21.09.2010

El Ministerio de Defensa es hoy el único campo experimental concreto de la tan reclamada reforma del Estado.

Durante cinco años, el anterior Gobierno produjo un gran Debate Nacional acerca de la Defensa en el que participaron todas las entidades públicas y privadas, políticas y sociales (incluyendo a las propias Fuerzas Armadas) que hayan querido participar. Sin olvidar que, para enriquecerlo, fueron convocados representantes especializados de varios países del mundo.

De todo ello se hicieron debidas publicaciones sistemáticas al alcance de cualquiera.

El producto de tal actividad fue transformado en un Proyecto de Ley y enviado al Parlamento donde, nuevamente debatido, y con las correcciones del caso, fue aprobado por unanimidad.

Sin antecedentes en el país, dicha acción fue prometida en la campaña electoral del 2004 y ahora debemos cumplir sus resultados (promesa que formó parte de la campaña electoral del 2009).

Esa Ley definió los asuntos referidos a la Defensa, los grandes objetivos, las reformas y los instrumentos para su aplicación.

Por primera vez en su Historia, el país tiene Ley de Defensa. Única que, a la vez de todo lo demás, exige su permanente revisión.

De tal modo que el actual Ministro ocupó el cargo sabiendo que su principal tarea es ponerla en marcha.

Si se tiene en cuenta que de ella también emana la necesidad de otras leyes de suma importancia (parte legislativa de la tarea indicada), puede decirse dos cosas:

La primera es que “la hoja de ruta” está diseñada y que a su vez ello es de gran ventaja para el Ministerio: ha recibido una “orden” meridianamente clara.

La segunda es que dado el tamaño de la “tarea”, es probable que no alcancen otros cinco años para terminarla.
Pero lo cierto es que en el Ministerio de Defensa, la Reforma del Estado está en marcha.

Una parte de lo que allí está sucediendo por estos días se explica por este cambio sustantivo en marcha. Cambio que, como es lógico, es apoyado y es resistido.

Una gran parte del Estado se está poniendo a tono con las exigencias del tiempo y los objetivos trazados. En estado de alumbramiento.

La creación del Estado Mayor de la Defensa y la designación de su Jefe, es y será la esencia de un formidable cambio.

Tras él y por él, las economías de insumos y de esfuerzos, la profesionalización del personal, su reducción, la mejora (en gran parte debido a ello) de sus ingresos, el perfeccionamiento técnico de las Fuerzas, la modificación de su despliegue territorial dejando a un lado el actual por vetusto e inútil y creando otro acorde a los momentos que vivimos; el ahorro, también por ese “lado”, de inmuebles e instalaciones redundantes que el Estado podrá destinar a otros fines, etcétera, configuran parte de la enorme “tarea” a realizar.

Es necesario tener conciencia de ello para contextualizar lo que estamos e iremos “viendo”.

Imaginemos como será cuando reformas de ese calado se pongan en marcha en el resto de la Administración Pública (incluyendo a los Gobiernos Departamentales).

Somos partidarios de un Estado fuerte: ello no quiere decir gordo, deforme, ni macrocefálico. Fuerte y protagónico: para ello, para la pelea que tiene por delante, deberá ser muy eficiente. De otro modo está y estaremos como para merendarnos al pan.

Que nadie sueñe en ninguno de los dos aspectos (el papel del Estado y su urgente reforma) con tránsitos fluídos ni con caminos bucólicos: ahí está para muestra, el Ministerio de Defensa.
Y para muestra basta un botón.