23.11.2010

Así como la Caída del Muro de Berlín fue el acontecimiento elegido convencionalmente para marcar el fin de un tramo importantísimo de la Historia, Seúl (la reciente Reunión del G-20) podría elegirse como el fin de otro: el de la hegemonía de los Estados Unidos.

Y por ahora, salidos de la bipolaridad y luego de la monopolaridad, estamos en medio de la ausencia de polaridad. Algunos lo llaman apolaridad.

Una geopolítica surgida luego de la Segunda Guerra Mundial, ha desaparecido y con ella un sistema monetario. Por el momento no se presenta otra que no sea el confuso estado actual que, tal vez, busque trabajosamente crear nuevas alineaciones.

Casi al mismo tiempo, la OTAN reunida en Lisboa declara enterrada para siempre la Guerra Fría admitiendo el comienzo de una posible alianza con Rusia de la que los Estados Unidos se proclaman “amigos”. No va a ser fácil llevar adelante esa vieja aspiración ruso-europea tendiente a conformar un vastísimo espacio geopolítico propio (el más grande del mundo) en Eurasia.

Ha sido declarada, y muy formalmente, la Guerra Monetaria Mundial. En especial contra las aventuras opresoras de la maquinita federal y privada estadounidense que, empapelando el mundo con billetes de más que dudoso valor, busca a la vez resolver así sus colosales déficits y ganar artificialmente la competitividad perdida por sus mercaderías.

Protestando airada y hasta agresivamente, las otras potencias y los grandes países emergentes no le irán en zaga en la tan enloquecida carrera.

Se trata de una forma de proteccionismo a la que se irán agregando otras más acérrimas todavía, en una especie de ¡Sálvese quien pueda! Universal: cada moneda será, ahora también, una hermética frontera.

Con lo que tal vez también el sistema financiero mundial predominante hasta hoy pase al museo.
China, que se fagocita a Japón lenta pero irremisiblemente (sin que esta vez los EEUU puedan hacer algo en contra), dicen que pasará a ser la Primera Economía Mundial en 2012. Mucho antes de lo que se esperaba.

Alemania, que disfruta en competitividad los desastres de la periferia “europea” maniatada al Euro (Grecia, Portugal, España, Inglaterra, Irlanda…) sigue, sin embargo de ser locomotora, pagando el respirador artificial de dichos países pero nadie sabe hasta cuándo. De eso depende hoy dicha flamante moneda.

Y, en consecuencia, renacen los nacionalismos y el papel de los Estados Nacionales pero a niveles inesperados.

Uno de ellos (no el único) es el de nuestro cada vez más poderoso vecino Brasil. A no perderlo de vista; ni tampoco su imponente carrera armamentista.

Pero también, aunque parezca increíble, el de los Estados miembros de los Estados Unidos.
El fenómeno es perceptible en todos lados y no sólo allí: los enormes Gobiernos Estaduales (o de tamaño similar en los países Federales o parecidos), no están dispuestos a seguir pagando los derroches de los Gobiernos Centrales en varios países. Ni tampoco los recortes sufridos, ni las nuevas presiones impositivas. Mirándose, piensan que si fueran independientes vivirían mejor.

Lo de Estados Unidos es grave: sus “reservas” constituyen una burla al mundo pero también a sus habitantes. Contienen enormes cantidades de papel basura que salió a comprar por toneladas para salvar a las colosales empresas delictivas planetarias, y hasta su PBI resulta hoy increíble desde que la moneda en que está expresado (la suya), cada vez vale menos. Ello, lamentablemente, se contabiliza en pobreza y en otras miserias a cargo de su población. Incluso miserias políticas como la de su creciente y agresiva ultraderecha.

Mientras tanto, como telón de fondo, la prensa da cuenta de que a raíz del imparable Cambio Climático, se hunde en el Pacífico uno de los primeros países condenados a ello: Kiribati.


Eleuterio Fernández Huidobro.

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