). Si resulta el mamarracho previsible, no se sabe quién fue el responsable. El negocio es redondo. El número al que apuesta siempre va a salir.

Burócrata es el que pudiendo producir no produce; el que sabiendo y pudiendo hacer bien su trabajo no lo hace; el que entorpece o impide que otros puedan hacer lo que él no hace; el que persigue, sanciona y reprime a los creadores e innovadores.

Burócrata es el que contaminando el fuego se aprovecha de la solidaridad, el trabajo, los sacrificios, el altruismo y hasta de la sangre ajena.

Como puede verse es, por definición, mediocre. La mediocridad es su condición forzosamente necesaria por la sencilla razón de que quien no es mediocre, no necesita ser burócrata y, además, se aburriría atrozmente siéndolo: no hay vida más gris, obtusa y mezquina. Por ello aquél y ése son su color y ángulo preferidos. Ni agudo ni recto; ni blanco ni negro, mucho menos azul, rojo o amarillo sino todo lo contrario.

Burócrata es, por fin, un largo etcétera que sociólogos mucho más dotados que nosotros sabrán definir científicamente mejor. Pero como al pan, pan y al vino, vino, creemos que la cosa quedó como para entendernos.

La burocracia es el conjunto sutilmente mancomunado, cómplice, coordinado y militante de los burócratas. Ha llegado y llega a cumbres insuperables en tan espesa materia tanto en las experiencias socialistas como en las capitalistas, en las políticas como en las sociales y en las nacionales como en las internacionales.

Es “igualitarista”. El “igualitarismo” es una ideología de la burocracia que no está referida a la Ley sino a la ganancia: que todos ganen lo mismo. A lo sumo protuberancia gris, odia las montañas y ama la tabla rasa y demás estepas. La trampa es obvia: no les interesa ganar salarios, sueldos o cualquier otra cosa trabajando. Eso no tiene gracia: quieren hacerlo sin trabajar. Entonces exigen que a todos, o sea a ellos, se les pague lo mismo. Lo mismo al parásito que al trabajador.

De ese modo “lograron” y logran la gran injusticia percibible universalmente y tan denunciada por Discépolo: da lo mismo trabajar que no. Son el tango “Cambalache” de punta a punta.

En sociedades donde reina la escasez, la primera solidaridad es el trabajo. Y el trabajo tal como la vieja frase lo propuso: “A cada cuál exigirle según su capacidad”. Porque ese es, no hay otro, el único camino para romper las cadenas de la miseria material. Y por lo tanto, “a cada cuál remunerarlo según su trabajo”.

A todas aquellas estafas, los burócratas, a veces, las llaman “socialismo”. Trampean el dato de que el socialismo no será una sociedad igualitaria sino equitativa desde que exigirá de cada cuál según su capacidad y retribuirá a cada cuál según su trabajo.

Como se ve: algo nada igualitario tanto en la exigencia como en el reparto. Es más: en esa tesis fundacional, el “colectivo” se supedita al individuo ya que por ella todos le debemos a uno aunque cada uno debe lo que puede. Y todos le debemos pagar a uno según lo que le debemos, por lo que cada uno tiene derecho a reclamar lo que todos le deben.

Es entonces obvio que el socialismo necesita mercado. Sobre ello volveremos más adelante pero debe quedar claro que no subsidia atorrantes ni estupideces. Pero como el trabajo no es solamente medible por la cantidad sino también por la calidad y como bajo ningún concepto eso lo puede decidir un burócrata y menos un comité de burócratas (o sea un burócrata a la enésima potencia), el mercado es imprescindible.

Por otra parte, la otra famosa frase, la referida a la sociedad comunista, tampoco es igualitaria desde que exige según capacidades y reparte según necesidades, que como es lógico son esencialmente diferentes e ineludiblemente individuales.

Se trata del reconocimiento supremo de los derechos individuales basado, para ese caso, en la abundancia. En el comunismo según la vieja tesis, se disuelve el Estado y la “necesidad” de cada uno la propone cada uno; y todos se la satisfacen.

Queda claro entonces que en el socialismo los parásitos podrán no trabajar pero cobrarán muy poco o nada, mientras que en el comunismo cobrarán lo que necesiten pero deberán trabajar todo lo que puedan.

La conocida frase de que el que no trabaja no come es odiada por los burócratas cuando son descubiertos.

Es una clase dominante y explotadora.

Llegó hace mucho la hora de tomarla muy en serio, ponerle pantalones largos y, de una buena vez por todas, reconocerle esa categoría.

Sabemos que ella no encaja en las tradicionales y clásicas que la ciencia correspondiente determinó para estos casos. Sabemos que no la inscriben, como tal, en los entresijos de la producción o, mejor, de “las relaciones sociales de producción” (entre otras cosas porque no produce ni quiere producir absolutamente nada). Sabemos también que hubo y hay inmensos sociólogos que de ella ya han hablado y hablan largamente.

Clase dominante y explotadora, oprime, reprime, obstruye y destruye el desarrollo de las fuerzas productivas por lo que viene a formar parte de las relaciones sociales de antiproducción. Sospechamos que es el Anticristo…

Tal vez exageremos (en estos casos es bueno exagerar por las dudas) pero parece ser la peor de todas las clases dominantes conocidas. Estamos quemados por el zapallo: a los socialistas la burocracia nos hizo estragos como nadie ni nada; como a nadie ni a nada y, hasta ahora, la burocracia unida jamás ha sido vencida.

Publicado en “La República”, escrito por Eleuterio Fernández Huidobro.