26.08.2008

En recientes reportajes, el sociólogo Gustavo Leal ha dicho cosas que sospechábamos y no sabíamos decir. Vamos a tratar de resumir conceptos que no podemos citar de memoria. De paso tal vez agreguemos algo.

De un ya mediano tiempo a esta parte hemos venido “notando” y recibiendo “denuncias” acerca de un fenómeno social “nuevo”.

Fundamentalmente urbano y principalmente metropolitano.

La pobreza y la marginación no lo explican.

Se trata de un sector social importante que se “automargina”.

Algunos nos lo han dicho claramente: “esto es demasiado competitivo”. Algo así como que “estresándose” a nivel de perder una vida más o menos racional, no vale la pena “subirse al carro”.

No carece de fuerte racionalidad el aserto. Lo que pasa es que antes (porque actitudes de ese tipo se han conocido siempre y han sido practicadas por filósofos, políticos, revolucionarios y artistas) aún tomada esa decisión se respetaban códigos no escritos como un “sagrado inviolable”. Es más: muchas veces, y aún hoy por parte de algunos, aquella automarginación era concebida como la única defensa posible de dichos códigos ante la decadencia circundante.

Otros han llegado desde la marginación impuesta transformándola en marginación autónoma. Otros, ya crecidos en ella, han llegado a esa “cultura” hasta sin saberlo.

El “fenómeno” se ha ido transformando en una propuesta cultural, civilizatoria y política que, además hace un intenso proselitismo.

No caben las simplificaciones: finca garfios en sectores pobres pero también en otros. Y recluta.

La pasta base y otras drogas, al decir de Leal que compartimos, no es para ellos consecuencia sino “causa” en el sentido de reivindicación e identidad socio-político-cultural aún conociendo muy bien sus fatales consecuencias propias y ajenas. Muestran una cultura y por ende una “propuestas” de civilización: modo de vestirse, hablar, cantar, vivir, relacionarse, ganarse la vida, y un muy largo etcétera que vemos asiduamente.

No son ni quieren ser de izquierda, ultraizquierda, derecha ni ultraderecha…Están radicalmente en contra de esas “categorías”.

No son sindicalistas ni militantes sociales. Todo lo contrario.

Para su “militancia” no necesitan “Partido” ni otro tipo de organización conocida: les basta con la ideología referida uno de cuyos componentes básicos es el ya citado: no sólo no respetar sino estar en contra de aquéllos códigos sagrados. No tienen código alguno salvo ese: no tenerlos.

Van tomando casi impunemente, y ocupando: calles, plazas, parques, liceos y barrios: en especial (pero no sólo) en las zonas más humildes que, por ello, no pueden contratar servicios privados de vigilancia ni maquinaria para ello. Escuelas, ni “Centros CAIF”, ni sus alrededores, están a salvo de su vandalismo.

Solapan su acción, la encubren y disfrazan, en las zonas más carenciadas desprestigiando en masa, de paso, a sus habitantes.

Resultan fácilmente utilizables para los peores fines imaginables.

Si no agregamos esta “novedad” en el análisis político y especialmente en el social, estaremos omitiendo un dato muy grueso y las medidas y recursos destinados a la asistencia y a la inclusión serán, por lo menos en esa parte, despilfarrados.

Creemos que lo dicho lo sabe y lo siente el vecindario.