29.06.2010

Recientemente hemos escrito acerca de los larguísimos gasoductos que van de punta a punta y cruzan en varias direcciones el vasto territorio continental de Eurasia.

Desde las costas del Atlántico hasta las del Pacífico. Desde Europa Occidental hasta el Lejano Este de Siberia.

En torno a esos y otros caños, como en torno a otras riquezas por el estilo, se desenvuelven hoy como ayer ante nuestros ojos, varios conflictos. Bélicos algunos… Es lógico y fácil explicar la importancia de esas arterias energéticas: allí están los yacimientos y, también, los grandes centros de consumo. Usar el mar para ese tipo de transporte es, en aquel lugar, difícil: por el norte se despliega el Ártico con sus conocidas dificultades de navegación. Mientras que por el sur los mares (varios) están lejanos, llenos de torceduras, estrechos, canales y otros inconvenientes.

Debemos decir esto porque América (en especial del Sur) viene mostrando (y demostrando) al respecto, una “vocación” distinta: el gas optó por “tirarse al agua”.

Ya casi ni se habla de algunos magnos proyectos que estuvieran de moda como por ejemplo el de un gasoducto desde Venezuela hasta Argentina, interconectado con los yacimientos de Bolivia y aún los de Perú como red suramericana de abastecimiento seguro.

Pero el pujante desarrollo del gas y de los buques gaseros (sector más dinámico de la construcción naval en los últimos tiempos) fue imponiendo en varios lugares del mundo y acá también, ese modo de transporte como el más fiable, flexible y por ende seguro.

No se vacila incluso en pagar un poco más a cambio de eso.

El mapa de América del Sur muestra, además, que sus principales ciudades y centros industriales de posible alto consumo están sobre la costa o muy cerca de ella.

Costas extensas sobre mares expeditos de fácil acceso y navegación.

Sin que nadie la haya diseñado, la opción estratégica para este caso viene dictada por la economía y la geopolítica: se prefieren los “gasoductos flotantes y que además se mueven”.

Entre otras consideraciones porque dotan a cada país consumidor de mayor libertad por mayor cantidad de opciones. El conflicto reciente de Rusia con Bielorrusia y el anterior con Ucrania sin citar otros casos por el estilo, muestran que no siempre es seguro un gasoducto y menos cuando atraviesa varios países y las veleidades de los hombres (como decía Artigas).

Lo señalamos porque se vienen construyendo o se van a construir en estos extensos litorales de Suramérica varios puertos especializados y, también, varias plantas de regasificación en puertos ya existentes. Uruguay se pliega a ese movimiento en sociedad con Argentina utilizando para ello el gasoducto Cruz del Sur que originalmente “flechado para acá”, será “flechado para allá” por mandato confirmatorio de la estrategia que venimos comentando.

Ese formidable “cambio de flecha” expresa la muerte de una estrategia que se creía muy cierta y el nacimiento de otra.

Argentina instaló una planta en el sur y planea construir dos o tres más (y no sólo en el sur). Chile va por el mismo camino. Brasil y Venezuela se pliegan y en ambos casos con flotas propias ya planificadas. Sin olvidar que ambos son, además, productores.

Perú es un caso aparte: con yacimientos de gas muy importantes, va definiendo para ellos un estrategia portuaria para el comercio off shore: la costa del Pacífico tanto de Canadá como de los Estados Unidos viene siendo uno de sus principales clientes sin desmedro de las posibilidades que ofrece para Suramérica y otros lares.

Ante esta realidad que se viene, el gas de Bolivia queda nuevamente en las dificultades de su mediterránea ubicación.

En suma: parece despejarse el panorama referido a un importante capítulo energético. En nuestro continente, el gas, como el petróleo, viajará en barco y ello tiene (debe tener) severas repercusiones.

Columna en Montevideo Portal.


 

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