29.01.2008

No vacilo en citar la autoridad humorística de Alejandro Dolina para incursionar en algunos problemas actuales de la izquierda uruguaya.

Hace poco informó que en su ya legendario barrio bonaerense se fundó un cabaret único en su género, que terminó siendo la gran innovación exitosa en ese giro.
Se trató del primero en el mundo dotado con mujeres difíciles.

Bastó con esa característica para que clientes muy sofisticados concurrieran asiduamente y en masa. Fue un formidable negocio inmediato y un fiasco a mediano plazo.

A diferencia (crucial) con los de rutina, en éste las mujeres eran y son inabordables.

Blindadas con ropa y remilgos hay que seducirlas tenazmente, a lo largo de varias semanas, incluso meses, para que por fin, alguna vez, acepten remotas proposiciones deshonestas o en su defecto ciertos noviazgos y hasta incluso propuestas matrimoniales con escribano y todo.

Con Tabaré Vázquez pasó lo mismo: retrechero, lejano, indiferente, a la postre dijo “no”.

En verdad, la tentación era mucha: para ganar tuvo que hacerlo varias veces y, por fin, con el cincuenta por ciento más uno de los votos emitidos (incluídos los anulados y “en blanco”).

Una portentosa cumbre electoral que sobraba para, de paso, cambiar la Constitución. Ese cambio conseguible fue “regalado”, como de yapa también, cuando por fin les ganamos.

Pero ya que mencionamos a uno, conviene informar de otro cabaret (también muy posible) que está en las antípodas:

Cuenta un cuento proverbial del viejo mundo soviético, que cierta vez Gorbachov, para avanzar hacia el capitalismo socialdemócrata, ordenó abrir cabarets en Moscú.

Los autorizó en el mejor sitio: la Plaza Roja.

Los llenó con las mejores y más clásicas bebidas mundiales. Importó “disck jockeys” del mayor prestigio internacional y babilónicas Bandas de Rock del mismísimo nivel para que actuaran en vivo

Todo fue perfecto (hasta los fuegos artificiales), salvo que la dotación estatal de mujeres venía obligatoriamente compuesta por las mejores militantes comunistas de los últimos cuarenta años.

Fue un fracaso estrepitoso pero bien bebido: ni los rusos, encima borrachos, se animaron a intentar lances.

Y eso que había entre ellos veteranos de guerra que asaltaron a bayoneta calada y rompieron alegremente, también ebrios, las blindadas y ametralladoras trincheras nazis.

 

 

 

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