27.05.2008

Creemos que los incidentes de ya mediana data y pública notoriedad referidos a la habilitación, o no, para el ejercicio de la medicina a los oftalmólogos cubanos han dejado en evidencia un gran vacío legal y la sospecha de un equívoco.

Vacío legal porque no queda claro quién habilita y cómo.

Sospecha de equívoco porque a partir del sentido común parecería claro que una entidad de enseñanza (Facultad de Cualquier Cosa) puede emitir certificados acreditando que una persona ha recibido los cursos y ha pasado con éxito los exámenes específicos… Pero nada más.

Habilitar a dicha persona para el ejercicio de la profesión parecería ser harina de otro costal: eminentemente político en el sentido de pertenecer a las autoridades correspondientes de cada rama de la actividad.

Una Academia de Choferes puede emitir un certificado de cursos recibidos y exámenes exitosos pero cada Intendencia puede reservarse el derecho de verificar cuidadosamente si la persona sabe manejar o no y, lo más importante: sólo ella otorgará la “libreta de chofer”.

Además, y sea cual sea la habilitación, en caso de delito o fracaso estrepitoso (una espirometría), será quitada por más Diplomas que haya colgado en la pared de su “consultorio” ese conductor. ¿O no es así?

En un mundo y un país donde proliferan las universidades públicas y privadas, los cursos de especialización más variopintos, incluso por Internet (y de las Universidades más “famosas”), parece muy dudoso seguir sosteniendo cosas de principios del siglo pasado. Ninguna Universidad pública ni privada, nacional o internacional, puede alegar hoy ante nada ni nadie tener el monopolio de las “habilitaciones”.

Tenemos entendido que, por ejemplo y nada menos que en Uruguay, ningún abogado o escribano pueden ejercer simplemente con el Diploma universitario que, repetimos, a los efectos legales solo acredita cursos recibidos y exámenes sufridos.

Hubo en Uruguay un gran lío al respecto: se produjo (¿cuándo no?) en la máxima expresión concreta y tangible de nuestra expresión cultural más conocida universalmente: el fútbol. Todos recordarán los altercados acerca de quién puede, o no, ser Director Técnico o Entrenador, a partir de ciertas normas administrativas que atañen a lo que venimos tratando.

Uruguay, por ejemplo, parecería encaminarse hacia la energía atómica. Si mañana decidimos construir una Central de esas ¿Los ingenieros extranjeros que obviamente vendrán con ellas podrán ejercer acá su profesión? Y si en Uruguay no hay (hasta hace poco no había geólogos) ¿Qué hacemos?

Si ocurre (Dios nos libre y guarde) un desastre natural y necesitamos de apuro muchos médicos ¿Qué hacemos?

Es más: si mañana los mandamos a Haití o a China o a Birmania en acción solidaria ¿Qué les pasará en esos países? ¿Qué está pasando concretamente hoy cuando a ellos van llegando nutridas (por suerte) misiones sanitarias solidarias? ¿Los pasan por el calvario de los trámites para la reválida? ¿Les impiden ejercer la medicina?

Uruguay tenía una emergencia (y urgencia) sanitaria en materia de salud (cataratas y otras enfermedades), que como se está viendo palmariamente, hasta romper los ojos de quién lo quiera ver, se viene resolviendo con facilidad, éxito, alegría, y festejo muy merecido.

Sólo en Uruguay puede alguien o algo, ante esa bendita realidad, intentar oponer trabas burocráticas e incluso quejarse cuando el Ministerio de Salud Pública las barre con un muy contundente y elogiable plumazo.

Eleuterio Fernández Huidobro.


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