28.12.2010

El alcalde más loco de Canelones…

Fuera el Alcalde más loco de Canelones (y de todo el país), que contagiado por sus vecinos (más locos todavía), quien cerca del verano y de una playa, decidiera por sí y ante sí, con el apoyo de su ciudadanía, transformarse en Banco Central de la comarca y pasar a emitir su propio papel moneda sin contar, lo repetimos, ni tan siquiera con el apoyo del Intendente (y para gran calentura de Bergara).

Bastó para ello la vieja impresora aledaña a su tan o más vieja computadora. Pero eso sí: cada billete debidamente numerado, luego de recortado a tijera por su esposa, pasó a lucir su firma. Una firma que todos los comerciantes, incluida la única sucursal bancaria existente por allí, conocían.

Y que era fiable. Tan sólo eso pero, dadas las circunstancias, resultaba muchísimo más (para el vecindario) que las mostradas al pie por otros billetes como por ejemplo y en especial los dólares.

Por su firma, el Alcalde se comprometía ante su comunidad a devolver por cada uno de esos billetes, y a la par, cien pesos. Vale decir que la cotización oficial del “Alcalde”(así se llamó esa moneda), resultó ser esa.

Los Alcaldes pudieron ser adquiridos en todos los comercios adheridos de la Alcaldía. La recaudación resultante fue colectada periódicamente y depositada en un lugar confiable para los vecinos (no en el Banco).

Como cualquier Banco Central, y luego de una cierta cantidad de “alcaldes” emitidos y realizados, el Alcalde comenzó a dar créditos sin interés alguno (respetando las normas de Basilea). Dicha política monetaria era decidida y controlada por el Consejo Vecinal en forma absolutamente democrática (y no como ahora).

Obviamente, hubo antes un acuerdo por el que gran cantidad de vecinos (con comercio instalado o sin él) se comprometieron a transar sus intercambios (de mercaderías, trabajos y servicios) en alcaldes de circulación libre pero rigurosamente restringida al territorio de la alcaldía.

Chacareros, talleristas, bolicheros, almacenes, ferreterías, panaderías, profesorado en su más vasta escala, médicos, enfermeros y así sucesivamente, pudieron comenzar así a liberarse de la esclavitud financiera y a gozar de crédito sin hacer mucho trámite ni andar buscando garantías imposibles.
Como para moneda chica, el Alcalde emitió sendos cartones… Pronto comenzaron a producirse ciertos fenómenos imprevistos: vecindario que quiso ahorrar y depositó sus alcaldes en la Alcaldía, visitantes (turistas) que no tuvieron más remedio que comprar alcaldes para comerciar en la zona generando una especie de “reserva de divisas” que requirió cuidados especiales y abrió nuevas fuentes de crédito y emisión a los efectos de “importar” mercaderías para abastecer la demanda agregada.

Pero el mejor resultado casi inmediato de la loca idea, fue el de abatir la desocupación y la subocupación en la alcaldía y la creación de un mercado local de frutas, verduras, y otros bienes del campo eliminando intermediaciones y bajando precios.

Luego fueron viniendo, como por añadidura, otras locuras colectivas.
Por ejemplo colectar su basura precalificada en casa, vender sus componentes reciclables y producir abono y energía en una pequeña planta industrial fabricada en la Alcaldía… Ello generó un pleito que duró tres décadas.

Ninguna llegó al colmo de transar dos trillones de dólares por día de los cuáles apenas el dos por ciento corresponden a intercambio real de bienes y servicios: el resto a pura especulación, como pasa en estos mismos momentos en el mundo “cuerdo” que sin embargo, a “eso”, le sigue (seguimos) llamando moneda.


Eleuterio Fernández Huidobro.