04.02.2008

Lamentablemente, los accidentes de tránsito en calles y rutas uruguayas siguen arrojando espantosas noticias.

A pesar de que ya nos hemos referido a ello tratando de señalar causas profundas del problema, hoy queremos aportar simplemente algunos ejemplos que sirvan para reconocer otra de esas causas.

1.- La Rambla desde el Parque Roosevelt hasta El Pinar está llena de grandes carteles redondos que exigen una velocidad máxima de sesenta quilómetros por hora en todo su recorrido.

Este mes de enero lo hemos tenido que hacer varias veces.

Salvo rarísimas excepciones (dignas de aplauso), todos los vehículos pasaron de largo el “cuentaquilómetros” del nuestro (“clavado” en esos 60) dejándolo atrás como a poste ridículo.

Pero lo peor no es eso sino sus forzosas consecuencias: si tan sólo uno cumple con la norma, se transforma en un “tapón” ante la ansiedad de todos los que vienen atrás y por ende da lugar a peligrosísimas maniobras para sobrepasarlo, a bocinazos insistentes, y a grandes puteadas que en nuestro caso agregaban un ¡”Viejo de mierda!” (exclamación de sujeto irrefutable y predicado inadmisible y más aún en coches con ostentosos logos frenteamplistas). De noche la misma cosa con el agregado de apremiantes señales con las luces largas da terror y ganas de ponerse también a cien por hora huyendo hacia adelante, o esperar en algún bosque hasta la madrugada.

En suma y en esa materia, en Uruguay el que cumple es un enemigo público. Ya no tan sólo un gil como en los viejos tangos.

La mayoría de esos bólidos llevaban a bordo familias enteras

2.- En la misma ruta: saliendo de Montevideo pudimos observar cierta mañana que los que venían (en caravana) en sentido contrario nos hacían insistentes señales con las luces largas a pesar del pleno sol.

Pensamos traer algún problema en el tren delantero y en la primera salida lateral nos detuvimos para revisar el rodado sin encontrarle falla. Al reiniciar la marcha volvieron las señales hasta que por fin, apenas después del Parque Roosevelt, vimos a los emboscados Inspectores de Tránsito con los odiados radares Por eso nadie nos tocaba bocina ni nos puteaba. Los orientales somos contraventores muy solidarios.

3.- En ese pésimo ambiente también pudimos observar asiduamente la infaltable presencia de suicidas peatones, en especial mujeres, haciendo “aerobismo” sobre la calzada, en el mismo sentido del tránsito, con los auriculares puestos y las dos manos cerradas sobre el pecho en caminatas encomiables para adelgazar y poder subir así rápidamente, bienaventurados, presentables y sanitos, ante Dios. ¿Cómo no perciben el peligro?

4.- Por una de las principales entradas desde Marindia, entró como loco en la Interbalnearia un auto ante el ómnibus que a noventa por hora se le venía encima. Hizo sonar las cubiertas al doblar como en una pista de carreras.

Los cercanos semáforos de Salinas, ultra poblados por los cuatro costados, le hicieron amainar la marcha y cuando todos en el bus aprontábamos la garganta para referirnos a su madre, el auto, con la luz roja en su contra y un torrente de autos también en su contra, dobló a la izquierda y haciendo una “U” asesina volvió a Marindia a toda velocidad entre frenéticas frenadas y algún derrape de los demás que sencillamente, quedamos en esa esquina, sin aliento. Con la boca abierta.

5.- Hace poquitos días vino alegremente un auto por Bernardina Fragoso de Rivera en perfecta contramano y de ese modo cruzó Rivera raudamente rumbo al sur, perfeccionando aún más su acción ya que luego de cruzar y siguiendo a contramano, se puso a transitar por la izquierda en una contravención al cuadrado (debía ser Neozelandés) ocasionando, como cualquiera podrá imaginar, el pánico de la nutrida cantidad de vehículos que debieron hacer maravillas ante lo inesperado y lo inimaginable. Sin embargo, a pesar de las bocinas protestantes, el citado conductor siguió, tan campante, ajeno a todo, como vino, por la bajada hacia la Rambla

Con estos ejemplos creemos que alcanza para percibir que algo grave nos está pasando y esa “enfermedad” es también causa, tal vez decisiva, de la tragedia.

 

 

 

Anuncios