28.09.2010

Durante la guerra interna de El Salvador (y de la “Contra” en Nicaragua) el limítrofe golfo de Fonseca estaba plagado como pocas regiones del mundo, por la densa vigilancia a cargo de todos los bandos y muy en especial por la de última generación satelital de las dos potencias que por entonces dominaban el planeta. Y por tenebrosos campos minados en sus costas y terrenos adyacentes.

Era muy bravo, por no decir imposible, pasar indemne por esas aguas con personas, vituallas y armamentos.

Sin embargo los contrabandistas iban y venían con sus botellas, perfumes, televisores portátiles y demás voluminosa parafernalia comercial de rutina. Nadie de bando alguno supo nunca (o no lo quiso confesar) cómo lograban hacerlo. Qué arma tan secreta usaban…

Comprobando el calamitoso estado de los países y regiones por donde el tráfico de drogas actúa vuelve, recurrente, la pregunta: ¿No será mejor legalizarlo?

Porque hoy es harto evidente que el “remedio” resulta mucho peor que la “enfermedad”. Y evidencia también no sólo su ineficacia sino su “grosería” en el sentido de tratar de evitar una plaga mediante procedimientos inadecuados, burdos y obsoletos.

La clave de la cuestión no está en los países ni regiones productoras sino en los del consumo con alto poder adquisitivo.

Solamente una enorme tasa de ganancia explica las infraestructuras desplegadas y los riesgos que acepta correr el “tráfico”.

Y el precio que produce esa rentabilidad se explica fundamentalmente por la prohibición. De otro modo ese comercio no produciría lo que produce: entre otras cosas una gran acumulación de riqueza.

La prohibición actúa de hecho como un gran impuesto y como una subrepticia pero colosal reserva de mercado. Ambas cosas a favor de los grandes beneficiarios que, y esto es decir, no son los grandes traficantes sino los bancos: el sistema financiero a dónde sin otro remedio ni mejor cloaca a la vista, deben ir a parar esos dineros.

Sistema financiero que como todo el mundo sabe, no le hace asco a nada.

Si dicho tráfico se transformara en simple comercio, además de evitar tanta tragedia, el producto de sus impuestos y otras alcabalas sería más provechoso para la sociedad y podría financiar otro tipo de lucha contra el consumo. Parece más inteligente.

Pero se ha creado, como siempre pasa, un “statu quo” muy confortable para quienes viven y enriquecen del tráfico prohibido. Sin descartar para nada a quiénes hoy se dedican a su represión. Tanto instituciones como personas: públicas y privadas.

Pero al daño físico y mental que el consumo provoca se agrega el tan enorme y a veces peor que su prohibición genera.
Y parece por lo menos hipócrita que en países de alto consumo y poder adquisitivo, que son los que dan origen al mercado “Premium” de las drogas, se haga comparativamente poco para combatir su consumo mediante otros métodos y menos para su represión a la vieja usanza.
¿Quién le paga a los pueblos y regiones dónde se cultiva o por dónde transita la droga hacia aquellos apetecibles y convocantes mercados, los gastos en que deben incurrir y las enormes desgracias que la prohibición les acarrea?

Esto ya no es solamente hipócrita sino otra de las injusticias en la relación de países ricos con países pobres o en desarrollo.

Alguien dijo: “¡Es la economía estúpido!” e hizo famosa la frase.

Podríamos apelar a ella: mientras haya demanda a manos llenas, habrá oferta cueste lo que cueste. Todo será cuestión de precio.

Absolutamente todo: incluso el tamaño de las coimas.


Eleuterio Fernández Huidobro.

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