15.06.2010

El mundo cuidadosamente organizado después de la II Guerra Mundial por los ganadores (como siempre pasa) fue, como todos sabemos, fanáticamente bipolar.

Las respectivas Zonas de Influencia pormenorizadamente repartidas luego de arduos ajetreos que comenzaron y se desarrollaron muchos años antes de finalizada aquella Guerra. El famoso “trazo azul” del lápiz de Stalin (¡usaba un lápiz azul!), aceptado por Churchill, definió tajantemente quienes (pueblos y países) habrían de estar de un lado y del otro.

Es famosa la anécdota: – “¿Y quién se queda con este papel? (tan importante pero comprometedor) – preguntó el inglés. – ¡Por favor! – contestó Stalin – ¡guárdelo usted!”

En ese pasaje de sus “Memorias” (escritas poco después), Churchill reconoció la suprema capacidad política de Stalin: el documento sería impresentable.

Porque entre otras cosas condenaba a varios países y también a varios partidos Comunistas a saber: el Griego, el Yugoeslavo (con Tito incluído), el Francés, el Italiano y el Español (con él: España).

La raya Azul costó, después de la Guerra, más sangre todavía y, entre otras cosas, que Tito fuera formalmente declarado, incluso en Uruguay, “Agente de los Nazis”.

Pero el reparto fue completado con la creación de la ONU, su Consejo de Seguridad tal cual, el sistema monetario mundial, y un larguísimo etcétera que hoy se derrumba ante nuestros ojos. Aquel Gran Acuerdo dio de sí una relativa paz mundial incluso inaugurando de inmediato la llamada Guerra Fría.

Hubo guerras pero controladas y, siempre, a los efectos de estar o de un lado o del otro.

Cualquier otra iniciativa tendiente a crear una “tercera posición” fue ahogada por la diplomacia o por el fuego: no se podía “estar en el medio”.

La generación de la década de los sesenta es hija y entenada de esa situación geopolítica mundial. Caído el Muro de Berlín aquella organización planetaria se derrumbó también pero, a casi todos los efectos, mantuvo muchas cosas del edificio.

El mundo, sumido en la unipolaridad (hegemonía incontrastable de los EEUU) pronto conoció, apenas veinte años después, que eso era imposible por la sencilla razón de que el Imperio Total adolecía de graves problemas financieros y económicos. Hoy, presente ineludible al fin, estamos residiendo en un mundo multipolar donde ya no se respeta ni la bipolaridad vetusta ni, tampoco, la unipolaridad emergente.

Ello genera una gran incomodidad: no se tiene certidumbre acerca de las cosas. Los alcahuetes de alma no tienen claro a quién deben chupar las medias (por ejemplo). ¡Vaya colosal incertidumbre! Lo dicho viene a tratar de explicar que hasta los más exigentes análisis estratégicos formales incluyen hoy como problema principal, la INCERTIDUMBRE.

Algo así como que la actitud estratégica (propia de las tortugas) debe ser estar muy atentos al golpe del balde. O, si mejor se quiere, lograr la reconocida agilidad propia de un perro sito en una cancha de bochas. En su defecto (o complemento) adquirir, y de apuro, las habilidades propias de un gato que se desplaza por entre la leña.

La “incertidumbre” de la que hablan los mayoritarios “análisis”, no es una duda permanente, sino la que partiendo de una certeza (hay agresividad galopante e imprevisible) aconseja preparase, como la tortuga, el perro y los gatos, para lo que pueda venir.


Eleuterio Fernández Huidobro.