15.03.2011

En oportunidad de las pasadas elecciones en Colombia, pudimos ver y oír el discurso que el recién electo presidente Santos pronunciara apenas conocida su victoria.

En la lista de agradecimientos incluyó a su Agencia de Publicidad y muy especialmente a los 150 integrantes del “call center” por ella montado a los efectos de incursionar a guisa de comentaristas espontáneos en las redes sociales, blogs, foros, y cuanta otra posibilidad estuviera disponible, en tres turnos. Según él, fue de un éxito rotundo.

Hace ya unos meses escribimos a ese respecto alertando contra esa estafa que abusando de la gente estaba envenenando (no sólo en la Red).
Pues bien: la cosa pasó a mayores.
La trampa ya tiene nombre internacional incorporado a la jerga
“informática”: “Autoturfing”.
La palabreja refiere a una marca de césped artificial. Expresa muy bien la tramoya: parece lo que no es.

Aquel “call center” colombiano ha sido largamente superado: ahora usan robots en base a un “software” maravilloso que también tiene nombre: “software de gestión de personalidad”…

Se produjo para abastecer necesidades de las grandes corporaciones tabacaleras que deseaban “secuestrar” las discusiones por Internet y copar de ese modo los foros y demás ámbitos de debate referidos a la regulación del consumo. Para ello necesitaban hacer creer que una gran cantidad de personas “del pueblo”, estaban espontáneamente en contra.

Como en aquellos países la mano de obra es cara, pronto apareció el software para los robots. “Con ellos se pretende ahogar la voz de la gente real” (George Monbiot): los robots, debidamente abastecidos, discuten con los “mejores” argumentos.

Falsificar bien un documento de identidad requiere obtener un “sosías” o, lo que es insuperable, crear toda una nueva personalidad.

En ciertos países la facilidad es una jauja: se puede obtener una “partida de nacimiento” y, a partir de ella, crear una personalidad completa que incluye certificados de estudios, de vacuna, libreta de chofer, afiliación deportiva, boleteras de ómnibus y, en fin, todo lo que documentalmente tiene una persona alrededor de su personalidad (asunto en el que la Policía mira mucho). En ese caso, la falsificación es indemostrable ya que en dichos países las “partidas de nacimiento” son cuadernos comunes que hasta se han incendiado alguna vez, o se incendian al efecto, y en masa.

Este software de “gestión de la personalidad” hace esto último a los efectos de eludir cualquier sospecha: utiliza “cuentas” de usuarios realmente existentes (para ello las roba), crea con la debida anticipación (esto es un floreciente negocio aparte) las necesarias cuentas correspondientes, direcciones de IP, y hasta crea páginas Webs, Foros, etcétera. Es decir: puede exhibirle a cualquier curioso antecedentes indiscutibles. El robot es asunto bien hecho: se comporta como una persona y es muy difícil distinguir entre él y la gente.

Cosa, por otra parte, común en esta Civilización.

Personas reales se encargan de dirigir y supervisar huestes de robots actuando para distintos fines: desde vender un jabón, hasta condenar o aplaudir cierta política. Todo es posible para las Agencias de Publicidad.

A tal extremo se ha llegado que la Fuerza Aérea de los Estados Unidos acaba de “llamar a licitación” para el suministro de dicha maravilla que ha entrado, como si tal cosa, dentro del comercio publicitario “normal” (peores cosas se hacen en ese “rubro”).

En nuestro país de poca población es notorio hace rato que eso viene sucediendo “a la criolla” sin software ni nada: a pedal. Tanto, que todos conocemos a los astrosurfers criollos y a quien los manda. Como el “Cañahueca” que en Minas era policía de uniforme los días de semana y de Investigaciones, apostado en la Plaza, los fines de semana.

Cuando los paseantes saludaban, exigía silencio: – “¡No ves que estoy de vestigaciones!” – apremiaba en voz baja.

Pero la Fuerza Aérea de los Estados Unidos superó al “Cañahueca”.

Estamos ante el desparpajo de venenos muy peligrosos.

Para mayor abundamiento acerca de dicha “licitación” (que no tiene desperdicio: ¡hay que ver lo que pide!), recomendamos leer a George Monbiot, columnista semanal de The Guardian, en la edición del 23 de febrero pasado.