07.10.2010

Tan alarmante como los graves acontecimientos ocurridos, fue la forma utilizada por la prensa para dar cuenta de ellos: totalmente descontextualizados, aparecieron ante el público como una sucesión de anécdotas pintorescas y espectaculares del tipo culebrón de media tarde.

Desde hace unos pocos años a la fecha, Ecuador viene procesando, con poca prensa, una serie de profundos cambios: su “Revolución Ciudadana”. Profunda también por el punto de partida desde el que tuvieron que comenzar.

A partir de una crisis catastrófica provocada por el neoliberalismo (como acá) Rafael Correa comenzó un pujante proceso basado, allí también, en las elecciones: sus victorias en las urnas fueron las más contundentes del Continente. Varias y en ascenso. A poco de asumir convocó una Asamblea Constituyente que dio fin a una Constitución obrada para salvaguarda de privilegios ancestrales y abrió anchas alamedas para que un Ecuador desencadenado avanzara en pos del bienestar de su gente. Dicha nueva Constitución fue aprobada también por un caudal electoral pocas veces visto. Ese fue el paso político-institucional imprescindible para poder comenzar a construir el Ecuador que debió haber sido siempre.

Durante los meses anteriores al negro día del jueves pasado, Rafael Correa y su vasto movimiento comenzaron a dar la que parece ser batalla decisiva en estos procesos continentales: La Reforma del Estado.

Aparentemente más “fácil” que la parida por la Asamblea Constituyente.

Hoy sabemos que es la más difícil y no solamente por elaboraciones teóricas: luego del jueves pasado, la teoría fue otra vez confirmada por la cruda realidad. Ya lo había sido cuando la burocracia hundió en el capitalismo nada menos que a la Revolución de Octubre. Y si no la paramos nos mete en la Edad Media.

Como es obvio, Ecuador adolece de imperialismo y de oligarquía pero también de una espesa burocracia.

Y como el actual gobierno entiende que para el proyecto liberador se requiere del Estado un papel protagónico y de vanguardia, resultaba y resulta imprescindible reformarlo tajantemente. Tanto como se reformó la Constitución y el gobierno.

Bajo pena de no poder seguir adelante y, la peor, de claudicar comprando tranquilidad como cualquier corcho anodino de los tantos que boyan en la calma chicha.

Para ello produjo y envió al Parlamento la decisiva Ley Orgánica del Servicio Público.

Pero entonces fue que se encontró, con durísima resistencia del tipo horcón del medio, e incluso con inesperadas fuerzas resistentes a ese avance. La de la oligarquía y la del Imperio estaban inventariadas pero no así la de ciertos sectores políticos y sociales de “izquierda” (la burocracia muestra un insuperable don para el camuflaje).

Dicha Ley desburocratizadora y eliminadora de privilegios y canonjías de variadísima laya (más pintoresca, imaginativa y nutrida ­lo cual es decir­ que la de Uruguay) fue “la madre del borrego” de cuanto vimos el jueves pasado.

Resulta que ahora todos cuantos participaron del intento golpista meten violín en bolsa y ponen cara de “yo no fui”. Guardan y fomentan el silencio contra todo atisbo de contextualizar y pedir cuentas.

Ante el fracaso golpista, alegan que lo del jueves fue apenas una revuelta policial mal manejada por Correa. Y encima, piden amnistía.

Pero desde junio (discurso de Rafael Correa en la Cumbre de la ALBA en Ecuador) el Presidente vino denunciando esta conspiración y sus peligrosas consecuencias. Nadie puede llamarse a engaño.

La del jueves fue una crasa intentona golpista de la burocracia encabezada (solo en la parte material) por un sector de la Policía y otro de la Fuerza Aérea, apoyados por la delincuencia que manipulada por la Policía encontró carta blanca para hacer lo que se le antojó (jamás debemos olvidar que ese sector es fácilmente manipulable por la derecha y contribuye como pocos a los climas artificiales de desestabilización contra cualquier Gobierno).

Apoyados también en la parte material, a lo largo y ancho del país, por sendas declaraciones y convocatorias sindicales (¡!) para sumarse a la Policía. Y por el apoyo y la convocatoria de ciertos partidos políticos “de izquierda” entre ellos uno que se autodenomina Comunista (que nada tiene que ver con el nuestro).

Y por convocatorias y apoyo de otros movimientos sociales (además de los sindicatos) entre ellos el indigenista Pachakuti (desde hace un tiempo en manos de la derecha por vía de varias ONG “progres” financiadas por empresas transnacionales) y, por fin, por un espléndido despliegue a través de las “redes sociales” internautas maravillosamente usadas por la peor derecha en aquella zona del Continente. Hoy dicha plaga asola también Colombia y Venezuela y, muy pronto, llegará con esa pujanza a nuestras costas. Ya estamos viendo sus cabeceras de puente. Contra la ingenua opinión de algun@s diletantes, el ciberespacio soporta cualquier cosa.

El plan era (para la envidia de Lenin) típico en materia de tecnología insurreccional: el movimiento policial sería la chispa que encendería la pradera (Mao) burocrática. Luego eso iría creciendo artificialmente mediante la acción que ya hemos reseñado… Pero hubo tres respuestas que lograron frustrarlos: la movilizada y lúcida del pueblo ecuatoriano al que tanto trataron de confundir; la tan veloz de la Unasur que obligó a todos los demás organismos internacionales y, por sobre todo, la heroica y drástica acción de Rafael Correa, similar a las varias de Salvador Allende (que ahora la prensa de derecha y sus alcahuetes pretenden ridiculizar).

Ante tamaña “crecida” contrarrevolucionaria, el Presidente en persona echó el “vale cuatro”. No tenía otro remedio ya que si la cosa prosperaba, su gobierno en marcha estaría muerto y sepultado.

Ya lo había hecho la madrugada anterior cuando el Parlamento (debido a una división de su propio partido) intentó frenar algunas aristas de la Ley Desburocratizante: propuso la “muerte cruzada”. Así llaman en Ecuador al mecanismo constitucional que le permite al Presidente disolver el Parlamento y convocar elecciones anticipadas que incluyen el cargo presidencial (no como en Uruguay que lo deja a salvo).

Como vemos, se estaban viviendo horas cruciales por las que el intento golpista no llegó como lluvia inesperada y desprendida de tamaño contexto.

Vale recordar que horas antes, Uruguay presenció el exabrupto del Centro Militar donde por primera vez desde 1973, cierto estamento militar vetusto insultó pública y soezmente a sus mandos dividiendo a la “familia militar” por la razón de unos pesos. Semanas antes presenciamos lo mismo en la Armada, y grandes traiciones, por veinte dineros. El amor se ahogó en la sopa. ¡Quién lo hubiera imaginado!

Publicado en “La República”, escrito por Eleuterio Fernández Huidobro.