20.11.2008

La culpa la tuvo Nacional, Danubio, el campo de juego no apto, la Policía, los barrabravas, los dirigentes del fútbol, la ministra, Unión Atlética, Atenas, las canchas de futsal en Canelones… Y así sucesivamente con tal de eludir el toro que no queremos agarrar por las guampas.

La tuvieron los rapiñeros, los almaceneros, Cambadu, las ancianas arrebatadas, la pasta base, las cárceles, los presos, la cumbia villera, la marginación, la extrema pobreza, el Mides, la Colonia Berro, los funcionarios del INAU, el Padre Mateo, la violencia por televisión, la sociedad de consumo, el fracaso de la enseñanza, los divorcios, las madres adolescentes… Y así sucesivamente.

La dictadura, los blancos, los colorados, las patronales, los sindicatos, el Frente Amplio, las guerrillas de antaño. La política económica de Astori y el lenguaje de Mujica… Y así sucesivamente.

Las profundas causas sociales pero también el deterioro de las costumbres, los travestis, Tinelli…

Ahora, también: las armas de fuego en poder de la gente.

No importa si es una sensación o si es inseguridad directa lisa y llana: es un gravísimo problema. En medio de tal panorama, la querida ministra del Interior le pide a la población que se desarme.

Obviamente, los delincuentes no lo harán; las cobardes patotas tampoco; los cobardes sueltos tampoco.

La propuesta sería buena si viniera acompañada de una excelente Policía del tipo escandinavo o, por lo menos, holandés: muy buenos sueldos (digamos, de nivel bancario); inmejorable armamento, vehículos, comunicaciones, ropa, tecnología… Y, además, mucho más numerosa.

En Uruguay ello es imposible por dos o tres “cosas”: ninguna corporación ni persona estaría dispuesta a pagar los impuestos necesarios para levantar esa factura. Somos partidarios, en masa, de tener la chancha y los cuatro reales. Porque cuando uno averigua el sueldo de un policía hoy: cómo vive, cuánto tiempo trabaja, con qué herramientas y, encima, a ese muy concreto Policía le exige que sea sueco, holandés o, cuanto menos de Scotland Yard, una de dos: o ese “uno” está loco, o tiene cierta parte rellena gravemente con papelitos.

Otra cosa: si aún aquella Policía “de primera” llega a reprimir como es debido, levantará de inmediato un inmenso coro de las más variopintas fuentes. Porque en Uruguay todos queremos ser simpáticos y por sobre todo “quedar bien” (a costilla de los demás). Nadie quiere soportar “costos políticos”. Esta rara enfermedad nos viene del Estado deformado (y desde cuando lo deformaron): nadie, menos un mando “medio”, y mucho menos uno de más arriba, quiere “lío”. Deseamos pasarla lo mejor posible.

Mansos; absolutamente quietos. Dormir la siesta hasta el nuevo ascenso y, por fin, la jubilación. Y si a algún desubicado se le ocurre la horrible idea de mover algo, la respuesta será el coro al que cada quien se sumará para mantener la santa paz de la máxima parálisis. Es un reflejo condicionado que, desde nuestro gigantesco Estado, cundió por la sociedad. Estamos mentalmente colonizados por la burocracia.

Por fin, la izquierda uruguaya sufrió y sufre graves confusiones al respecto: desde la oposición criticamos siempre, implacablemente, toda represión: nuestro gobierno, en general todos los gobiernos de izquierda y hasta incluso las revoluciones iban a ser un cántico (de ser posible villancico) alusivo a la bondad y la inocencia.

Sin embargo, con extrañísima esquizofrenia aplaudíamos toda represión, hasta las más infames, proveniente de gobiernos autodeclarados de izquierda. Y a los delincuentes, pobres víctimas del viejo sistema, les íbamos a restañar las heridas y enseñar a ser buenos con dulces palabras y verdades incontrovertibles que iban a entender rápidamente “convirtiéndose”. Hubo, en todo eso una inocultable influencia evangélica. Somos mucho más católicos de lo que creemos.

Y cuando apoyamos revoluciones como por ejemplo la Española, salvo casos muy aislados (que se fueron a pelear en ella), juntábamos ropa, medicamentos, juguetes, cuadernos… Como enfermeras. La Revolución era en nuestro imaginario fantástico, un Hospital de caridad. Mejor: un gran Sanatorio solidario.

Con las demás hicimos algo muy parecido. Y así sucesivamente.

Somos batllistas: vivíamos alejados del humo, los alaridos escalofriantes, la sangre, y la pólvora. Pero además creíamos a pie juntillas que jamás nos iban a “tocar”.

Por todo lo tanto, y pasando raya, parecería muy recomendable desobedecer a la querida compañera ministra: no hay más remedio por ahora que armarse. Porque cuando el Estado falla; cuando falta; cuando resigna porque no tiene más remedio; o cuando es superado, la ciudadanía tiene pleno derecho a defenderse. Artigas proclamaba en sus Instrucciones del año XIII el derecho inalienable de cada Provincia a “levantar sus propios Regimientos”. Los blancos, después, plantearon lo mismo. Y prohibírselo costó mucho derramamiento de sangre. Y cuando ciertos tipos de delincuencia contemporánea han levantado sus propios “Regimientos” (acá y en el mundo), la ciudadanía tiene derecho a defenderse. En realidad casi siempre fueron los colorados los partidarios de que la gente no tuviera armas…

Su tenencia fue para los fundadores de la democracia (que inspiraron la nuestra), un atributo de la libertad. Lo sigue siendo hoy.

No podemos cerrar los ojos para no ver: estamos ante cambios sociales nunca vistos hasta ahora y no podemos permitir que nos transformen como intentan con México en estos días, o en Colombia, o como ya han logrado en el Congo, en Haití y en tantos lugares, en otro “Estado Fallido” donde por no haber “atajado” a tiempo, hoy mandan las Hordas, los Imperios, y no hay Estado.

Nos están ocupando, ante nuestros ojos y ante nuestra inoperancia, los espacios públicos. Nos matan con pasta base. Nos rompen las escuelas y las policlínicas barriales. El colmo es que ni los presos pueden hoy vivir en paz porque nos han copado hasta las mismísimas cárceles.

Publicado en “La República”, escrito por Eleuterio Fernández Huidobro.