19.01.2010

En materia de energía el futuro de Uruguay pasa inexorablemente por las llamadas energías alternativas.

Entre todas ellas, una de las menos mencionadas acá es la basura y, sin embargo, hace ya mucho tiempo que viene siendo usada para ello en los países “serios”.
Seriedad de la que en eso Uruguay carece por completo. En ese pésimo sentido somos un desastre total.
Dígase lo que se quiera decir para encontrar atenuantes en base a heroicos subterfugios, Uruguay jamás ha resuelto bien lo que por un lado es un gravísimo problema y por el otro una buena oportunidad.

Hubo gente, hubo pasajeros gobiernos municipales de todo pelo, que lo propusieron y hasta intentaron. Predicaron en el desierto.
Montevideo es el peor de los malos ejemplos y en ello va la responsabilidad de la dictadura y los gobiernos democráticos hasta hoy.
El grandioso basural de Felipe Cardozo (uno de los más grandes del Continente) es por varias razones un Chernobyl a la vuelta de la esquina. Pero además una fuente permanente de vasta contaminación.

Porque en Chernobyl el cuarto generador explotó de pronto y una sola vez lo cual de por sí fue espantoso. No anduvo contaminando toda su vida como el basural de Felipe Cardozo.

Carecemos incluso hasta de ideas para resolver seriamente los problemas de los residuos orgánicos producidos por la ganadería de alta concentración, los hospitalarios, los industriales y los muy especialmente tóxicos. Ni qué hablar de cuestiones “menores” como los residuos de la electrónica o los de las pilas… No hay vigilancia seria para la destrucción de alimentos y medicamentos vencidos que van a los expeditos basurales donde corren el altísimo riesgo de ser “reciclados” con destino a las ferias vecinales. Ese horrible reciclado, junto con el de papeles, vidrios y demás gama de “productos” obtenidos por los mal llamados hurgadores, es el único que funciona en Uruguay. En ese sentido los carritos y sus caballos han sido un modelo de eficiencia energética, limpieza, industrialización, y combate al calentamiento global. Muchísimo más que nuestras voces engoladas.

Porque lo que hemos hecho por acción y omisión quienes tan inmerecidamente engolamos la voz, ha sido y es un formidable desastre al que no vacilamos en ponerle el cartel de Uruguay Natural (faltaría agregar el del LATU y el de la Cámara de Industrias).
Pero los únicos, repetimos, que contra viento y marea, denostados y marginados, que han hecho algo al respecto han sido hasta hoy los hurgadores y sus caballitos.

Y esas voces (las nuestras) se elevan para pedir también que se prohiban los carritos en beneficio de nuestros autos sin saber -¡pobres!- que en los países “modélicos” se peatonalizan vastas zonas del centro de cada ciudad, se prohíben los peligrosísimos autos, y se vuelve a la bicicleta, los tranvías y los carruajes (como nosotros pero sólo en ciertos casamientos).

La clasificación de basura y los caballos obedecen a un riguroso cálculo económico (por ende científico) que no se enseña en Facultad pero dan para vivir mejor que muchas de las falsedades estériles que se enseñan en Facultad para desgracia de nuestra juventud.

Obedecen principalmente a una cruda realidad económica que no se compone solamente de la miseria del “hurgador” sino también del valor de esas mercaderías y también del de la nafta. Y la economía (“¡imbécil!” – agregó alguno), es inexorable por más que le queramos poner vallas retóricas y muy elegantes.
Ahora que entre todos vamos a discutir de energía, educación, medioambiente y seguridad podemos decir con firmeza que los cuatro temas están en éste.
Uruguay necesita urgentemente un Plan Global de Residuos que desde su primera página grite un NO rotundo a la centralización.

Lo único que tal vez convenga centralizar son las investigaciones incansables para innovar en forma permanente (como se hace hoy en todo el mundo) buscando las formas y tecnología más eficientes, rentables y “sanas” para el tratamiento de los residuos.

Comenzando por donde se debe comenzar: no generarlos inútilmente tal como hoy sucede en Uruguay: uso exagerado y despilfarrador de “envases”, utensilios descartables, etcétera. En especial los de materiales sintéticos no degradable. Habrá que volver al papel no reciclado, al vidrio y al sentido común.

 

 

 

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