11.05.2010

Los Partidos u organizaciones de cuadros, de cuadros y militantes, y de militantes, forman una “categoría” muy clara dentro de la izquierda y su tradición.

Podríamos calificarlas (arbitrariamente y solo a los efectos del análisis), como “organizaciones homogéneas” o “de lo homogéneo”.

Fuertemente determinadas por un Programa, un Estatuto y muchas veces, además de una Teoría, por una Ideología claramente explicitada, tratan de reunir en su seno a todos cuántos hacen acuerdo en esas cosas. Puede haber y hay en ellas debates en torno a su “línea” para cada momento y también en torno a la elección de sus dirigentes.

Pero lo esencial es lo anterior ya que resulta difícil que alguien que no comparta aquellos denominadores comunes o fundamentos, ingrese en ellas y, por otro lado, son claras e inmediatas las puertas de salida voluntarias u obligatorias que dichos marcos conceptuales exigen.Todo está bien y es correcto desde ese punto de vista tan legítimo como cualquier otro. La libertad incluye la posibilidad de agruparse de ese modo como de otro cualquiera.

A la vez también existen organizaciones “de lo heterogéneo” como por ejemplo los Frentes Políticos (el Frente Amplio) y la enorme mayoría de las organizaciones sociales: el PIT-CNT, la FEUU, FUCVAM, etcétera.

Si bien tienen “Compromisos políticos básicos”, Estatutos y estructura organizativa, estos tres aspectos son mucho más flexibles y amplios que los de las “organizaciones de lo homogéneo”. No solo no requieren tanto grado de definición sino que, por el contrario, buscan y fomentan que en su seno convivan distintas teorías, ideologías, compromisos y concepciones.

Esto también es tan legítimo como lo otro.

Son herramientas distintas para fines distintos y todas muy necesarias.

Pero se incurre en gravísimo error cuando se intenta aplicar en una los criterios de la otra.

Si introducimos en las organizaciones plurales y heterogéneas los criterios de las otras, sucederá un mamarracho a mediano plazo y se caerá en grandes ineficacias e ineficiencias. Incluso con la mejor intención del mundo se obtendrá lo contrario de lo que se busca o dice buscar.

A nadie se le ocurriría en un sindicato concebir que un buen trabajador no pertenece porque no milita todos los días en la Sede.

Ni que por eso no debe ser invitado a las Asambleas ni participar en las grandes decisiones incluyendo la elección de sus dirigentes.

Esto es lo que le está pasando desde un tiempo a esta parte al Frente Amplio.

Las distintas fuerzas organizadas que lo componemos, como así también muchos independientes que piensan igual, pretendemos aplicarle y exigirle lo que no le corresponde y lo daña.

Esta desubicación fue quedando cada vez más en evidencia en la misma medida en la que el Frente Amplio fue creciendo en apoyo popular.

Tal vez, antes, cuando era más pequeño, la falla quedó solapada.

Pero desde que desde el punto de vista electoral pero también desde el de la movilización y la organización, el Frente Amplio (y los frenteamplistas) pasó a ser por lo menos la mitad del país, aquélla cerrazón comenzó a chirriar y a romper sus costuras porque tanto pueblo no puede ser metido en una caja de fósforos.

A esa inmensa cantidad de gente no le agradan los ambientes anaerobios ni, menos, que en ellos, cerrados a cal y canto, se definan asuntos que requieren a gritos aire libre. No agreguemos “y carne gorda” simplemente por razones vinculadas al colesterol contemporáneo…


Eleuterio Fernández Huidobro.

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