15.05.2007

Era un grupo grande de presos jóvenes que decidió hacer un túnel para escaparse del Penal de Punta Carretas. De adentro para afuera.

Disponíamos de dos ingenieros entre rejas: uno de la UTE y otro de la construcción (aunque este último siempre decía que en su vida profesional cuando necesitaba un ingeniero consultaba); había también un investigador del Clemente Estable pero desgraciadamente especializado en biología molecular y, luego, unos cuantos estudiantes universitarios aventajados.

De entre ellos, para el subsuelo, y más concretamente para un túnel, lo más aproximado al tema eran dos o tres estudiantes de agronomía. Como se ve, adolecíamos de las malformaciones propias del país. Las mismas de ayer y de hoy (debe ser por eso que Montevideo no tiene el Metro que hay en todas las ciudades).

Consultamos con la premura del caso, e inquisitorialmente, a los agrónomos . Entre ellos uno, sanducero de hablar pausado (sustituyente de las s por las z ) que, en nombre de la mismísima Universidad de la República, nos comunicó que en Uruguay no zólo no había geólogoz zino que ni ziquiera ezistía eza carrera agregando como atenuante y para nuestra información, que el único conozido a la fecha (1971) era un tal Jorge Bozi, rezibido en Franzia y de paradero dezconozido.

Tiempo después y ya en plena obra, cuando topamos con la piedra maciza sin poder avanzar debido a ella, se trajeron del túnel muestras desesperadas que pusimos empecinadamente en las manos de aquellos futuros ingenieros agrónomos: – ¿Qué es esto? preguntamos como hasta echándoles la culpa.

El canario la miró fijamente, la palpó, y contestó otra vez en nombre de la Universidad de la República:

– Una bruta piedra.

Jorge Bossi pasó a ser desde aquel entonces personaje de leyenda. Protagonista de cuentos carceleros en reiteradas cárceles del mundo, lugares clandestinos, encuentros fraternales y mostrador de boliches

Lo que no imaginábamos entonces ni aún después de leerle los libros posteriores, es que el ahora veterano geólogo, maestro de tantos ingenieros agrónomos, seguiría siendo, a sus setenta y tres años, un personaje de leyenda. Porque desde hace poco, al fin, existe la carrera de geólogo en Uruguay y porque al fin de cuentas en este país de graves malformaciones, los geólogos y la geología son de leyenda.

En realidad, porque el subsuelo uruguayo abandonado y baldío, es imaginario. Resulta sospechada con semi plena prueba su culpable existencia debido a que forzosamente debe haber algo soportando el piso, que nos permite caminar sin caer en el magma y fritarnos en las antípodas.

Y porque, digamos la verdad con la mano en el corazón: ¡Hay que ser geólogo en Uruguay! Las madres y los padres, las tías, los abuelos y las amigas, son de prever ante la muchacha: – ¿Vos estás loca?: ¡Te vas a morir de hambre! Y, efectivamente, es muy probable que, si no emigra, la geóloga ya recibida vegetará de lo que le pague alguna oficina pública.

Habría que hacerle a ese reducido grupo de pioneros un homenaje con Jorge Bossi al frente, porque Uruguay que pide a gritos el auxilio urgente de ser productivo, necesita ineludiblemente para ello, multitud de geólogas y geólogos que lo arropen y cuiden. Que lo visiten y conozcan en nombre de todos sus habitantes.

Pues bien: hace poco, disfrutamos el privilegio de conocer personalmente a la leyenda y con ella, de su mano, entrar otra vez por un túnel hondo en el Uruguay profundo. Un Uruguay casi repudiado; abandonado por sus hijos; que se cansó de ofrecernos sus riquezas y esperar en vano. Que no puede entender nuestra pobreza.

Y hablamos, y vimos, muchísimos tesoros reservados y escondidos reposando en el cofre patrimonial de nuestro subsuelo.

Entre ellos y a simple vista, las zeolitas que desde abajo afloran a cielo abierto ofreciéndose a la vera de las grandes carreteras o en las barrancas de nuestros ríos y arroyos.

Hace mucho que las vio el geólogo legendario, hace mucho también que dio el aviso e indicó para qué concretamente las podemos usar y cuánto las estamos necesitando. Pero hay libros y otras cosas que los uruguayos no acostumbramos leer. Y ojos que no ven porque no quieren ver. Nuestra vida escapa mientras la ocupamos con largas vaciedades.

O nos mudamos decididamente para el barrio de la ciencia, o nos come, de postre, el Carlanco (ser multinacional que se alimenta de quienes rifan el futuro).