30.09.2010

¿Cómo puede Uruguay soportar la carga improductiva que padece?

No queremos mezclarla con la “inactividad” merecida o forzosa (niñez, jubilaciones legítimas, enferm@s, desocupación y, a los efectos que tratamos de exponer, emigración).

La respuesta es que Uruguay no puede.

La evidencia de tal fracaso está en la indigencia, la pobreza, la exclusión social, otra extensa gama de miserias y, obviamente, en los “salarios” de marginación que ocultan gran parte del paisaje: sus víctimas no aparecen como “desocupados” ni tampoco como pensionistas de algún apócrifo “seguro de paro” para sobrevivir malamente.

Uruguay “vive” de lo que produce su territorio.

Se trata de una renta territorial envidiable en la perspectiva mundial (que incluye su ventajosa ubicación geográfica).

Y siempre, desde la colonización, fue así. Por ella pelearon tenazmente varios Imperios y Naciones.

Nos referimos no sólo a su productividad directa sino a la de su constelación industrial y de servicios que forma la imprescindible trama productiva. Hay, por supuesto, otra parte del país compuesta por sectores productivos no vinculados al campo, sobre los que la carga improductiva pesa multiplicada ya que no disfrutan renta territorial alguna. Y son los que habría que expandir…

Con la palabra “campo” estamos refiriendo al llamado “sector primario” de la economía, que incluye los recursos del subsuelo y los del agua (mineral, pluvial, fluvial, lacustre y marítima con las riquezas que contiene y puede contener sin olvidar la profundidad de sus calados disponibles).

Tamaña renta, salvo excepciones pasajeras, nunca fue distribuida y, de ahí también, la enorme desigualdad que el mundo nos descubre y denuncia. En realidad lo denuncian cifras “asépticas”. Tan crueles como inobjetables.

Por el contrario, y con el fin de mantenerse, el oligopolio de un bien tan escaso, organizó desde tiempos lejanos un “reparto” funcional a sus intereses, que con el tiempo devino insoportable.

La idea en forma de “piñata” consistió en “construir” una densa burocracia protectora, y otra que produciendo poco o nada, trajinara juntándole votos.

A la primera, siempre que pudo y necesitó, le pagó buenos emolumentos y hasta la dotó, a su imagen y semejanza, de cotos y hasta latifundios administrativos mediante alambrados de papel sellado; exclusivos y hereditarios. Como en la precapitalista Edad Media, repartió baronías y marquesados amén de otros privilegios.

A la segunda, salarios medianos y más bien bajos, hasta llegar a paupérrimos pero vitalicios y hasta también hereditarios.

Fue creando así, un gigantesco seguro de paro equívoco (bien y mal pago según cada caso y momento) que a su vez le dio un cierto apoyo social imprescindible.

Pero con el tiempo, al ritmo de avatares planetarios, y como pasa siempre, el engendro adquirió vida propia, tomó conciencia de sí y para sí, y ganó tal peso en el Poder que lastrando la producción fondea sueños.

Se trata de una fuerza opresora que forma parte del sistema dominante.

Y por eso es conservadora.

Conste que nos estamos refiriendo a un fenómeno público y privado, estatal o no.

Dicha burocracia abarca y enquista estamentos del sector público (Gobierno Nacional, Gobiernos Departamentales, Empresas del Estado, demás Organismos “del 220”) y multifacéticos emprendimientos privados que van desde Clubes Deportivos, Mutualistas, ONG, Cooperativas, Sindicatos, empresas privadas de todo tipo, legales, ilegales, pendulares, fraudulentas en vasta gama, etcétera. Mercuriales por definición y, a veces inencontrables que pululan y embeben el tejido social. Expresión quintaesenciada de la “viveza criolla”.

Conviene aclarar por eso, que vastos segmentos del Estado han sido privatizados a su favor mediante apropiación indebida y que una de las grandes tareas por hacer es volver a estatalizarlos. Hay que recuperar al Estado perdido. Estatizarlo.

Ante esa varadura naufragante, comenzó a funcionar entonces otro “mecanismo”: la emigración al exterior o al neolítico. Una de las dos.

El peso de estas inviables “relaciones de producción”, que además de injustas son monstruosas, termina cayendo como tranca sobre quienes crean la riqueza que las hace posible y además pugnan por crear la que haga posible el proyecto de un Uruguay Productivo y para todos.

Si no tomamos conciencia de esto o por lo menos no lo discutimos, erraremos en dos cosas: elegir el camino correcto si es que en ese análisis estamos de acuerdo; o definir el núcleo de nuestras discrepancias si es que no lo estamos.

Porque se trata de coincidir, o no, acerca de dónde estamos parados.

Esa burocracia no ha perdido el tiempo: ha construido un sistema paraideológico que la justifica, fomenta y reproduce. Y una intrincada cuanto laberíntica malla de leyes, decretos, reglamentos y demás especies normativas innecesarias, arbitrarias y artificiales, que la disfrazan como necesaria e imprescindible y la imponen como ineludible.

De ahí selvas de papel; cosechas de timbres; pirámides de candados y sellos de goma; extensa forestación de palos para meter en ruedas y gallineros; largos calvarios del dios Trámite… Todo ello a costa de la clase obrera y demás sectores productivos. Y del futuro.

De eso no le podemos echar la culpa al imperialismo yanqui.

Hasta aquí apenas hemos llegado a una descripción somera de la superestructura generada por el sistema de dominación oligopólico, forzosamente burocrático, público y privado, que crucifica al país y a su Estado en la impotencia: el “bloque de Poder” que abarca, obviamente, a cualquier imperialismo ambulante para el que todo esto viene como anillo al dedo.

Publicado en “La República”, escrito por Eleuterio Fernández Huidobro.