10.08.2010

Mucho se habla de la reducción de los gastos militares. Incluso quienes creemos necesaria la existencia de las Fuerzas Armadas. Y ni qué hablar quienes pregonan su disolución.

Las exorbitantes riquezas dilapidadas en tiempos de paz, y más aún en los de guerra (cuando debemos agregar desgracias peores), son una de las más evidentes pruebas de la estupidez imperante. Máxime si las comparamos con la pobreza y otras calamidades invictas que podrían erradicarse con una pequeña parte de esos y otros gastos de similar calaña.

Para que sobren razones vamos a intentar verlo incluso desde una mirada “militar”.
Partimos de que tanto en la Primera como en la Segunda Guerra Mundial (separadas por poco tiempo una de la otra) es obvio que se destruyó un colosal monto de riquezas (además de vidas). Tanto, que nadie podría imaginar, al hacerse la “paz”, que jamás, salvo guerra de las mismas proporciones, la Humanidad perdería tanto.

Sin embargo y de inmediato, la llamada Guerra Fría librada en un mundo bipolar, y sin haber llegado nunca a un conflicto bélico de tal escala, superó con creces aquél despilfarro ante el asombro de todos ya que “sólo” hubo conflictos armados de baja y media intensidad: guerras de liberación, la de Corea, la de Vietnam, las de Medio Oriente, etcétera. Por suerte, además, no se usaron las armas nucleares disponibles en creciente cantidad.

Terminada con el triunfo de uno de los bloques, comenzó un período caracterizado por la hegemonía de los Estados Unidos y por ende la imaginación de que en tal escenario iban a reducirse drásticamente aquellos gastos pasando a “cobrar” lo que se llamó “la renta de la paz”. Es decir, el uso de dicha capacidad para tareas beneficiosas.

Increíblemente, tampoco fué así: los gastos referidos siguieron y siguen aumentando.
Es unánime la conclusión “militar” de que las principales guerras habidas, en marcha, o por venir fueron, son y serán “asimétricas”.

Queriendo significar con jerga de especialistas, que se libran entre muy poderosos contra muy débiles o entre débiles: pequeños países, guerras internas, guerrillas, terroristas, piratas, organizaciones de crimen organizado, etcétera, contra modernas fuerzas “convencionales” de potencia militar imponente e incontrastable, o entre ellas.

Es verdad que hay conflictos que podrían pasar a las armas entre países de mediano porte e incluso algunos con armas nucleares (India y Pakistán por ejemplo) pero no se atisba en el corto y mediano plazo un choque entre bloques comparable al de aquellas guerras del siglo pasado.
¿Entonces qué es lo que está sucediendo? ¿Cómo se explica?

Porque incluso desde el punto de vista militar es absurdo tamaño despliegue para las posibles guerras que se puedan temer. Absurdo por inútil e incluso inoperante: no se debería intentar cazar un mosquito con un cañón. La desproporción es de ese tamaño, está a la vista y, además, garantiza la vida del mosquito.

Ante esta inmensa paradoja, algunos dicen que a lo mejor nosotros, la gente común (que incluye a los militares), no manejamos información gravísima que existe en secretas alturas. Otros, que la ambición material desbocada y sin límites, prepara, aunque no lo podamos ni concebir, enormes guerras.

Respetando esas y otras opiniones ante un hecho tan monstruoso, creemos que sencillamente, y dando otra vuelta de tuerca a la paradoja, los gastos de marras no son militares sino muy civiles: se trata de un colosal y nunca visto subsidio mundial a la industria. O sea, a la burguesía lisa y llana pero de pelo en pecho (no lo que tenemos por acá) con sus aliados por ahora estratégicos: la clase obrera de ciertas potencias, su burocracia, sus Universidades, y su cultura militante.

Las extraordinarias ganancias así extirpadas a la población mundial (incluso la de sus países) terminan en los bancos y demás parafernalia financiera con la que consolidan su dominación planetaria (no sin luchas entre ellos pero en ESE terreno y no en el militar). Dichas ganancias, obviamente, no provienen solamente de eso sino de muchísimas otras cosas más.

Pero los inexplicables gastos militares al nivel que venimos describiendo (ese subsidio de volumen jamás visto) constituyen otro importante respirador artificial, vital, e imprescindible, del capitalismo descompuesto tal cual hoy. A no engañarse: sus guerras son siempre un gran negocio para ellos. La muerte es su salvavida.

A este monstruo lo mata, simplemente, la paz. A esa muerte tan organizada, la vida.


Eleuterio Fernández Huidobro.

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