25.08.2009

Alegra oír a los blancos: están pidiendo debate y endureciendo el discurso. Ambas cosas fueron y son indicadores elocuentes de que andan mal.

Tal vez algunos no recuerden que sobre el tramo final de la campaña de 2004, Larrañaga entro en un paroxismo casi patológico reclamando frenéticamente un debate con Tabaré.

Llego a decir que hasta el final de la campaña no haría otra propuesta que esa: debatir.

Las encuestas lo daban perdiendo en primera vuelta y por lo tanto sus politólogos y demás asesores le aconsejaron tratar de conseguir, fuera como fuera, un debate. Era la balsa salvavidas imprescindible para su naufragio. El manotazo de ahogado.

Siempre pide debatir el que va perdiendo: no tiene nada que perder ni aun cuando pierda el debate porque cualquier otra cosa es morir con los ojos abiertos. Perdido por perdido, como en la timba o a veces en el fútbol, hay que jugarse el todo por el todo a un milagro.

Esta vez la desesperación vino más temprano y no es para menos.

Luego de la motosierra, la prédica contra las inversiones, la comparación de la tarjeta joven con el plan Ceibal, las duchas en los asentamientos, el desubicado rezongo al Partido Colorado y por si todo fuera poco, Hugo de León saliendo al cruce y lanzando el patadón monumental de prohibirle a los pobres tener hijos, no tienen derecho a quejarse: se ganan solos. Ahora estamos en suspenso, con el aire contenido, a la espera del próximo pelotazo y sus asesores mascando Diazepan cada vez que hablan…

Ya en elecciones pasadas Lacalle le había regalado al país aquella inolvidable joyita: abrir escuelas nocturnas para que las niñas y niños que andaban hurgando basura o pidiendo limosna en las esquinas pudieran ir a la escuela luego de su “horario de trabajo”.

Quería indigentes cultos como hoy los quiere bañados.

La gente imaginaba a los pibes estacionando por la noche sus carritos, con caballo, perro y todo, en la puerta de cada escuela… Ha cambiado mucho Lacalle; pero en eso no. ¡No puede con su genio! Su viaje hacia el “centro” es dificultoso porque viene desde muy lejos.

El otro indicio vehemente de que la están viendo fea, es el endurecimiento de sus discursos.

Todos sabemos que ese es el otro consejo, casi de Manual, que los politólogos dan a los que van perdiendo. Se parece a lo del debate: perdidos por perdidos vale la pena enchastrar la cancha para intentar ver si en pista barrosa mejora su velocidad o se entorpece la del adversario. También suele verse esto en el fútbol y otros deportes incluida la timba.

Tampoco quieren un debate de a cuatro como les propuso Mujica: Lacalle porque no se desea, ni por asomo, sacar a Larrañaga del fondo donde lo tiene atado en un tala centenario. Y Larrañaga porque en esa materia no se halla: le gustaría mucho más una penca cuadrera y apostar su suerte a las patas de un matungo.

Han olvidado la prosapia lujosa de los debates de a cuatro: tal vez el más crucial, decisivo e histórico que se haya visto, fue aquel venturoso del 14 de noviembre de 1980 entre por un lado el coronel Néstor Bolentini y Enrique Viana Reyes (ambos consejeros de Estado) y por el otro Enrique Tarigo y Eduardo Pons Etcheverry.

La memorable paliza que estos últimos propinaran a los dos primeros abrió caminos de libertad que pocos días después, con el triunfo del NO en aquel glorioso plebiscito de 1980, se transformaron en anchas avenidas.

 

 

 

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