26.06.2007

De ser posible, los gobiernos deben tener apoyo parlamentario. A su vez, los parlamentarios del gobierno deben apoyarlo. Ambas tapas del libro se han venido cumpliendo.

Pero de un tiempo a esta parte crece una muy original cuanto extravagante “idea”, tan salvajemente unitaria como Bartolomé Mitre, con visos de ideología, según la que los legisladores del partido de gobierno deben limitarse a ser sumisos votantes de lo que venga del Poder Ejecutivo.

Idea centralista, antifederal, y colorada, como pocas.

Pueden dichos amortizados parlamentarios y en el mejor de los casos, legislar sobre asuntos de poca importancia que, además, no interesen al Gobierno.

La función de control sobre el Poder Ejecutivo queda de acuerdo a dicha “tesis” restringida a los diputados y senadores de la Oposición (mientras resten algunos).

La de investigación e iniciativa sobre asuntos de interés nacional tampoco puede hacerse en este caso por nadie (ya que todo rubro debe caer forzosamente en alguna órbita ministerial o afín y en ellas la Oposición tampoco gravita).

De acuerdo a tan peculiar e imaginativa enmienda constitucional de pestilente tufo estalinista, por la vía de las costumbres (como en Inglaterra), y a tan creativa cuanto magisterial corrección de los deberes que hiciera Montesquieu (quien fue meritorio pero debe seguir esforzándose), los uruguayos, si no atajamos a tiempo, estamos por ligar y a la vez parir, una nueva revolución francesa genéticamente jodida.

De tal modo podría llegarse a que la Mayoría del Poder Legislativo vote por Internet desde cualquier Servidor del planeta: lo sublime en materia de Gobierno Electrónico.

O por SMS, mensaje de voz, fax, e-mail, o correo, incluido DHL, munidos de los correspondientes certificados. Quedaría ocioso el Palacio Legislativo ya que también sus funcionarios podrían trabajar por Internet.

En realidad ambas Cámaras podrían ser apenas Museo y teleplateas para la transmisión del mando y demás protocolos cada cinco años a cargo del Batallón Florida (que atendería a la Oposición) por intermedio del Ministerio de Defensa.

No sería necesario ya rezongar a ningún Senador ni Diputado oficialistas (a los de la Oposición no se los puede rezongar sin permiso de la OEA) y menos por TV (salvo que no conecten su ADSL para recibir las órdenes).

Obviamente que para perpetrar este esperpento maravilloso, es imprescindible que en el Consejo de Ministros, con más el Presidente de la República, estén todos los Jefes de la citada fuerza de gobierno con lo que se debería, y urgentemente, dársele un Ministerio (o crearle uno) a Rafael Michelini ya que, en caso contrario y por lógica pura, podría ser, efectivamente, Senador de la República en la “vieja” acepción de la mera palabra. Recuperaría la libertad de pleno derecho Sería un liberto como Ansina.

Lo mismo debería hacerse con cada nuevo grupo político que ingrese (por ejemplo Vidalín) o se escinda dando origen a uno nuevo (como suele suceder en la izquierda, el centro y la derecha uruguayas a toda velocidad).

Salvo entonces que el Consejo de Ministros necesite el Platense para poder reunirse en pleno, debería restringirse a un solo Ministro por barba y, para el caso de los grupos menores a un Ministerio compartido en ocho o nueve octavos o novenos o, como ha sucedido ya en la Mesa Política, rotativo como la Calesita y el Tren Fantasma.

Hay que pensarlo porque ello ahorraría la necesidad de la ya citada Mesa Política, los Plenarios, el Congreso, las Comisiones, las reuniones de Bancada, las opiniones (sólo eso) de los Intendentes del Partido de Gobierno, y hasta incluso la simple existencia de los grupos o partidos políticos. Ni qué hablar el trabajo social de todo tipo ¿Para qué? Con los Jefes (en ese caso designados por cinco empresas encuestadoras cada seis meses tipo final por penales) bastaría.

Tal vez baste con la opinión colegiada de la prensa. Incluso capaz que sólo con la de Búsqueda (por lo menos para la derecha)

Ahí está: el Círculo de la Prensa o A.P.U (otro lío) emitirían cada seis meses un “bono certificado” (como Astori), una especie de crédito público político, estableciendo quiénes son los Jefes con lo que el Consejo de Ministros quedaría definido por ellos al barrer y el Presidente, entonces, sólo tendría como tarea repartir las camisetas (tipo “Maestro” Tabárez).

Ningún Presidente de la República podría, salvo desastre, no tener a los Jefes en pleno y masa en el Consejo de Ministros. Por definición. Con lo que hasta él resultaría ocioso.

Y, obviamente, obviedad de toda obviedad, el Partido o Grupo Político del Presidente no podría, salvo crasa contradicción y ataque al mismísimo axioma de existencia de la reseñada idea (o ideología), tener la más mínima discrepancia parlamentaria. Ni tan siquiera por treinta sobre seis mil.

El otro gran problema, este sí gigantesco, se presentaría cuando algún Gran Jefe, por ejemplo en el año 2010, cuando deje de ser lo que hoy es, permitiera que la gente lo proponga como futuro Intendente en algún Departamento o como Presidente de la Mesa Política.

O, simplemente, como hiciera Héctor Rodríguez, empezara a militar en un raso Comité de Base. Y a opinar desde él y en él acerca del Gobierno… Como cualquier hijo de vecino.