18.05.2010

La llamada “crisis Griega” es una parte de la grave situación financiera mundial: en especial los países de Occidente vienen tan endeudados que puede decirse hoy que por ello la humanidad que sobrevive más o menos “bien” , vive “de prestado”.

Apartemos de esa “categoría” a los pueblos que la están pasando muy mal: una inmensa cantidad de gente; y a algunos países generalmente del Lejano Oriente aunque también, pero pocos, de entre los llamados “emergentes”.

Como toda crisis de gran volumen es contagiosa, podemos afirmar que la humanidad vive “de prestado”.

Inmersa en una burbuja montada y acumulada a lo largo de años que, como todo globo, cuando llega en su inflación al límite, revienta.

Lo de Grecia solapa la temible situación del Reino Unido apuntalada hasta las elecciones del pasado viernes 6 de mayo. Hubo acuerdo previo que abarcó a los tres Partidos para afrontar recién después, y juntos, la delicada situación.

Es como si viviéramos rodeados de grandes timberos más o menos furtivos que un día y de pronto nos avisan que han dilapidado la riqueza colectiva disponible. Y luego de tanto jugar al juego de patear la pelota para adelante, les ha llegado la hora de tener que pagar. Y no hay con qué.

No hay dinero disponible en el mundo capaz de levantar los dos principales “muertos” en la puerta de ese Casino: el Reino Unido y los Estados Unidos. Ni aún cuando hubiera voluntad de hacerlo (que ya no la hay).

La calesita se detuvo y llegó el momento de devolver realmente la plata.. La situación de Grecia, por su tamaño, es “abarcable” por la “Zona Euro” no tanto por solidaridad como por la defensa de esa moneda y por tanto de las finanzas colectivas.

750.000 millones de Euros han sido urgentemente (y dramáticamente) votados y acordados para salvar al Euro. Ese “salvavidas” no cae sin extremadas exigencias: hay que apretarse, y mucho, el cinturón para seguir recibiendo tal ayuda.

Pero la “factura” del Reino Unido, sumada a la de los Estados Unidos es imposible endosarla y mucho menos levantarla. Llama poderosamente la atención que el salvataje europeo incluye solamente al Euro y no, a la Libra Esterlina. Como señalando que “al que se abrió” no se lo ayuda y que por lo tanto el Banco de Inglaterra, a la hora de la verdad, carece de la solidaridad que nunca prestó.

Debemos aclarar también que en materia de tamaño la deuda de Londres, y su déficit fiscal concomitante, es mucho más pequeña que la de Wáshington pero le resulta muy contagiosa. Hay vasos comunicantes entre ambos globos que no se pueden cortar a esta altura. Lloremos la crisis Griega pero pongamos barbas en remojo por si estalla “la bomba de Inglaterra”. La cuenta regresiva llegó a su fin el seis de mayo. Ahora el nuevo Gobierno tendrá que decirle la verdad al mundo.

Creemos que llegado ese caso nadie hablará de, y tal vez ni recuerde, la crisis de Grecia. A lo sumo y solamente como el pórtico de la otra.

El “modelo” no da más y los consejos en voz baja solo para grupos selectos son de huir hacia dos lados: los países asiáticos, algunos de los emergentes en otras zonas, y al mismo tiempo apartarse urgentemente del capital financiero en cualquiera de sus formas.

Porque las fichas del alegre Casino, sea cual sea su color, forma y denominación, pueden no ser canjeables en la Salida. Dada la proverbial cobardía del capital, su refugio estará como siempre al final en bienes tangibles. Es por eso que en medio del naufragio arriban a nuestras playas buscando balsa en la que subirse.

Por lo menos hasta que aclare…

Da pena pensar que no hace mucho, como quien dice ayer, desde aquellos “Centros” se apremiaba para que nuestro Gobierno controlara las operaciones de “lavado”, las transacciones de moneda en nuestros

Cambios, y cosas por el estilo. Mientras en dicha materia somos apenas un quiosco de golosinas, los tres más grandes centros lavadores y estafadores; los tres paraísos financieros para eso y mucho más, ya todo el mundo sabe que son Estados Unidos, el Reino Unido y Suiza.

A esta altura sus grandes finanzas públicas son un problema policial. Y nada más.


Eleuterio Fernández Huidobro.

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