29.01.2009

Recomendamos leer la versión taquigráfica de las intervenciones que el pasado martes realizaron en el Senado Lorier, Saravia y Mujica. El primero entregó, entre otras valoraciones, una pormenorizada lista de lo que el actual Gobierno ha venido haciendo y procura hacer contra la sequía; Saravia resumió la historia de las grandes (en especial las de 1942 y de 1989) y las respuestas gubernamentales generadas en aquellos tiempos; Mujica dio marco global a la que nos aflije hoy. Nos vamos a detener en esto.

El 26 de marzo de 2004 Uruguay vivía otra de las tantas crisis energéticas por falta de agua en las represas, veníamos de hablar con Alí Rodríguez (experto en la materia y ministro de Energía de Venezuela, y debíamos pronunciar un discurso en el Congreso del MPP. Dijimos allí que la crisis energética había llegado para quedarse. El martes en el Senado Mujica afirmó lo mismo pero referido a la crisis climática y concretamente a la sequía: estamos ante un gran problema que llegó para quedarse (Australia lleva un lustro con ella y en Europa además de fríos pocas veces sufridos, nieva donde no nevaba).

La “quema” de hidrocarburos (en especial petróleo) tiene un piso: la escasez del recurso. Y a la vez un techo: la contaminación. Muy en especial la que produce el llamado “efecto invernadero” y por ello el calentamiento global.

Estamos ante la confirmación plena de esas consecuencias anticipadas desde la década de los setenta por los principales foros científicos. Por si fuera poco, desde aquella lejana fecha las denuncias, declaraciones y aún decisiones de los más altos niveles en la materia fueron agravando el diagnóstico y la advertencia.

Como para que nadie pueda alegar ignorancia. Vale decir que hoy ese reconocimiento, ante tan incontrastables evidencias, es pleno y unánime (algunos, muy pocos, discuten las causas pero no las evidentes consecuencias).

Una afirmación de ese tipo: “vino para quedarse”, es demasiado grave como para encarar el problema limitándonos en cada caso a enfrentar los efectos puntuales (como el actual). Si bien ello debe hacerse sin más remedio, el problema es tal que también exige impostergables decisiones para el mediano y largo plazo. No estamos solamente ante un problema pasajero.

Y esta sequía debería servir para que asumiendo la cuestión en todo su volumen, reflexionemos, planifiquemos y decidamos líneas estratégicas que a la vez requieren cambios inmediatos como por ejemplo en materia de prevención, investigación, educación, infraestructura y obras de largo aliento.

Uruguay es y será un excelente país agropecuario; no exclusivamente pero lo será. Y por suerte está muy bien dotado. Por ejemplo (aunque no sólo) de agua dulce.

Pero dicho recurso cada día más importante en el mundo no está disponible en nuestros campos como debería estarlo y, más aún, ante ese futuro. Será necesario un gran cambio y enormes obras públicas y privadas que nos transformen en un “país regado”. A la vez capaz de controlar o moderar grandes inundaciones. Debemos construir represas (en especial pequeñas pero numerosas), perforaciones, canales (incluso navegables), acueductos (incluso desde el Río de la Plata en sus nacientes y exclusivamente para regar)…

Sin olvidar que el riego es energía como lo saben quienes lo manejan: “subir” agua de una perforación la requiere; extraerla de un curso superficial existente y bombearla hacia el campo también…

Y por aquí entramos en el otro gran capítulo del problema: si la quema de carbón e hidrocarburos en general genera el problema, y si además necesitamos energía, parece clarísima la opción estratégica hacia las energías renovables y limpias tal como lo vienen encarando en casi todos los países (ahora también en los Estados Unidos según Obama). Pero a la vez resulta clara la opción por la eficiencia en su uso tanto a nivel domiciliario, como industrial, agropecuario y en el transporte.

Muchas obras para riego pueden serlo también para energía (las pequeñas represas); por su parte la energía eólica y la de biomasa, por su tan especial naturaleza forzosamente distribuidas en el territorio, resultan ideales para su aplicación también al riego.

No pretendemos agotar la reseña, ni mucho menos, del enorme cambio necesario. Es fácil imaginar los que se deben producir en todos los niveles de la enseñanza como así también las avenidas que se abren para investigaciones, innovaciones y aplicaciones tecnológicas. Baste con recordar que en casi todos los países parecidos al nuestro se vienen realizando desde hace ya tiempo investigaciones genéticas y de todo orden en torno a la adaptación de seres vegetales y animales a las nuevas condiciones climáticas.

La humanidad dará una lucha a brazo partido contra este flagelo: el cambio climático producido por obra del ser humano.

La victoria no está, ni por lejos, garantizada. Este modelo civilizatorio tan propagandeado es inviable. Conlleva forzosamente grandes catástrofes y hasta incluso el riesgo cada día más grave de una definitiva y global.

Carlo Cipolla, economista, demógrafo y ensayista italiano ha escrito un famoso libro llamado “Allegro ma non tropo” más conocido como la “teoría de la estupidez”. Por ella clasifica a los seres humanos en cuatro categorías características: el inteligente que le hace bien a los demás y a sí mismo; el incauto que le hace bien a los demás pero mal a sí mismo; el malvado que le hace mal a los demás pero bien a sí mismo y el estúpido que le hace mal a los demás y a sí mismo. Postula que el poder actuante más devastador del universo es la estupidez; que ella es la más abundante y que, aún sin saberlo, está formidablemente organizada en el planeta. Agrega ­resumimos mucho­ que cuando en algún momento o país los estúpidos secundados por los malvados audaces pasan desapercibidos por los inteligentes, los incautos y los propios malvados, y predominan sobre ellos, sobrevienen irremediablemente grandes catástrofes y aún debacles absolutas. Agrega Cipolla que el malvado es mejor que el estúpido (lo peor de lo peor: la gran plaga) por la sencilla razón de ser previsible por ser racional.

No es que seamos fervientes discípulos (lo estamos pensando), pero mucho tememos que Cipolla tenga razón. Aunque sólo sea por ahora. ¡Y mucho cuidado (lo hemos tenido)!: un estúpido es, axiomáticamente, alguien que ni se lo plantea.

Publicado en “La República”, escrito por Eleuterio Fernández Huidobro.


 

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